Roma y esos bárbaros llamados griegos

Acabo de leer un libro muy interesante, Roma y los bárbaros, escrito por Terry Jones, ex miembro de los Monty Python y director de La vida de Brian, en colaboración con un tal Alan Ereira. Los autores no se limitan a examinar la relación entre Roma y los distintos pueblos a los que denominaban «bárbaros», sino que se cuestionan la visión que los romanos nos han dejado de estos pueblos (celtas, germanos, dacios, persas, etc.), una visión llena de prejuicios y tópicos que hemos adoptado de forma acrítica, bastante alejada de la realidad.

Tal vez el caso más singular que examinan en el libro sea el de los griegos, que sorprendentemente, para los romanos también eran bárbaros, a pesar de que cogieron muchas cosas de ellos (incluida la palabra «bárbaros» para designar a los que no formaban parte de su grupo). En la actualidad tendemos a pensar, por la influencia de los estudios clásicos, que griegos y romanos eran algo así como pueblos hermanos, con culturas muy parecidas, cuando en realidad eran muy distintos. Esto se nota sobre todo en un aspecto: los romanos se caracterizaban por su «sentido práctico», mientras que a los griegos les encantaba la especulación, no solo la filosófica, sino también la científica. Es más, los autores sostienen en su libro una tesis sorprendente: que los griegos se hallaban a las puertas de una revolución industrial cuando fueron sometidos por los romanos. No es una afirmación gratuita, sino que aportan sólidas pruebas, como el famoso mecanismo de Antiquitera (un artefacto tan complejo que ni siquiera en la actualidad tenemos muy claro para qué se usaba), los ingenios de Arquímedes o las máquinas de guerra de época helenística. Incluso en época romana, hubo ingenieros griegos como Herón de Alejandría, que inventó una máquina de vapor y toda clase de autómatas, pero los romanos no le dejaron poner en práctica muchos de sus inventos, por no considerarlos «prácticos», o porque pensaban que los esclavos se quedarían sin trabajo. Parece que la incorporación del mundo griego a los dominios romanos frenó en seco todo desarrollo científico en el Mediterráneo, y que la famosa Pax Romana fue en realidad un largo periodo de estancamiento intelectual y científico que retrasó el desarrollo tecnológico de Occidente unos cuantos siglos. Esto tiene su explicación, y es que a los romanos, dueños de un extenso imperio difícil de mantener, les convenía que la sociedad cambiara lo menos posible en sus dominios. La verdad es que los romanos no salen muy bien parados en esta obra, donde quedan retratados como estrechos de miras, provincianos con ínfulas, opresores de otros pueblos más civilizados y genocidas, entre otras cosas (vamos, no muy distintos a como ya los retrataba Terry Jones en La vida de Brian).

Con la destrucción de la biblioteca de Alejandría, en la que se conservaban muchos de los textos científicos griegos, desapareció incluso el recuerdo de los logros alcanzados en la época helenística, y solo recientemente, con hallazgos fortuitos como el del mecanismo de Antiquitera, se han empezado a revisar las ideas que teníamos acerca del grado de desarrollo tecnológico al que se llegó en el Mediterráneo en la época inmediatamente anterior al imperio romano. Una frase del libro me ha impactado especialmente: «Hemos perdido tantas cosas que resulta difícil hacerse una idea de lo que falta». Después de leer este libro, uno tiene la sensación de que la historia de la Antigüedad debería reescribirse por completo. También le da a uno por pensar que si ha ocurrido una vez, podría volver a pasar, porque la Historia tiende a repetirse. A lo mejor en un futuro lejano nadie recordará ya el grado de desarrollo que se alcanzó en nuestra época, y los pocos vestigios que sobrevivan se tomarán por simples leyendas sin fundamento, como se ha hecho durante siglos con los prodigiosos inventos de Arquímedes y Herón…

«Un viajero de Nueva Zelanda contemplando las ruinas de Londres», Gustave Doré.

Conviene recordar que el mundo romano tuvo un final tan poco feliz como el helenístico. Otro historiador británico, Bryan Ward-Perkins, dice al final de su obra La caída de Roma y el fin de la civilización: «El final del Occidente romano presenció un horror y un desbarajuste tales que, sinceramente, espero nunca tener que vivir algo semejante; destruyó, además, una compleja civilización, arrojando a los habitantes de Occidente a niveles de vida prehistóricos. Los romanos de antes de la caída estaban igual de seguros que nosotros de que su mundo permanecería para siempre esencialmente inalterado. Se equivocaban. Haríamos bien no repitiendo su autocomplacencia.»

«La vida del imperio: destrucción», Thomas Cole.

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