Estados y estrellas

En los libros de ciencia ficción, cuando te hablan del futuro de la humanidad en otros planetas, los autores suelen imaginarse una humanidad más o menos unida, normalmente en un imperio o una federación galáctica de algún tipo, y a lo sumo algunos mundos rebeldes perdidos en la periferia. Pero los autores de ciencia ficción, por lo general, no se molestan en decir cómo se unió la humanidad para formar semejante utopía, posiblemente porque no sabrían explicar algo que a todas luces parece una quimera. Siendo más realista (o pesimista, según cómo se mire), yo veo más probable que si la humanidad llega a alcanzar las estrellas algún día, lo hará estando tan dividida como lo ha estado siempre aquí abajo, en la Tierra. Entonces, para limitar en la medida de lo posible los conflictos entre naciones (que ya no serían internacionales, sino interestelares), habría que llegar a algún tipo de acuerdo en las Naciones Unidas, una especie de tratado galáctico al que tendrían que atenerse todas las naciones de la Tierra. Y lo más lógico sería que los seres humanos, siendo como son, se inspiraran en las tradiciones ya existentes y se repartieran los cielos basándose en las constelaciones, más que nada porque sería lo más práctico. Según este reparto racional de los cielos, a cada país le correspondería una constelación. Esto tendría más sentido desde un punto de vista geopolítico (o mejor dicho, astropolítico) que muchos de los disparates que uno se encuentra en los libros de ciencia ficción. Así pues, comparando un atlas mundial con otro de astronomía, me he arriesgado a imaginar cómo sería esa hipotética conquista del espacio y creo que el reparto de las constelaciones quedaría más o menos así (aclaro que no están todas, solo las principales):

-Águila: esta constelación, también conocida como Aquila en latín, le correspondería a Estados Unidos, por ser el águila su animal nacional. No por casualidad, el águila es desde los tiempos de Roma un símbolo imperial, y todos sabemos de las ambiciones imperialistas de esta superpotencia. De hecho, Estados Unidos ya parece un país predestinado a formar un imperio en las estrellas, aunque solo sea por su bandera estrellada, y quién sabe, a lo mejor este imperio galáctico también estará formado por una cincuentena de estrellas. Hasta podrían cambiarle el nombre al país, una vez convertido en potencia espacial, pasando a ser las Estrellas Unidas de América. La estrella principal de la constelación de Aquila, Altair, es una de las más cercanas a la Tierra, a tan solo 16 años luz, así que también sería una de las primeras a las que llegarían las naves de la NASA. Además, conociendo el imperialismo de los Estados Unidos, no hay que descartar que los americanos se aprovechen de su posición dominante y se apropien también de otras constelaciones asociadas al Águila, como el Cisne o la Lira. En una de mis historias, La soledad del espacio, hablo de las Estrellas Unidas y me imagino una réplica de Las Vegas en el sistema Vega, en la constelación de Lira (la podéis leer en la revista digital en Tentacle Pulp).

-Andrómeda: según el mito original, Andrómeda era la princesa de Joppa, la moderna ciudad de Jaffa, junto a Tel Aviv, así que esta constelación probablemente sería reclamada por Israel. Aunque seguramente pasaría como en el mito, y la princesa encadenada sería objeto de disputa entre varios contendientes (esta parte del mito no es muy conocida, pero Perseo tenía un rival, el prometido de Andrómeda). No hay que olvidar que las principales estrellas de Andrómeda tienen nombres árabes y que en 1996 se descubrieron tres planetas en uno de sus sistemas, los cuales recibieron nombres de astrónomos de Al-Andalus, a lo que hay que sumar que Jaffa, conocida como «la novia de Palestina», fue una ciudad palestina antes de ser israelí, con lo que el conflicto está servido…

-Ara: esta modesta constelación del hemisferio sur también es conocida como el Altar (Ara es su nombre en latín). Las letras hispanas tienen una presencia importante en Ara, ya que se descubrieron cuatro planetas orbitando alrededor de una estrella a la que los astrónomos españoles llamaron Cervantes (los planetas recibieron los nombres de Quijote, Sancho, Dulcinea y Rocinante), y en 2009 se descubrió otro exoplaneta en un sistema al que los peruanos llamaron Inquill, por un personaje de la trágica historia de amor de Abraham Valdelomar Camino al Sol. Así que no es difícil imaginar los mundos de Ara como colonias de una futura Federación Hispana (no serán las únicas, como iremos viendo).

-Argo: la vieja constelación que representaba la nave de los argonautas fue dividida por el astrónomo Lacaille en el siglo XVIII porque consideraba que era demasiado grande, desguazándola en tres partes, Quilla, Popa y Vela. Pero el caso es que estas tres constelaciones juntas siguen formando la nave Argo, se mire como se mire. Esta constelación fue en su día la más importante del hemisferio sur, así que le correspondería en justicia a Argentina, país cuyo nombre también está relacionado etimológicamente con el de la «Nave Blanca». Además, en 2008 se descubrió un exoplaneta en la Popa, al que los argentinos llamaron Naqaya, que significa «hermano» en una lengua indígena del país. ¡Los astronautas argentinos serán verdaderos argonautas!

-Aries: la primera constelación del Zodíaco siempre ha tenido un papel importante en la astrología hindú y sus principales estrellas tienen nombres sánscritos, así que el Carnero le correspondería a la India. Al fin y al cabo, ¿no se supone que los Arios invadieron la India, convirtiéndose en los ancestros de sus habitantes? En 2011 los astrónomos descubrieron un exoplaneta orbitando alrededor de Hamal, la principal estrella de la constelación, aunque desconozco si es la tierra del Vellocino de Oro. En mi novela corta La danza del cosmos hablo de los mundos de Aries, colonizados por hindúes (también la podéis leer en Tentacle Pulp).

-Auriga: esta constelación también podría tocarle a la India (no en vano, todo apunta a que será una de las mayores potencias del futuro), ya que algunas de sus estrellas también son importantes en la astrología hindú, como Capella, que los hindúes llaman Brahma Ridaya (el corazón de Brahma), o Prijipati. Aunque los astrónomos del Benelux también han metido mano a las estrellas del Auriga, llamando a una Nervia (por la tribu belga de los Nervii o nerviones) y a otra Lucilinburhuc (el antiguo nombre de Luxemburgo), así que a lo mejor el corazón de la Unión Europea acaba siendo trasladado a esta constelación, quién sabe. Tendría sentido, ya que el Auriga es quien lleva las riendas, literalmente…

-Bootes: la principal estrella de esta constelación, también conocida como el Boyero, tiene el llamativo nombre de Arturo o Arcturus, así que con toda probabilidad le sería cedida al Reino Unido. No en vano, en las viejas leyendas esta estrella, una de las más brillantes del hemisferio septentrional, es asociada al rey Arturo, precisamente. Además, al Boyero le acompañan sus perros, los Lebreles, una constelación más pequeña, cuya estrella principal, Cor Caroli («el Corazón de Carlos»), recibió ese nombre por el rey Carlos II de Inglaterra, a sugerencia del físico de la corte, Sir Charles Scarborough, quien afirmó que la estrella había brillado de forma especial en la víspera del regreso del monarca a Londres el 29 de mayo de 1660. En mi novela Caballeros de la galaxia me imagino unos nuevos caballeros de la Mesa Redonda en Arcturus…

-Cabellera de Berenice: esta pequeña constelación, conocida como Coma Berenices en latín, fue un simple asterismo sin importancia hasta 1602, cuando el astrónomo danés Tycho Brahe la elevó a la categoría de constelación, así que es probable que en el futuro le sea cedida a Dinamarca. Pese a su aparente insignificancia, alberga uno de los cúmulos estelares más cercanos a la Tierra, el Cúmulo de Coma, así que los daneses serán afortunados.

-Can Mayor: esta constelación, también conocida como Canis Maior en latín, le podría ser asignada a Canadá, uno de los mayores países del mundo, por una simple asociación de ideas, basándose en sus respectivos nombres. Por otra parte, varias estrellas del Can Mayor figuran en la bandera de Brasil, asociadas a estados brasileños, por lo que esta constelación podría ser objeto de disputa entre canadienses y brasileños.

-Can Menor: Proción, la estrella principal de esta constelación (y una de las más cercanas a la Tierra), también figura en la dichosa bandera de Brasil, asociada al estado de Amazonas, así que podemos imaginarnos a los colonos brasileños deforestando algún mundo desafortunado en ese sistema estelar. Además, la otra estrella de cierta importancia de esta constelación, Gomeisa, tiene un nombre que suena así como portugués.

-Casiopea: la madre de Andrómeda era la reina de Joppa (Jaffa), ciudad israelí llamada así en su honor (otra variante del nombre de este personaje es Iopeia), pero sus principales estrellas tienen una vez más nombres árabes, así que es muy probable que esta constelación también sea objeto de disputa. Los americanos podrían mediar en el conflicto, ya que en 2007 se descubrió un exoplaneta en Casiopea, al que se llamó Mulchatna, por un río de Alaska…

-Cefeo: el padre de Andrómeda usualmente es representado en los atlas de astronomía como una especie de califa (turbante incluido), así que esta constelación probablemente le correspondería a Arabia Saudí, o tal vez a la Liga Árabe en su conjunto, al igual que su consorte Casiopea, formando así un nuevo califato en las estrellas. Además, las estrellas de Cefeo tienen todas nombres árabes, de esos que empiezan por Al-. En el año 4000 d.C. la estrella Alrai se convertirá en la nueva estrella polar de la Tierra. Los astrónomos han descubierto un exoplaneta en ese sistema, al que han llamado Tadmor, por el nombre árabe de la ciudad siria de Palmira.

-Cetus: el nombre de esta constelación, una de las más grandes de los cielos, se suele traducir como la Ballena, así que parece apropiado asociarla con el área caribeña, como han hecho los astrónomos. En 2006 se descubrió un exoplaneta en Cetus al que los mexicanos llamaron Xólotl, y dos años después se halló otro al que los cubanos llamaron Finlay, orbitando alrededor de una estrella bautizada como Felix Varela. Por ello, es de suponer que en el futuro esta constelación será cedida a los países hispanoamericanos del Caribe.

-Cisne: esta constelación, también conocida como la Cruz del Norte por su forma, podría ser anexionada por los Estados Unidos, como ya he mencionado antes, por estar asociada a la del Águila, su compañera en los cielos del norte. Además, en ella se encuentra la Nebulosa Norteamérica, asociada a su estrella principal, Deneb, lo que refuerza esa idea. Quién sabe, a lo mejor los americanos fundan otra Denver en Deneb…

-Corona Austral: esta pequeña constelación del hemisferio sur, también conocida como Corona Austrina o Corona Sagittarii, le correspondería por razones evidentes a Australia, una antigua colonia del Imperio Británico cuyo jefe de estado sigue siendo nominalmente el rey de Inglaterra. Asociada a Sagitario, se supone que es la corona de laurel del centauro Quirón.

-Corona Boreal: esta constelación siempre ha tenido un papel importante en las culturas del norte de Europa, así que es probable que le sea cedida al conjunto de los países escandinavos (que bien podrían formar una sola nación en el futuro, tal vez una monarquía como las que tienen ahora). Su estrella principal, Alfecca, podría ser donde se encuentra Alfheim, la tierra de los elfos de las leyendas nórdicas…

-Cruz del Sur: las estrellas de esta importante constelación del hemisferio sur salen en la bandera de Brasil, correspondiendo cada una de ellas a uno de los principales estados de la federación brasileña, así que es fácil deducir a qué país le sería adjudicada. No me cuesta imaginar otro Cristo del Corcovado en el sistema Becrux, la estrella correspondiente a Río de Janeiro.

-Cuervo: esta modesta constelación podría corresponderle a Irlanda, ya que el cuervo es un animal sagrado de la mitología celta, especialmente asociado al dios irlandés Lugh, pero también a su avatar, el héroe Cuchulainn, y a la Triple Morrigan.

-Dorado: esta constelación del hemisferio sur le correspondería a Colombia, ¿pues no se supone que fue en tierras colombianas donde se hallaba el legendario reino de El Dorado? En ella se encuentra la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana satélite de la Vía Láctea, y en su centro se halla la estrella hipergigante S Doradus, una de las estrellas más luminosas que se conocen. Sería pues un verdadero El Dorado, y como el de la leyenda, extremadamente difícil de alcanzar, incluso para los soñadores de Macondo.

-Dragón: tendría su lógica que esta constelación le fuera cedida a China, pero veo más probable que sea Japón quien se quede con ella (luego trataré el caso chino, bastante peculiar). Al fin y al cabo, el dragón es tan importante en la cultura japonesa como en la china. De hecho, en el sintoísmo los dragones tienen un papel destacado, sobre todo en la rama conocida como «la fe del dios dragón». Es posible además que la figura del dragón se asocie en el futuro a la del emperador, como antaño. Tengo otra historia sobre este futuro Imperio del Dragón, titulada Crónicas del Dragón.

-Erídano: además de ser un río del cielo, Erídano también es el antiguo nombre del río Po, así que esta constelación le correspondería con toda seguridad a Italia. Sus mundos formarían una auténtica Liga Norte, aunque con un poco de suerte para entonces los italianos habrán dejado atrás sus veleidades fascistas de una vez por todas… Además, varias de las estrellas de Erídano tienen nombres latinos, como Sceptrum o Liberflux.

-Escorpio: esta constelación zodiacal también podría ser cedida a Brasil, ya que varias de sus estrellas figuran en su bandera, asociadas una vez más a estados brasileños. El problema es que las estrellas de Escorpio están muy alejadas de la Tierra y los brasileños tardarían bastante tiempo en alcanzarlas, por muchos millones que invirtieran. Además, al llegar podrían llevarse una desagradable sorpresa y encontrarse con alienígenas parecidos a los escorpiones, quién sabe… Hablo de estos simpáticos bichos (a los que llamo alacranes) en mi última novela, El camino de las estrellas.

-Escudo: esta constelación fue creada por el astrónomo Johannes Hevelius para honrar al rey polaco Juan III Sobieski, héroe del sitio de Viena (su escudo sería símbolo de su resistencia contra los otomanos). Por esta razón le correspondería a Polonia, un país maltratado por la Historia que aun así ha resistido contra viento y marea, como esta constelación, la única que queda en el cielo asociada a una figura histórica.

-Fénix: el mito del ave fénix siempre ha estado ligado a Egipto (como símbolo solar, se lo asociaba con la ciudad sagrada de Heliópolis), así que es probable que su constelación le sea cedida a este país. Además, el nombre de la estrella principal de la constelación, Ankaa, puede relacionarse con el Ankh, símbolo egipcio de la vida eterna. Otra posibilidad es que el Fénix le corresponda al Líbano, la antigua Fenicia, aunque lo veo más improbable, sobre todo si en el futuro continúa la misma inestabilidad política en esa región de Oriente Medio. De cualquier modo, el Fénix seguramente será árabe.

-Géminis: la constelación zodiacal de los Gemelos podría corresponderle a Alemania, la antigua Germania, un país que hasta no hace mucho estaba dividido en dos, a pesar de formar una sola tierra. Y es que todos los germanos son hermanos, ¿no? No me cuesta imaginarme a un Káiser en el sistema Cástor y una Pequeña Polonia en Pólux… No hay que olvidar que los hijos gemelos de Zeus eran de Esparta y su culto siempre ha desprendido cierto tufillo militarista, siendo especialmente adorados por los hoplitas espartanos y los legionarios romanos. Antaño los astrónomos alemanes (generalmente prusianos) se sacaron de la manga constelaciones de pomposos nombres, como el Cetro de Brandeburgo o la Gloria de Federico, actualmente obsoletas. Estaban formadas con estrellas arrebatadas a Erídano, Cefeo, Casiopea, Andrómeda, la Liebre y el Lagarto. Si los alemanes vuelven a las andadas, a lo mejor les da por invadir estas constelaciones con sus legiones formadas por soldados clónicos…

-Hércules: el héroe griego por antonomasia también tiene su propia constelación en el cielo, aunque no sea de las más vistosas. Con toda probabilidad, le correspondería a Grecia, a no ser que una potencia más poderosa la reclame para sí y se haga con ella por la fuerza… Un posible rival podría ser Hungría, ya que en 2007 se descubrió un exoplaneta en esta constelación al que los húngaros llamaron Magor, por el legendario ancestro de los magiares. Además, tres años después se descubrió otro exoplaneta, al que los austriacos llamaron Sissi, por su famosa emperatriz, así que solo faltaría que se formara otro Imperio Austrohúngaro en las estrellas de Hércules. Sea como sea, al final vencerá el más fuerte, y los griegos podrían sorprender a sus rivales recuperando su antiguo fuego…

-Hidra: esta extensa constelación podría serle asignada a Indonesia, una nación insular alargada como la Hidra, una criatura acuática. Otra cosa es que la colonización fuera exitosa. En mi relato Las cabezas de la Hidra me imaginé una criatura abominable morando en un planeta del sistema Alphard, su estrella principal…

-Indio: una constelación del hemisferio sur, la única del cielo que representa a un indígena. En 2018 se descubrió un exoplaneta en esta constelación, al que un equipo de Costa Rica llamó Kua’kua, una palabra indígena que significa «mariposa» (aunque a mí me suena más al sonido que hace un pato). ¿Esta constelación será cedida a los pueblos indígenas de América en el futuro? Eso es mucho suponer, pero quién sabe.

-Jirafa: esta constelación poco conocida seguramente le sería cedida a algún país africano. En 2009 se descubrió un exoplaneta en uno de sus sistemas, al que se llamó Neri, por un río de Etiopía, así que lo más probable es que sea este el país agraciado.

-Leo: la constelación del León probablemente también será cedida a algún país africano, por razones obvias. Tratándose del rey de la selva, es de suponer que le corresponderá a uno de los países más importantes del continente negro, tal vez Nigeria, el más poblado y uno de los más prósperos (relativamente hablando). Además, Nigeria fue una colonia británica y el león es el animal heráldico de Inglaterra.

-Libra: la constelación zodiacal de la Balanza, un invento tardío que se sacaron de la manga los romanos (antes formaba parte de Escorpio), podría ser el paraíso fiscal del futuro. De ser así, probablemente estaría asociado al Reino Unido (su moneda es la libra, al fin y al cabo), como tantos otros paraísos fiscales. Pero si hay justicia en el universo, el futuro puede que sea otro…

-Lince: esta constelación poco conocida, creada por el astrónomo polaco Hevelius en el siglo XVII, probablemente será repartida entre varios países de Europa del Este. En 2007 se descubrió un exoplaneta en el Lince, al que los croatas llamaron Veles, por una deidad de la mitología eslava. Al año siguiente, se descubrieron dos exoplanetas más, uno bautizado como Hämarik, por un personaje de un cuento popular estonio, y otro llamado Makropulos, por un libro de Karel Capek, el escritor checo de ciencia ficción.

-Lira: ya he mencionado antes que esta pequeña constelación podría ser anexionada por Estados Unidos, por estar asociada al Águila, pero otra posibilidad es que sea cedida a Turquía. La Lira se supone que representa el instrumento musical de Orfeo, el hijo de Apolo que encantaba a la creación con su música, y Orfeo era de Tracia Oriental, una región que actualmente pertenece a Turquía (es la pequeña porción de tierra que forma la Turquía europea). Además, la moneda turca recibe precisamente el nombre de lira.

-Lobo: otra constelación poco conocida, por no decir maldita (se supone que el Lobo representa al legendario rey Licaón, convertido en licántropo por los dioses por haber matado a sus hijos). Puede que le sea cedida a Lituania, ya que el lobo es el animal heráldico de este país báltico, asociado a una leyenda lituana. De hecho, el antiguo movimiento fascista lituano, colaboracionista de los nazis, recibía el patriotero nombre de Lobo de Hierro.

-Mensa: esta constelación del hemisferio sur se llama así por la Montaña de la Mesa (Mons Mensae en latín) en Sudáfrica, desde donde el astrónomo Lacaille hizo importantes observaciones del cielo austral, así que seguramente le sería cedida a este país africano, uno de los más importantes del continente.

-Octante: en esta pequeña e insulsa constelación inventada por Lacaille (un tipo sin imaginación que inventó muchas constelaciones aburridas e innecesarias que no figuran en esta lista, y que alguien debería suprimir por el bien de la humanidad) se encuentra Polaris Australis, la estrella polar del hemisferio sur, mucho más tenue que la Polaris de la Osa Menor. Esta estrella también figura en la bandera de Brasil, simbolizando su capital, Brasilia, así que ya sabemos quién la reclamará.

-Ofiuco/Serpens: estas dos constelaciones formaban antaño una sola, ya que juntas forman la figura de un hombre agarrando con sus manos una serpiente. Sus principales estrellas tienen nombres de dinastías chinas (Han, Qin, Chow, Tang), así que estas constelaciones serían cedidas a China. Además, los chinos se llaman a sí mismos Han (creo que por la dinastía, lo cual es el colmo, que un pueblo entero le deba su nombre a una dinastía… claro que la democracia siempre ha brillado en esos lares por su ausencia).

-Orión: aunque esta constelación sea la más reconocible del firmamento, sus estrellas son de las más alejadas de la Tierra, así que la humanidad tardaría bastante tiempo en alcanzarlas. Por esta razón, me la reservo como posible cuna de una especie alienígena que probablemente opondría resistencia a la expansión de la humanidad por la galaxia (como el gigante Orión, que en el mito era un cazador que quería exterminar a todas las criaturas de la Tierra… por suerte, la historia tiene un final feliz: un simple escorpión acabó con él).

-Osa Mayor: esta constelación, la más importante del hemisferio norte, con toda seguridad sería reclamada por Rusia, país enorme al que siempre se ha comparado con un gran oso. Es más, el oso es el animal nacional de Rusia. Además, una de las estrellas de la Osa Mayor se llama Muscida, y no es difícil imaginar en ese sistema una Nueva Moscovia. Las estrellas de la Osa Mayor, muy próximas entre sí, forman el cúmulo estelar más cercano a la Tierra. No es inconcebible que los rusos formen en ellas una Unión Ursina heredera de la antigua URSS (el nombre en latín de la constelación es Ursa Major). Por de pronto, en 2007 se descubrió un exoplaneta en la Osa Mayor al que los rusos llamaron Teberda, por un río del país, un indicio de que ya están pensando en apropiarse de ese sector del cielo. El problema es que los escandinavos también han puesto nombre a dos exoplanetas de la Osa Mayor, uno bautizado por los suecos como Isagel y otro bautizado por los noruegos como Albmi, así que es probable que las tensiones actuales entre Rusia y los países nórdicos se extiendan en un futuro a las estrellas…

-Osa Menor: si la Osa Mayor sería de Rusia, la Osa Menor podría corresponderle a su vecina Ucrania, el osezno de esta relación desigual. Claro que conociendo las ambiciones imperialistas de la Madre Rusia, no hay que descartar que las estrellas de la Osa Menor también sean anexionadas por los rusos y acaben formando parte de esa hipotética Unión Ursina. Otra posibilidad es que esta constelación le sea cedida a Corea del Sur, por una curiosa razón: los coreanos llamaron Baekdu a una estrella de la Osa Menor, alrededor de la cual se halló un exoplaneta. Baekdu es el nombre del monte sagrado de Corea, sobre el que descendió Hwanung, hijo del Señor de los Cielos y fundador del reino de Corea. Hwanung se desposó con Ungnyeo, una diosa-osa, y de esta unión divina se supone que nació el pueblo coreano.

-Paloma: esta pequeña constelación también podría ser de los Estados Unidos, uniéndose a la bandada formada por el Águila y el Cisne. Su nombre en latín es Columba y una de sus estrellas principales se llama Wasn, así que no es difícil imaginarse en ese sistema una nueva Washington D.C. De ser así, sus mandamases serían las «palomas» de la política estadounidense, mientras que los del Águila serían los «halcones».

-Pegaso: ya he mencionado antes que la constelación de la Lira podría ser turca, pero estaría asociada a la Turquía europea. En cambio, a la Turquía asiática, mucho más grande, le correspondería la constelación de Pegaso, ya que la península de Anatolia fue el escenario en el que tuvieron lugar las aventuras del caballo alado, que tuvo que enfrentarse a la Quimera en la región de Licia. A esto hay que sumar que en 2012 se descubrió un exoplaneta en la constelación de Pegaso, al que los turcos bautizaron Gokturk.

-Perseo: este héroe griego es considerado el padre del pueblo persa, según ciertas tradiciones helenísticas, así que esta constelación le correspondería a Irán (la antigua Persia). Probablemente, los iraníes también intentarían adueñarse de la constelación de Pegaso, por ser el caballo de Perseo, y se disputarían Andrómeda con Israel, con la intención de formar un nuevo imperio persa en las estrellas. Algol (el Gul), en Perseo, es la estrella con peor fama del firmamento y no augura buenos presagios en lo concerniente a ese sector del cielo.

-Pez Volador: de pequeño viví en la calle del Pez Volador, en el barrio madrileño de la Estrella (mi segundo hogar estaba en la casa de mi tío Ramón, en la calle Estrella Polar: fue él quien me regaló mi primer telescopio, naciendo así mi amor por la astronomía). En 2011 se descubrió un exoplaneta en esta pequeña constelación, al que los coreanos llamaron Ahra, que en coreano significa «océano» (¿un posible mundo oceánico?). Así que es probable que Corea del Sur reclame esta constelación en el futuro, si no me adelanto yo antes…

-Piscis: la última constelación del Zodíaco (y una de las más pequeñas) probablemente le corresponderá a algún país con una tradición marítima importante. Yo me decanto por Portugal, país volcado al Atlántico, aunque también podrían ser los Países Bajos (a no ser que los holandeses reciban Acuario), o incluso Noruega.

-Saeta: esta constelación, también conocida como Sagitta en latín, es una de las más pequeñas del firmamento. Se supone que representa la flecha que Apolo utilizó para matar a los Cíclopes, en venganza por la muerte de su hijo Asclepio (Ofiuco). En 2007 se descubrió un exoplaneta en la Saeta, al que los iraquíes llamaron Babylonia, así que todo apunta a que esta pequeña constelación será de Irak.

-Sagitario: esta extensa constelación zodiacal podría ser repartida entre varios países de África Occidental. Esto puede que sorprenda a algunos, pero es que en 2009 se descubrió un exoplaneta en un sistema de Sagitario, al que los de Ghana llamaron Toge, y al año siguiente se halló otro, al que los senegaleses llamaron Dopere, así que todo apunta a que la constelación del centauro será cedida a los africanos.

-Tauro: es posible que la segunda constelación del Zodíaco le sea cedida a España, la vieja piel de toro. De ser así, seríamos muy afortunados, ya que en esta constelación se encuentran dos de los cúmulos estelares más importantes, las Pléyades y las Híades, llamadas así por las hijas del titán Atlas. Aunque veo más probable que estos cúmulos le sean cedidos no solo a España, sino a los países hispanoamericanos en su conjunto, que en el futuro bien podrían formar junto con la antigua metrópoli una Federación Hispana, para competir en igualdad de condiciones con las grandes potencias. Claro que estando Estados Unidos de por medio, seguramente los norteamericanos también intentarían meter mano a las hijas de Atlas y el Toro tendría que defenderlas, ya que las historias tienden a repetirse…

-Triángulo Austral: las estrellas de esta pequeña constelación del hemisferio sur también salen en la bandera de Brasil, asociadas a estados brasileños, así que seguramente también serán reclamadas por el codicioso gigante sudamericano (una de las grandes potencias del futuro, sin duda). Una de sus estrellas se llama Luxuria, un pecado muy brasileño.

-Unicornio: el unicornio es el animal heráldico de Escocia, así que esta discreta constelación, también conocida como Monoceros en latín, le correspondería a este humilde país que actualmente forma parte del Reino Unido, pero que antaño fue una nación independiente (una nación que muchos creen tan extinta como el unicornio, por decirlo así, lo cual es una ilusión).

-Virgo: como han reparado varios autores de esos especializados en misterios, las principales catedrales de Francia, dedicadas todas a Notre-Dame (la Virgen), están alineadas con las estrellas de Virgo. Por ello, esta constelación, la más extensa del Zodíaco, le sería adjudicada a Francia, país católico cuya santa patrona es otra virgen (Juana de Arco). Además, las principales estrellas de Virgo, como Spica y Vindemiatrix, están relacionadas con la agricultura y la viticultura, y Francia es un país esencialmente agrícola.

Una lista larga, como podéis ver, y eso que me he dejado en el tintero un par de miembros del Zodíaco y constelaciones como el Centauro, la Grulla, el Lagarto o la Zorra, por citar solo algunas, y aun así sigue habiendo menos constelaciones en el cielo que países en la Tierra. Países como Corea del Norte, Myanmar, Pakistán, Afganistán, El Salvador, Venezuela, Sudán o la mal llamada República Democrática del Congo, si siguen existiendo en el futuro (muchos de ellos son creaciones recientes y artificiales, lo que explica también su condición de estados fallidos), seguramente serían vetados en las Naciones Unidas por no cumplir unos mínimos requisitos en cuestión de derechos humanos y se quedarían fuera del Tratado Galáctico, aunque aquí se emplearía un cínico doble rasero, como siempre. Está claro que los países menos poderosos también se quedarían a dos velas, pero aun así habría espacio de sobra allá arriba para buena parte de la humanidad.

Con este reparto de las constelaciones, aunque la humanidad continuara dividida (parece ser nuestra naturaleza), por lo general reinaría la armonía en los cielos, siendo optimistas. Tal vez la conquista del espacio serviría para canalizar los instintos agresivos del hombre, y al marcarnos unos objetivos tan elevados y ambiciosos, nos dejaríamos de fastidiar aquí abajo, en la Tierra. El planeta nos lo agradecería.

Estacas

Hace eones me recomendaron un relato de Karl Edward Wagner titulado Estacas y por fin he podido leer esta asombrosa historia. En mi opinión, es un cuento magistral y una de las mejores narraciones de los Mitos de Cthulhu posteriores a la muerte de Lovecraft, mereciéndose con creces el premio August Derleth que ganó en 1974. También resulta evidente que John Carpenter se inspiró hasta cierto punto en esta historia para su película En la boca del miedo, ya que el cuento, entre otras cosas, va sobre un escritor que busca traer a los Primigenios a este mundo y difundir el terror con su nuevo libro… ¿os suena? Pero lo más sorprendente de este relato es que tiene una base real, como explica el propio Wagner en un epílogo al final del cuento. Se basa en un hallazgo que hizo Lee Brown Coye, ilustrador de la última etapa de Weird Tales famoso por su estilo macabro, de ahí que el verdadero protagonista del cuento también sea un ilustrador que trabaja para revistas pulp, llamado Leverett. He realizado un pequeño trabajo de investigación y a continuación voy a contar la historia de Coye, tan extraña como la ficción de Wagner…

Como el protagonista del cuento, Coye tropezó en 1938 (un año después de la muerte de Lovecraft) con una granja llena de extrañas estructuras hechas con estacas en la desolada región del arroyo Mann, en el agreste norte del estado de Nueva York, que nada tiene que ver con la civilizada Manhattan. Se guardó este descubrimiento para sí hasta 1962, cuando John Vetter, un librero fan de Lovecraft, compañero de excursiones de Coye, le contó la historia a August Derleth y al anticuario y arqueólogo Andrew E. Rothovius (parece un nombre salido de una historia de Lovecraft, pero Rothovius existió realmente y era de origen finlandés). Derleth pensó en escribir la aventura como una novela corta lovecraftiana, cosa que afortunadamente no llegó a hacer, y Coye y Rothovius mantuvieron una animada correspondencia, recogida en el periódico Mid-York Weekly, en el que Coye tenía una columna semanal. En esta columna, Coye relató su experiencia junto al arroyo Mann un cuarto de siglo antes, sin olvidar hablar de la mano que surgió de la oscuridad de la granja abandonada y agarró al asustado artista, quien, como un personaje de Lovecraft, huyó del sótano de la casa para su seguridad y cordura. Todo esto sale igualmente en el cuento de Wagner, el cual parece haberse limitado a transcribir la experiencia de Coye (aunque cabe preguntarse hasta qué punto adornó la verdad el ilustrador, famoso precisamente por su macabra imaginación…).

En el relato, Rothovius aparece con el nombre de Alexander Stefroi, y Wagner llega hasta el punto de incluir en la narración las cartas que le escribió a Coye («que he dejado casi tal cual», como dice en el epílogo), en las que discutía con el ilustrador el posible significado de los megalitos hallados en la región. En ellas, Rothovius/Stefroi habla de una cultura megalítica en Nueva Inglaterra, presuntamente relacionada con la cultura megalítica del otro lado del Atlántico (una teoría muy plausible, pero extrañamente desacreditada en el ámbito académico, tal vez por sus increíbles implicaciones), y sostiene que estos megalitos siguieron siendo empleados en tiempos recientes por practicantes de magia negra con fines siniestros, como ya apuntaba Lovecraft en El horror de Dunwich y otros textos suyos. Menciona especialmente el emplazamiento de Mystery Hill, en North Salem, New Hampshire, uno de los conjuntos megalíticos más importantes hallados en Nueva Inglaterra. Entre otras cosas, Stefroi afirma que en Mystery Hill fue edificada una granja que incorporaba un dolmen a sus cimientos, como la encontrada en el cuento por el personaje de Leverett. Como resultado de su investigación, Rothovius escribió el ensayo H. P. Lovecraft y los megalitos de Nueva Inglaterra, que apareció en un libro de Arkham House titulado The Dark Brotherhood. Hay una traducción reciente al castellano de Francisco Arellano, pero desgraciadamente no he tenido acceso a ella, supongo que estará perdida en alguna parte de su inabarcable y ya casi inaccesible Biblioteca del Laberinto…

Por su parte, Coye, como su personaje en el cuento de Wagner, regresó al emplazamiento del arroyo Man en junio de 1963, pero lo encontró arrasado por las crecidas del río (por lo que solo contamos con su testimonio de la existencia de esa misteriosa granja, de la que no queda ni rastro). Empezó a incluir estacas en todas sus ilustraciones justo a partir de ese año, muchas de las cuales aparecieron en la revista Fantastic, que en los años 60 tomó el relevo de Weird Tales, por decirlo así. (En el cuento de Wagner, por cierto, todos estos dibujos de estacas, reunidos en un solo libro, servirían como diagramas mágicos para invocar a los Primigenios, algo de lo que Leverett se da cuenta un poco demasiado tarde).

Una de las historias ilustradas por Coye para Fantastic, aparecida en el número de abril de 1964, fue un extraño cuento lovecraftiano titulado El horror de Dunstable, escrito por un tal Arthur Pendragon (el protagonista del cuento, para colmo, se llama Thomas Grail, esto es, «Tomás Grial»). Quién se escondía tras este curioso pseudónimo, sigue siendo un misterio a día de hoy, aunque algunos sostienen que se trata de C. Hall Thompson, un oscuro autor de la última etapa de Weird Tales que escribió un par de cuentos enmarcados en los Mitos de Cthulhu (también ilustrados por Coye, casualmente). Estos relatos disgustaron profundamente a August Derleth, quien amenazó a Thompson con iniciar acciones legales si este no dejaba de escribir cuentos lovecraftianos no autorizados (no autorizados por él, claro), lo que provocó que Thompson desapareciera rápidamente de la escena literaria. Con este precedente, resultaría comprensible que Thompson recurriera al empleo de un pseudónimo para este retorno puntual al universo de Lovecraft a principios de los años 60 (del misterioso Arthur Pendragon no volvió a saberse nada, ya que no se publicaron más relatos con ese nombre). Pero que Thompson sea Pendragon no está demostrado, y bien podría ser otro el autor del relato (¿el mismo Coye, tal vez?), deseoso de preservar el anonimato por otras razones más inquietantes, relacionadas con la pervivencia de antiguos cultos en la vieja Nueva Inglaterra. Y es que, como ya nos advertía el de Providence en sus escritos, el «mundo real» sigue guardando muchos misterios que hunden sus raíces en épocas más oscuras, ocultos en los márgenes de la civilización y olvidados por la mayoría de los hombres… hasta que algún incauto se topa con uno de ellos.

Mi Atlas de lugares imaginados

Los Reyes Magos, llegados de Oriente a través de la Ruta de la Seda, me han hecho un regalo maravilloso este año: el Atlas de lugares imaginados de Matt Brown y Rhys B. Davies. Podría decirse que es la obra definitiva (o casi) sobre geografía fantástica. Es como un atlas normal, con los continentes que todos conocemos, solo que en vez de figurar los nombres de los países y localidades reales, muestra los lugares ficticios salidos de la imaginación humana, ya sean de libros, comics, películas, series o videojuegos. Aquí está prácticamente todo: la Atlántida de Platón, la Utopía de Tomás Moro, el País de Nunca Jamás, las islas de los viajes de Gulliver, los lugares en los que transcurren las historias de Lovecraft (ya estén en Nueva Inglaterra o en la Antártida), los países de la Era Hiboria de Robert E. Howard, el Averoigne de Clark Ashton Smith, Metrópolis y Gotham, la Australia posapocalíptica de Mad Max, y prácticamente cualquier lugar ficticio que se os ocurra, siempre y cuando se encuentre en el planeta Tierra. Los mismos autores dicen en la introducción haber bebido de numerosas fuentes, reconocen que la Wikipedia les ha sido de gran ayuda y admiten que la obra de consulta que les ha resultado más valiosa a la hora de confeccionar su atlas es la Guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (publicada en 1980), que ya era bastante completa, aunque se ceñía solo a los lugares salidos de la literatura (los autores de este atlas, en cambio, han tenido en cuenta hasta los comics de Marvel y las telenovelas brasileñas, para que os hagáis una idea). Insisto en que es una obra maravillosa, uno puede estar horas y horas absorto con sus fantásticos mapas, viajando con la imaginación a tierras de las que nunca ha oído hablar, y me quito el sombrero ante el trabajo titánico al que se han tenido que enfrentar sus autores.

Pero le he encontrado un par de pegas. En primer lugar, poco texto. Vale, es un atlas, no una enciclopedia, pero aun así uno tiene la sensación de que se han quedado cortos. En cada región del mundo, ya sea Europa occidental o África, se limitan a unas pocas entradas de los lugares que ellos consideran más importantes, demasiado breves y en muchos casos poco reveladoras de cómo se supone que son esos lugares, y para saber algo de los demás topónimos que figuran en los mapas te remiten al índice (en el que simplemente te dan los títulos de las obras de las que están sacados). Hay un par de excepciones: las partes dedicadas a Estados Unidos y el Reino Unido (oh, sorpresa). Como buenos anglosajones, aquí se explayan un poco más, cuando la verdad es que son casi las tierras menos interesantes del atlas, secciones innecesariamente infladas con cientos de pueblos anodinos sacados de series que aquí no se conocen o libros que no están traducidos a otras lenguas, un rasgo provinciano que no me ha gustado demasiado. Ellos mismos reconocen que la inmensa mayoría de las entradas de su atlas son de obras en lengua inglesa y que eso supone un sesgo enorme, lo cual ya es algo (por lo menos son conscientes de ello). Pero su obra habría quedado mejor si, por el contrario, se hubieran extendido precisamente sobre las tierras más exóticas, que es por las que cualquier lector con un poco de curiosidad mostraría más interés. El mundo no gira en torno a Anglosajonia, aunque ellos parezcan creer que sí.

En segundo lugar, la parte dedicada a España me ha parecido especialmente pobre, por no decir deprimente. Aparte de la Vetusta de La Regenta, el Monte de las Ánimas de Bécquer o el país de Zingara de Howard, poco más se puede salvar. El resto de topónimos de la España ficticia son del estilo de Villarriba y Villabajo (sí, salen en el atlas), sacados de fuentes como las series Cuéntame y La que se avecina o películas de Almodóvar como Volver (así es como me he enterado de que hay un pueblo manchego llamado Alcanfor de las Infantas, fíjate tú). Para echarse a llorar. Es más, en el texto dedicado a España, los autores solo saben recurrir a los mismos tópicos de siempre relacionados con el turismo, y de ahí no se salen. «La región se ha convertido inevitablemente en objeto de parodia cariñosa, especialmente en Gran Bretaña», dicen. Me parece bien que los británicos sean los primeros en burlarse del fenómeno de los paquetes turísticos, pero esta tierra tiene más cosas que ofrecer, aparte de sol y playa. Si se hubieran molestado en buscar sus fuentes en otros lugares, a lo mejor les habría quedado una península ibérica más interesante, no sé.

Tal vez hasta se habrían llevado una sorpresa al descubrir que hay escritores españoles que no se limitan a escribir sobre el encanto que tienen los pueblos de su comarca, sean reales o ficticios. En mi obra, sin ir más lejos, abundan los lugares ficticios ubicados en otras latitudes: la isla de Santo Toribio, situada en pleno Triángulo de las Bermudas (en mi novela El Grial de los Vampiros); el pueblo de Dead Creek, en Nuevo México (en mi relato El pueblo de las almas perdidas, una precuela de mi novela de vampiros); la ciudad maldita de Tarsis, enterrada bajo las arenas del Takla-Makán, en Asia Central (en mi relato Los susurros del desierto); o Bibliópolis, la Ciudad de los Libros, megalópolis caótica mezcla de todas las ciudades que ha dado la literatura (en mi libro La Torre de Papel). Y sí, también he ubicado lugares ficticios en la península ibérica, como Alshat, la ciudad subterránea que aparece en mi última novela, El camino de las estrellas; o Azogaraz, la Ciudad de Azogue, capital del reino de Nogara, y los reinos vecinos de Arravan y Adanarg, en mi relato Las ciudades espejo (el título no es casual: léanse todos los nombres al revés). En Las ciudades espejo también hablo de otras ciudades fantásticas desperdigadas por todo el globo, como Kroy Wen y Selegna Sol, en el Imperio de Akirema; Ffidrac, en el reino de Noibla, envuelta en una niebla perpetua; la ciudad medio hundida de Madretsma, conocida como la Madre de las Marismas; la monstruosa Arakna, en lo que una vez fue Turquía, suspendida sobre un abismo como una gran araña; o Iborian, la Ciudad de Marfil, la última urbe de África…

Aunque esté mal que yo lo diga, también les habría quedado mucho más interesante su mapa de Estados Unidos si en vez de tanto pueblo de la América profunda y tanto distrito numerado de Los juegos del hambre, hubieran incluido las naciones en las que dividí Norteamérica en algunas de mis historias, como Afroamérica (los estados del sur, dominados por los negros en mi secuela de El Grial de los Vampiros), Nueva Albión (unión de Nueva Inglaterra y Nueva Escocia), la Utopía de Utah (un estado mormón), Missopotamia (las tierras entre los ríos Mississippi y Missouri, como Iowa y el estado de Missouri), la Unión Pacífica (los estados de la costa noroeste del Pacífico, es decir, Washington y Oregón, unidos a la Columbia Británica), la Marca Superior (estado neonazi que controla el Lago Superior y abarcaría Minnesota, Wisconsin y el norte de Michigan, tierras habitadas por un gran número de descendientes de alemanes y escandinavos), Nueva Jerusalén (república formada por los exiliados judíos en la ciudad de Nueva York y la vecina Nueva Jersey tras la caída del estado de Israel), las Naciones Indias (surgidas en los estados de Montana y Wyoming tras la rebelión de los indios encerrados en sus reservas), o el Imperio Medio que creé para las Crónicas del Dragón (los estados del Medio Oeste ocupados por Japón, como las dos Dakotas, Nebraska, Kansas y Oklahoma, ¡nombres que suenan sorprendentemente nipones!).

También habría contribuido a enriquecer su mapa de Gran Bretaña, excesivamente parecido al mapa de una guía turística convencional para lo que es esa isla mágica, la inclusión del Reino de los Duergars o el Bosque de Celyddon, escenarios de mi relato La magia de los dragones; o los reinos feéricos de su precuela El resurgir de Albión, como Elfed, Glastenning o Cynwidion, que hunden sus raíces en la cultura celta de la que los británicos son herederos realmente (pues Camelot solo es la punta del iceberg). Eso por no hablar de Brum, la Birmingham alternativa en la que transcurría mi primera novela, El secreto de la esmeralda, donde los humanos convivían alegremente con toda clase de seres fantásticos. Además, podría contarles a estos británicos tan satisfechos de sí mismos un par de cosas acerca de la Venganza Irlandesa: cuando los irlandeses se aliaron con los sidhe para crear el Imperio Gaélico, arrebatándoles a los ingleses el Ulster, la Isla de Man y las Hébridas, además de formar sus propias colonias en África, como Donegal (Senegal), la Tierra de Guinness (Guinea), la Costa de Murphy (Costa de Marfil), Nueva Hibernia (Liberia), la Marca de Burke (Burkina Faso) o la Tierra de O’Malley (Mali). Sí, todo esto sucedió en uno de los tantos universos alternativos ignorados por este atlas…

La parte dedicada a la Europa continental también habría ganado con la inclusión de Elfland, el reino que formaron los elfos al conquistar Escandinavia y Alemania; las ciudades de Thorin y Midland (las antiguas Turín y Milán), baluartes de los enanos que bajaron de los Alpes para adueñarse de la llanura del Po; la República Sirenísima de Venusia, una Venecia con sirenas; o el Imperio Vampiro, que se extendería por buena parte de Europa del Este (todos estos lugares aparecen igualmente en La magia de los dragones, y en otras historias mías). Asimismo, habrían podido llenar el clamoroso vacío de las desangeladas islas árticas de su atlas (ni un triste topónimo en todo este archipiélago, uno de los más extensos del planeta) con los reinos fantásticos que imaginé para mi saga épica Los caballeros del círculo ártico, como Ceredigion, Lindstrom o Eilean Donan.

También habría podido aportar a la sección de Europa del Este una línea ferroviaria poco conocida, por la que circula el Trans-Existenz Express, un tren fantasma que atraviesa países que ya no existen como tales, como Silesia, Bucovina o Galitzia, con destino a la misteriosa tierra de Ursia, trasunto infernal de Rusia (para ser más exactos, su parada final es Mordovia, una región que existe realmente pero que es como si no existiera, porque ha sido engullida por la inmensidad de la Federación Rusa, que lo anula todo). En fin, para qué seguir…

Como veis, podría crear mi propio Atlas de lugares imaginados, e incluso añadir un segundo volumen dedicado a Marte (seguro que estos tíos ni siquiera saben que en el planeta rojo hay una Cimmeria o una Atlantis por cortesía de un astrónomo italiano), y todavía me sobrarían energías para escribir algún recuerdo sobre Felmor, el primer país imaginario que soñé, cuando era un chaval. Tal vez Brown & Davies incluyan alguno de estos lugares en una segunda edición de su atlas, si para entonces me he convertido en un autor superventas traducido al inglés. Soñar es gratis, al fin y al cabo… ¡sobre todo si te regalan un atlas de los sueños como este!

El Nuevo Norte

En estos días de diciembre tan gélidos he estado leyendo un libro muy interesante, El mundo en 2050, de Laurence C. Smith. Considero que es una de las obras más importantes que se han publicado en los últimos años. Smith escribió su libro en 2010, pero aquí no salió hasta 2015. Yo me he topado con él por pura casualidad, en un mercadillo. Tengo la impresión de que la publicación de esta obra en España pasó bastante desapercibida en su momento. Tal vez no ayudó que los editores decidieran cambiarle el título original, una mala costumbre editorial española que nunca me ha gustado. Al cambiarle el título, el verdadero tema del libro queda oculto y se desvirtúa su contenido. El título original es The New North, y es que el libro de Smith trata del mundo en 2050, sí… pero se centra sobre todo en el Ártico. Por una buena razón: es donde los efectos del calentamiento global son más visibles.

En la primera parte de su libro, Laurence C. Smith pinta un panorama más bien apocalíptico, pero no es un autor de best-sellers que busca el sensacionalismo, sino un científico reputado (geólogo, para más señas) que sabe de lo que habla y aporta numerosos datos y pruebas. Es ya un hecho asumido por la mayoría que el cambio climático es una realidad, pero parece que muchos todavía no han comprendido que ha venido para quedarse. El calentamiento global va a cambiar el mundo en los próximos años de forma drástica, y es muy probable que a estas alturas ya no se pueda revertir. Y donde se están sintiendo más sus efectos es en el Ártico. Pero Smith, como científico que es, procura ser objetivo, y no solo ve el lado negativo del asunto, sino también el positivo (porque resulta que lo hay), explayándose en la segunda parte del libro sobre el futuro brillante que le espera al Nuevo Norte en los años venideros. Sí, habéis leído bien.

Es sabido que el Océano Ártico se está deshelando progresivamente. Desde 2007, el Paso del Noroeste, al norte de Canadá, ya está libre de hielo en verano, y es navegable durante unos meses, algo impensable hasta entonces. Smith nos advierte de que esta nueva ruta marítima que conecta América con Eurasia y el fácil acceso que proporciona a los abundantes recursos naturales del Ártico (principalmente petróleo y gas natural) van a cambiar por completo el panorama mundial en los próximos años. Los ocho países de lo que él llama el Cerco del Norte, es decir, los países que rodean el Ártico (Rusia, Canadá, Estados Unidos, Dinamarca, Noruega, Islandia, Suecia y Finlandia) van a ser los más prósperos del mundo, por la sencilla razón de que tendrán acceso a esos recursos sin explotar. No solo eso, sino que al calentarse de forma considerable esas tierras inhóspitas (las temperaturas subirán una media de 10 grados más que en el resto del planeta), se volverán más atractivas para el asentamiento humano y acogerán más población.

Mientras tanto, el resto del mundo sufrirá las consecuencias de la superpoblación y la falta de recursos, y sobre todo, los desastrosos efectos del calentamiento global: se sucederán los fenómenos climáticos extremos, como sequías e inundaciones (como hemos estado viendo en los últimos años) y la vida se convertirá en una lucha por la supervivencia. Las superpobladas Asia, África y Sudamérica, en especial, serán el infierno en la tierra. Olvidaos de eso de que China será la nueva superpotencia mundial: según los cálculos de Smith y otros, en los próximos años perderá población a pasos de gigante (consecuencia inevitable de haber seguido durante décadas la nefasta política de un solo hijo); tal vez por eso los chinos están tan interesados en desarrollar la robótica para las más diversas tareas, junto con los japoneses (que también están perdiendo población): porque empezarán a faltarles trabajadores en un futuro no muy lejano. La India ya ha superado a China como país más poblado del mundo, mientras que en China ya hay más hombres que mujeres… sacad vuestras propias conclusiones.

En cambio, en el Norte, abundante en tierras vírgenes apenas habitadas, serán unos privilegiados. Además, los países del Cerco del Norte, casualmente, son también aquellos que gozan de un nivel de vida más alto, de economías más prósperas y de democracias más sólidas (con la notable excepción de Rusia, que es un caso aparte). Esto atraerá a la gente de los países menos favorecidos, y los países del Cerco del Norte necesitarán a esos inmigrantes, por la sencilla razón de que su población está envejeciendo rápidamente, como la de todos los países desarrollados. Gracias a la inmigración, todos estos países incrementarán notablemente su población en los años venideros (de nuevo con la excepción de la estancada Rusia, reacia a admitir extranjeros, que lleva años perdiendo población). La nueva potencia mundial, con toda probabilidad, no será China, sino Canadá, que desbancará de ese puesto a Estados Unidos. Será la gran beneficiada con la nueva situación, sobre todo porque controla el estratégico Paso del Noroeste, y según los cálculos de Smith, triplicará su población (tiene espacio de sobra para ello).

A grandes rasgos, esto es lo que viene a demostrar Smith en su libro, mediante el sencillo método científico de observar lo que está pasando actualmente, contrastar datos y proyectar sus modelos climáticos y poblacionales en el futuro. Pero en mi opinión, Smith se muestra demasiado optimista al decir que la colonización del Ártico se desarrollará de forma pacífica, sin conflictos bélicos. Eso es mucho esperar, sobre todo si anda Rusia de por medio. Rusia ya ha demostrado recientemente que no duda en recurrir a los viejos métodos. Puede que el futuro del Norte no sea tan idílico como lo pinta Smith, y que haya una nueva Guerra Fría entre Norteamérica y Rusia por el control del Ártico. En el penúltimo capítulo de su libro, Smith se arriesga a aventurar que China le podría comprar a Rusia el Extremo Oriente Ruso para tener acceso al Ártico, como ya hizo Estados Unidos con Alaska en el siglo XIX. La Rusia asiática, alejada de Moscú, prácticamente inaccesible (solo la conecta con el resto del país el Transiberiano), es la región más desatendida y deprimida económicamente de la Federación Rusa, y está cada vez más desconectada de la Rusia europea, la cual muestra muy poco interés en esa parte del país. A los propios rusos les podría parecer conveniente en un futuro deshacerse de esta enorme región escasamente habitada en la que en verdad no pintan nada (solo llevan ahí desde principios del siglo XX) y que no hace más que tragarse sus recursos.

Pero, tal y como yo lo veo, el candidato más probable a comprar el Extremo Oriente Ruso no es China, sino Japón. Los japoneses llevan décadas reclamando la isla rusa de Sajalín (que ellos llaman Karafuto), situada al norte de su archipiélago y rica en petróleo, así como las islas Kuriles, que se extienden entre Hokkaido y la península de Kamchatka. El paso lógico siguiente tras la compra de Sajalín y las Kuriles sería comprar también las penínsulas de Kamchatka y Chukotka, para tener acceso al estrecho de Bering. Y si fallara la diplomacia, puede que hubiera una nueva guerra ruso-japonesa, de la que probablemente saldría vencedora Japón, gracias a su superioridad tecnológica, frente a una Rusia sumamente debilitada tras su prolongada e inútil contienda en Ucrania. De esta forma, Japón entraría en el selecto club del Cerco del Norte y se salvaría del destino que sufriría el resto de Asia. Es muy posible que China, por el contrario, se quede estancada, encerrada en sus fronteras, o como mucho se anexionaría la inhóspita y remota región siberiana de Yakutia, situada tierra adentro y contigua a Manchuria, pero en la que poco tendría que hacer (sobre todo por el deshielo del permafrost, que afectaría especialmente a esa región y haría que el asentamiento a gran escala fuera inviable).

Los Estados Unidos también sufrirán cambios importantes, sobre todo en el aspecto demográfico. La población se desplazará de los estados del sur, azotados por sequías, huracanes y grandes incendios (como California, Texas y Luisiana) a los estados más septentrionales, con un clima menos extremo y abundantes en recursos naturales. El estado más beneficiado sería sin duda Alaska, donde hay un importante yacimiento petrolífero, aunque tampoco hay que olvidarse de estados agrícolas como Minnesota, Wisconsin y Michigan, limítrofes con Canadá, que ya se están convirtiendo en el granero del país. Smith incluso señala que actualmente se están creando «superregiones» que se extienden a ambos lados de la frontera con Canadá, con peculiaridades económicas distintivas y sus propias atmósferas culturales. Un ejemplo destacado sería Cascadia, una gran región que abarca los estados de Washington y Oregón y la Columbia Británica, cuyo núcleo sería el corredor Vancouver-Seattle-Portland. Otra superregión a tener en cuenta es Atlántica, que une las provincias canadienses de Nueva Escocia y Nueva Brunswick con los estados de Nueva Inglaterra y el norte del estado de Nueva York. «Al parecer, los canadienses y los estadounidenses que están cerca entre sí se identifican más entre ellos que con sus compatriotas que viven más lejos», dice Smith. Así que no es en absoluto improbable que se creen estados independientes en esas regiones en un futuro no muy lejano. Ya se está produciendo una verdadera fusión de economías que no entiende de fronteras.

También cabría la posibilidad de que Estados Unidos le devolviera a México estados meridionales como California, Nevada, Arizona o Nuevo México para solucionar el problema de la inmigración, con la excusa de reparar agravios históricos y de paso quedar bien. Con la excepción de California, son estados desérticos y escasamente habitados, así que no supondrían una gran pérdida. Todo apunta a que la ciudad más grande de Arizona, Phoenix, azotada por continuas tormentas de arena, será inhabitable los próximos años, y en cuanto a California, sufre continuas sequías e incendios y ya no es el paraíso que fue en el pasado. Actualmente en California ya viven más hispanos que anglosajones, y puede que a la industria en declive de Hollywood le compense económicamente más rodar en territorio mexicano, quién sabe… Vivimos en una época conservadora y tendemos a pensar que las fronteras internacionales son inamovibles, pero la historia de la humanidad nos demuestra todo lo contrario, y puede que nos llevemos algunas sorpresas en el futuro. El ser humano tiende a hacer de la necesidad virtud.

Seguramente también cambiarán las fronteras en Canadá, país que podría ser víctima de su situación privilegiada, por decirlo así. Sin duda, otros países se interesarán en sus vastos territorios y recursos, y no está tan claro que sea un país tan cohesionado como cree Smith (que al fin y al cabo es estadounidense, no canadiense). Pienso, en especial, en el caso de los francocanadienses de Quebec, que no han renunciado a sus aspiraciones separatistas, ni mucho menos. Es muy probable que Quebec sea un país independiente en el futuro, y seguramente lo será con la ayuda de Francia, que estará interesada en tener un acceso al Ártico (el norte de Quebec da a aguas árticas). Pero si Quebec se independizara, las provincias orientales de Canadá (las llamadas provincias atlánticas) quedarían aisladas del resto del país. Puede que entonces corrieran la misma suerte que Quebec, independizándose también de Canadá. No es tan descabellado: Terranova y el Labrador ya fueron un país independiente a principios del siglo XX, el llamado Dominio de Terranova, antes de integrarse en Canadá.

El papel crucial que jugaría Francia en la independencia de Quebec podría ser solo el inicio de la presencia europea en el este de Canadá. Hay que tener en cuenta que los países de la Unión Europea, afectados en el futuro por continuas sequías, inundaciones y olas de calor (como ya está empezando a verse), van a estar en una situación igual de comprometida que los países más meridionales, e inevitablemente van a poner sus miradas en el Norte. En ese sentido, los países nórdicos, favorecidos por su situación geográfica, juegan con ventaja. No es inconcebible que Dinamarca, Suecia y Finlandia se salgan de la Unión Europea para formar con Noruega e Islandia una Liga Nórdica que miraría por sus propios intereses (pues, en un caso análogo al de las superregiones de Cascadia y Atlántica en Norteamérica, sus habitantes sienten que tienen más en común entre sí que con el resto de Europa, como bien señala Smith). Terranova, la Vinland de las sagas vikingas, bien podría llegar a formar parte de esa Liga Nórdica, al igual que los estados norteamericanos de Minnesota y Wisconsin, colonizados en su mayor parte por escandinavos y alemanes.

¿Pero qué pasaría con los demás países europeos? Francia uniría su suerte a la de Quebec, como ya he apuntado. España y Portugal, con toda probabilidad, se repartirían el Labrador, reivindicando su presencia pasada en esa región canadiense, en la actualidad apenas habitada (esta península de gran tamaño debe su nombre al explorador portugués João Fernandes Lavrador, y durante siglos fue visitada por los balleneros vascos). Italia podría competir con los nórdicos y reclamar la isla de Terranova, con el pretexto de que fue descubierta y bautizada por el navegante genovés Giovanni Caboto. Los alemanes sin duda se interesarían por la provincia atlántica de Nueva Brunswick, llamada así por una ciudad de Alemania que en el pasado fue un estado independiente. Y es muy probable que Nueva Escocia y la Isla del Príncipe Eduardo volvieran a manos británicas. Por supuesto, esto son conjeturas mías, no de Smith, pero en mi opinión entran dentro de lo factible (sobre todo en los casos de Quebec y Nueva Escocia). Como puede verse, las únicas reivindicaciones territoriales que podrían tener alguna validez serían de carácter histórico, aunque en algunos casos su base sería endeble, pero los europeos estarán tan desesperados que se agarrarán a cualquier excusa con tal de tener un hueco en el Nuevo Norte. Y Canadá, célebre por su hospitalidad con los extranjeros, podría ceder de buen grado esas provincias, concediéndoles un elevado grado de autonomía (o incluso la independencia, con el paso del tiempo), con la idea de formar un nuevo tipo de federación en el Norte. De esta forma, las Provincias Atlánticas se convertirían en las sucesoras de la Unión Europea en Norteamérica, y todos saldrían ganando.

En realidad, Canadá no perdería demasiado: con la excepción de Quebec, estas provincias son las más pequeñas y menos pobladas del país. Todavía le quedarían vastos territorios: Ontario (la provincia canadiense más poblada e industrializada), Manitoba, las llanuras cerealistas de Alberta y Saskatchewan, los grandes bosques de la Columbia Británica, el enorme yacimiento petrolífero al sur del lago Athabasca (el mayor del mundo, según Smith), las minas del Yukón, y grandes urbes como Toronto, Vancouver, Winnipeg, Calgary o Edmonton, que en el futuro se convertirán en verdaderas megalópolis con la afluencia masiva de inmigrantes en busca de oportunidades en el Norte. A estas ciudades habría que sumar Fort McMurray, que ya está creciendo rápidamente a la sombra del petróleo de Alberta, y los puertos de Churchill, Iqaluit, Tuktoyaktuk y Bathurst Inlet, que en los próximos años conocerán un tráfico importante debido a la apertura del Paso del Noroeste, libre de hielo en verano.

En resumen, en el Norte hay sitio de sobra. El pastel está bien repartido: Rusia tiene Siberia, Estados Unidos tiene Alaska, Canadá tiene su vasto territorio y el control del Paso del Noroeste, Dinamarca tiene Groenlandia, Noruega tiene las Islas Svalbard (a las que probablemente habrá que sumar en el futuro las Islas Sverdrup, actualmente canadienses, pero reclamadas por los noruegos durante años), y Finlandia, aprovechándose de la creciente debilidad de Rusia, podría recuperar una parte de los territorios que perdió a manos de los soviéticos, consiguiendo un acceso al Océano Ártico a través del corredor de Pechenga, que compartiría con la vecina Suecia. A estos países del Cerco del Norte se sumarían Japón y los principales miembros de la Unión Europea, como ya hemos visto. Los países de Europa del Este, por su parte, buscarían la protección de la Madre Rusia (sobre todo los ortodoxos), aunque algunos seguramente lo harían a regañadientes. Rusia, en última instancia, podría verse beneficiada si acogiera inmigrantes de otros países eslavos, recuperando así su población.

Pero insisto: los países del Cerco del Norte serían unos privilegiados. El resto del planeta sufriría las peores consecuencias del calentamiento global, a lo que habría que sumar un crecimiento demográfico insostenible. Como ya he señalado, es sumamente improbable que China tenga acceso al Ártico, al menos en un futuro próximo, y seguirá siendo uno de los países más contaminados del mundo. Y el caso de la superpoblada India, a merced de los monzones, será mucho más dramático. Por no hablar del vecino Bangladesh, un país enteramente situado en el delta del Ganges, que probablemente desaparecerá en su mayor parte con la subida del nivel del mar (como los Países Bajos en Europa). Smith cree que algunas megaciudades asiáticas podrían seguir el modelo de Singapur, ciudad-estado próspera, eficiente y sin apenas criminalidad, pero de ser así, serían las ciudades de Taiwán y Corea del Sur, cuyo futuro peligra por culpa de sus belicosos vecinos, China y Corea del Norte. El caso de Oriente Medio sería todavía peor. Cuando se les acabe el petróleo (y no será dentro de mucho), solo les quedará el desierto, y ríos como el Jordán podrían desaparecer por completo, agravando la situación en la zona, ya de por sí inestable, como estamos viendo estos días. En cuanto a África y Sudamérica, donde la gente se hacinará en condiciones lamentables y los efectos del cambio climático serán más devastadores, serán los últimos lugares de la Tierra en los que uno querría vivir, por lo que muchos de sus habitantes acabarán emigrando hacia el Norte, como ya está ocurriendo en la actualidad, lo que inevitablemente creará más conflictos.

En definitiva, en los próximos años el Sur saldrá perdiendo frente al Norte, por una simple cuestión climática. El futuro está en el Norte, para bien o para mal.

Et in Arcadia ego

Todo el mundo sabe que antiguamente esta tierra tenía otros nombres: Hispania, Iberia… Pero hay un nombre que no es tan recordado como esos, también empleado por griegos y romanos: Hesperia. Es un nombre sumamente relevante: Hesperia es, literalmente, la Tierra de Héspero (el lucero vespertino). Es decir, la tierra en la que se pone el sol. Por eso, en la antigüedad se empleaba el nombre sobre todo para recalcar su condición de extremo occidental del mundo conocido (aquí se ubicaba el legendario Jardín de las Hespérides, sobre el que luego volveré). Además, hay una leyenda poco conocida de lo más significativa, según la cual Héspero, hermano del titán Atlas, subía todas las noches a un promontorio de esta tierra para mirar las estrellas, hasta que un día perdió pie y se cayó, convirtiéndose así en el lucero vespertino (no hay que cometer el error de buscarle un sentido racional a las leyendas, como hacen muchos hoy en día, ya que su sentido suele ser simbólico).

¿Por qué el nombre de Hesperia cayó en desuso? Tal vez porque Héspero era un titán, y los titanes fueron derrotados por los dioses que les siguieron, los olímpicos. La Historia la escriben los vencedores, ya se sabe. Pero los perdedores siempre dejan su huella, por mucho que los vencedores intenten borrarla.

Lo cual nos lleva al nombre de esta extraña ciudad en la que vivo, Palencia.

¿Por qué digo que es extraña? Porque, siendo Palencia una de las ciudades más antiguas de la Península Ibérica, parece que sea una ciudad sin pasado, o cuyo pasado empieza tan solo con la Iglesia Católica. Pero esta impresión es falsa, por supuesto. La ciudad ya estaba aquí cuando llegaron los romanos… pero probablemente también estaba aquí en tiempos remotos, cuando llegaron sus antecesores, los vacceos. Es una ciudad milenaria, que extrañamente le da la espalda a sus antiquísimos orígenes. Tal vez porque es milenaria hasta extremos inconcebibles y eso pone nervioso al hombre moderno, convencido de su propia importancia.

Et in Arcadia ego, Nicolas Poussin.

Palencia es un nombre con extrañas resonancias griegas, por no decir arcaicas (¿arcadias?). Cabe preguntarse qué hacían los griegos por aquí. La versión histórica oficial es que apenas hubo asentamientos griegos en la Península Ibérica, y menos aún tierra adentro. Pero esa es la versión oficial. A lo mejor los griegos (y en concreto, los arcadios) tuvieron buenas razones para fundar una ciudad precisamente en este lugar y no en otro. Hay que destacar dos hechos reseñables sobre la ubicación geográfica de Palencia: su situación privilegiada en el centro de la meseta castellana, y sobre todo, el hecho de que se encuentre en el paralelo 42.

Muchos autores han escrito sobre el carácter especial de la franja geográfica comprendida entre los paralelos 40 y 45 de latitud norte, la cual parece formar «un camino sagrado a escala cósmica» (en palabras de Juan G. Atienza), como si estuviera atravesada por una fuerte corriente telúrica. Esta franja contiene buena parte de las tierras mágicas y de los grandes centros espirituales de Europa, preferentemente situados a lo largo del paralelo 42 (como Palencia). Yo solo señalaré que otra ciudad situada en esa franja es Roma, la Ciudad Eterna. Y hay una tradición, extrañamente poco difundida, según la cual había sobre el Monte Palatino, donde más tarde se fundaría Roma, una ciudad llamada Palanteo (Pallantion). Virgilio cuenta en la Eneida que esta Palanteo fue fundada por el rey arcadio Evandro antes de la Guerra de Troya, en tiempos de Hércules (atención a la mención al héroe asociado con las Hespérides). Dionisio de Halicarnaso, por su parte, escribe que los arcadios, conducidos por Evandro: «construyeron una ciudad cerca de una de las siete colinas que se hallan en las proximidades del centro de Roma, a la cual llamaron Pallantion, del nombre de su metrópolis en Arcadia.» Aunque según Virgilio, el nombre de la ciudad procede de Palas, un ancestro de Evandro (como veremos, una cosa no excluye la otra).

Efectivamente, en la región griega de Arcadia había una ciudad llamada igualmente Palantio (Pallantion). Según la leyenda, la ciudad fue fundada por Palas o Palante, hijo del rey arcadio Licaón. Pero en la mitología griega había otro Palas que bien pudiera ser el mismo que fundó Palantio, sobre el que conviene detenerse. Este Palas (o Palante) era un titán o gigante al que mató la diosa Atenea cuando intentó violarla. Pero la diosa guerrera no solo acabó con su vida, sino que, ni corta ni perezosa, le despellejó y se hizo una égida con su piel. A esta famosa égida de Atenea se le atribuían poderes sobrenaturales, como el de hacer invulnerable a la diosa, que así preservaba su virginidad, de ahí que se la conozca como Palas Atenea.

La cosa no acaba aquí, ya que en Palantio (la ciudad arcadia) ubicaba Pausanias un templo con estatuas de Palas y Evandro, así como un santuario de Deméter y Coré (donde supongo que se celebrarían ritos mistéricos análogos a los de Eleusis). Es más, en la cumbre de un monte que había sobre la ciudad había un santuario de dioses cuyos nombres o bien eran desconocidos o bien no se podían nombrar, a los que llamaban Cátaros (en griego, puros), debido a que los sacrificios que les hizo Palas eran diferentes a los que su padre Licaón había hecho a Zeus Liceo (los de Licaón fueron sacrificios humanos, por tanto eran impuros). Me pregunto si el nombre de Cátaros es una mera casualidad, pues los célebres cátaros del sur de Francia demostraron sobradamente estar iniciados en viejas tradiciones muy anteriores a su súbita y misteriosa aparición en la Historia, siglos después…

Como podéis ver, los nombres no mienten. Todo apunta a que un grupo de arcadios procedente de la Pallantion italiana emigró en algún momento a la tierra que por aquel entonces los griegos llamaban Hesperia, fundando Pallantia (la futura Palencia). Los habitantes de esta ciudad, ubicada junto a un monte (el Otero), como las otras dos Pallantion, debieron rendir culto a Palas y a Atenea, unidos en una sola figura, Palas Atenea, como indica la leyenda de la égida, y ese culto era probablemente de carácter mistérico, como tantos otros de la Antigüedad. ¿Pero por qué estos arcadios eligieron Hesperia? Porque esta era la Tierra de las Hespérides, las hijas de Atlas (o Atlante), otro titán, ancestro del pueblo atlante. Los arcadios vinieron en busca de sus orígenes, para reencontrarse con sus primos hesperios, descendientes de los atlantes que se refugiaron en Hesperia tras el hundimiento de su patria. Aquí conviene recordar que los arcadios presumían de ser el pueblo más antiguo de Grecia. Está demostrado que el pueblo arcadio era un pueblo prehelénico que adoptó la lengua griega pero que conservó su propia idiosincrasia, como muestran sus extrañas tradiciones, ajenas al resto de Grecia. (Entre ellas, una leyenda asombrosa que asegura que cuando los dioses crearon a los primeros arcadios en tiempos remotos… ¡todavía no había ninguna luna en el cielo! Por lo que, además de prehelénicos, los arcadios serían preselénicos). Y si eran prehelénicos, eso significa que antaño adoraban a otros dioses, anteriores a los olímpicos. Es decir, los titanes (aficionados, por cierto, a los sacrificios humanos, como los realizados por Licaón). Dicho sea de paso, tal vez eran los mismos dioses de los que creían descender los godos, que se asentaron precisamente en esta región de la Península Ibérica, los famosos Campos Góticos, como si vinieran buscando algo…

A las Hespérides, por ser las hijas del titán Atlas o Atlante, se las llamaba también las Atlántidas, nombre estrechamente relacionado con la Atlántida de Platón. Si hubo una Atlántida en algún lugar del Atlántico o incluso en algún lugar de Hesperia (como afirman los que la identifican con Tartessos, aunque mi opinión es que en Hesperia había colonias atlantes, no la Atlántida original), ¿no pudo haber también una Palántida en la meseta castellana, habitada por descendientes del titán Palante y heredera de la tradición arcadia? Una Palántida de la que nada se sabe porque nada nos ha llegado. Una Palántida que, como la Atlántida, también se hundió… en el olvido. Los únicos vestigios que nos han quedado de su posible existencia son algunos nombres y mitos dispersos. Pero insisto en que los nombres nunca mienten, y los mitos tampoco, en contra de lo que se suele pensar.

El Jardín de las Hespérides, Frederic Leighton.

Eso en lo que respecta a la tierra que pisamos. Pero todavía hay más: los griegos también situaban las Hespérides en los cielos, como hacían con sus hermanastras, las Pléyades y las Híades, también hijas de Atlas (parece que el titán tuvo una progenie numerosa). Las Pléyades y las Híades se ubican en la constelación de Tauro, el Toro, animal solar cuyo culto se originó en la Atlántida (según afirman ciertos autores). En cambio, las Hespérides se identificaban con las estrellas de la Osa Menor, es decir, con la Estrella Polar y sus seis compañeras, situadas en el Eje de los Cielos. Por tanto, a una tradición solar de origen atlante viene a sumarse una tradición polar de origen arcadio, olvidada por la mayoría. Pues a diferencia de las Pléyades y las Híades, nombres todavía vigentes en la astronomía moderna, el nombre de las Hespérides (para referirse a las estrellas de la Osa Menor) cayó en desuso ya en el siglo VI a.C., momento en el cual esta constelación se transformó en un osezno, también ligado a la tradición arcadia, eso sí (se supone que este osezno es Arcas o Árcade, el padre del pueblo arcadio, hijo de la Osa Mayor). Curioso, ¿no? Como si ya en la Antigüedad se hubiera intentado silenciar una tradición que resultaba incómoda o incomprensible para la mayoría de los griegos…

El mito del gigante Palas que intenta violar a Atenea y lo paga con su muerte tiene un evidente paralelismo con otro mito griego: el del gigante Orión que intenta violar a Artemisa (otra diosa virgen), pagándolo también con su vida, pero siendo elevado a los cielos por la diosa tras su muerte. Los dos perros que acompañan a Orión en los cielos, las constelaciones del Can Mayor y el Can Menor, son indudablemente los sabuesos de Artemisa, compañera de caza de Orión, lo que insinúa que hubo realmente una unión (y asimilación) entre el gigante y la diosa, como en el caso de Palas Atenea. Es más, hay otra leyenda que dice que el rijoso Orión también perseguía a las Pléyades, situadas en Tauro recordemos, y por eso parece que el Toro se enfrenta al Cazador en los cielos, para proteger la castidad de las hijas de Atlas. Todos estos mitos tienen sin duda un mismo origen, que nos remite al sacrificio del macho en los tiempos del matriarcado (un tema sobre el que ya se extendió bastante Robert Graves en su voluminosa obra La Diosa Blanca, así que yo no me voy a extender más aquí). A tenor de estos paralelismos, bien pudiera ser que otro nombre para Palas fuera Orión. Los egipcios identificaban a Orión con Osiris, otro dios que acabó mal, siendo descuartizado por su hermano Set. Solo que en el mito egipcio la figura femenina, su hermana Isis, es más benévola y le resucita (aunque si lo pensamos bien, Orión también resucitó en cierto modo, al ser ascendido a los Cielos por una Artemisa arrepentida). Muchos han comparado la muerte y resurrección de Osiris con la del sol, empezando por los egipcios, lo cual nos conduce de nuevo a Hesperia, la Tierra Vespertina, y es que todos los caminos llevan al mismo lugar…

Los misterios de Isis jugaron un papel importante en el nacimiento del gnosticismo clásico, que surgió no por casualidad en la ciudad egipcia de Alejandría, meca del conocimiento en la antigüedad debido a su Biblioteca que aspiraba a ser Universal, y que en realidad tenía mucho de universidad a la que acudían sabios de todo el mundo. Sorprendentemente, la primera universidad de España se fundó en Palencia en 1212. Autores como Juan G. Atienza señalan como de pasada que los caballeros templarios, que tenían una presencia importante en la provincia de Palencia, tuvieron mucho que ver con su fundación. (¿Y Palas Atenea no era la diosa del conocimiento, la misma a la que los gnósticos y sus herederos templarios llamaban Sofía, esto es, Sabiduría?). Extrañamente, la universidad de Palencia solo duró unos pocos años, antes de ser trasladada, o mejor dicho, refundada en Salamanca. ¿Por qué se cambió de lugar? Tal vez por la presencia templaria en tierras palentinas, precisamente. Los templarios se establecían ahí donde se conservaban vestigios de la Tradición, y como herederos de los gnósticos, no debían ignorar que Palencia fue en su día un importante baluarte priscilianista. Probablemente a las autoridades eclesiásticas les pareció que en la vetusta Palencia todavía estaban demasiado presentes las viejas tradiciones y no quisieron correr el riesgo de que la herejía arraigara de nuevo en Castilla, como estaba ocurriendo por esas mismas fechas en el Languedoc, que se había convertido en el feudo de otro grupo heredero de los gnósticos, los cátaros, que gozaban de la protección de los templarios. Así que decidieron cortar por lo sano y privaron a Palencia de su universidad. Y desde entonces, Palencia es, no una ciudad del conocimiento como lo fue Alejandría, en su día Faro de la Humanidad, sino una ciudad en la que impera la ignorancia y el desconocimiento más absoluto acerca de su propio pasado. Porque la Iglesia se aplicó a fondo a la hora de erradicar los últimos vestigios de la Tradición de este lugar, dejándolo como una patena (vacío, no limpio). Y por eso parece una ciudad extrañamente vaciada, una ciudad humillada cuyos habitantes parece que ni siquiera se han planteado la idea revolucionaria de volver a tener algún día su propia universidad.

También cabe preguntarse qué pinta un Cristo gigante en lo alto del Otero, el cerro que domina Palencia. ¿Qué necesidad había de ponerlo ahí? Resulta evidente que se quiso cristianizar un lugar que no era cristiano en su origen y que seguía despertando un fervor popular que no casaba bien con la ortodoxia católica (del que las actuales fiestas del Cristo –nombre oficial: Romería de Santo Toribio– serían un vestigio residual). Pero el Cristo del Otero, obra encargada a un masón, Victorio Macho, parece ser que disgustó a las autoridades eclesiásticas de la época. Es un Cristo extraño, andrógino y de proporciones titánicas… Su hierático estilo egipcio hace pensar en Osiris (el dios que murió y resucitó), que es como decir en Orión. Pero si Orión no es más que otro nombre para Palas, también podría verse en esta enigmática figura una unión de Palas y Atenea (de ahí su aspecto andrógino), bajo cuya égida protectora se encuentra la milenaria ciudad de Palencia. En el fondo, ¿no será el Cristo del Otero un paladio, como se llamaba a las estatuas de Palas Atenea? El más famoso de estos paladios era la colosal estatua de Palas Atenea que había en el Partenón, de 12 metros de altura aproximadamente. La diosa era representada con su panoplia clásica, y sobre su pecho tenía la égida con la cabeza de la Gorgona (pues otra tradición, posterior a la de Palas, aseguraba que la égida estaba hecha con ella). Lo cual me recuerda el extraño Corazón de Jesús concebido por Victorio Macho, situado sobre el pecho del Cristo del Otero. Este Sagrado Corazón está rodeado por unas volutas serpentinas muy llamativas. ¿No será en realidad una representación de la égida de Palas Atenea, que le servía de pectoral (es decir, para proteger su corazón)? Las espirales que se enroscan alrededor del corazón podrían no ser otra cosa que las estilizadas serpientes de la cabeza de la Gorgona, símbolo protector de la castidad y pureza de la divinidad.

Pero vamos a ponernos más heterodoxos todavía y a adentrarnos en los resbaladizos terrenos de la literatura fantástica, donde nos llevaremos algunas sorpresas. A nadie se le escapa que Tolkien, que era profesor en Oxford y un hombre excepcionalmente instruido, bebió de muchas fuentes para crear su mundo. Por ejemplo, su Atalantë (otro nombre para Númenor, una gran isla hundida en el océano) es una versión nada disimulada de la Atlántida; y Avallónë, el puerto de la isla de los elfos, es una versión de la isla de Avalon de las leyendas celtas. Pero hay otro caso muy curioso en su obra, relacionado con el tema que nos ocupa, y que muchos pasan por alto: el caso de las Palantiri. Las Palantiri (en singular, Palantir), también conocidas como las Piedras Videntes, son unos orbes mágicos similares a unas esferas de cristal oscuro que sirven para ver acontecimientos o lugares distantes o para comunicarse con el usuario de otra Palantir. Curiosamente, son siete (como siete son las estrellas de la Osa Menor y también siete las estrellas de la Osa Mayor). Las crearon los elfos en Eldamar, una tierra situada en el extremo occidental del mundo, pero se las regalaron a los hombres, si bien en Avallónë se conservaba una octava piedra vidente (la llamada piedra maestra) con la que los hombres mantenían comunicación con los elfos de las Tierras Imperecederas. En la Tierra Media, las Palantiri estaban distribuidas por siete localidades distintas, situadas en altas torres que servían como atalayas, pero la mayoría se perdieron con el tiempo. Una de estas Palantiri, por cierto, se encontraba en Amon Sûl, la Cima de los Vientos, un monte solitario que me recuerda poderosamente al Otero de Palencia (es interesante señalar que, según el lingüista Tolkien, Palantir significa en élfico «lo que mira a lo lejos», que es como decir lo que otea el horizonte). En los libros de la Dragonlance, otra saga fantástica que tantas cosas coge de la obra de Tolkien, aparece una copia descarada de las Palantiri, los Orbes de Dragones, con una función similar. Y uno de esos Orbes, curiosamente, está custodiado en una torre de una vieja ciudad llamada Palanthas, descrita como una especie de Alejandría…

¿A qué oscuras fuentes medio olvidadas tuvo acceso Tolkien para coger estos elementos e incorporarlos a su obra? ¿Y si unos objetos similares hubieran existido realmente, en nuestro mundo? Imaginemos por un momento que hubo siete Palantiri, repartidas entre las siete ciudades llamadas Pallantion o Pallantia: la Palantio arcadia, la Palanteo del Lacio, las dos Pallantias castellanas (Palencia y la cercana Palenzuela, de fundación posterior), otra Palencia italiana poco conocida (también situada en el centro de Italia), una antigua ciudad griega del Peloponeso llamada Pelene (supuestamente fundada por el titán Palante) y una séptima desconocida (sobre la que luego volveré). Imaginemos también que los arcadios y sus descendientes empleaban esos Orbes para comunicarse con los atlantes de las Hespérides (que serían el equivalente de los elfos de Tolkien). ¿Os parece que estoy dejando volar demasiado mi imaginación? ¿Y si os dijera que hay pruebas de la existencia de estos Orbes?

Curiosamente, una de estas pruebas se encuentra en el Museo Diocesano de Palencia. Es un cuadro de Pedro Berruguete, un pintor palentino del siglo XV al que algunos han comparado con su contemporáneo Leonardo da Vinci por su estilo pictórico, claramente influido por el italiano (Berruguete pasó doce años de aprendizaje en Italia antes de regresar a Castilla), aunque también se parecía a él en otro aspecto: le gustaba introducir mensajes ocultos en sus obras. El cuadro en cuestión es un retrato de Cristo conocido como El Salvador del Mundo, en el que aparece Cristo sosteniendo un Orbe que se supone que representa el Mundo, pero que a mí me recuerda poderosamente a una Palantir. Desde luego no parece una imagen del mundo (¿dónde están los continentes?), sino más bien una esfera celeste, sobre todo porque en su superficie vidriosa parecen reflejarse varias estrellas, que de lejos se asemejan a la constelación de la Osa Menor. Pero si uno tiene la ocasión de examinar el cuadro de cerca, verá que hay otra esfera dentro de la primera, y descubrirá que lo que de lejos parecían estrellas, son en realidad pequeños edificios o monumentos, situados justo en lo que sería el polo norte de esa esfera interior. Estas minúsculas edificaciones (y he de recordar aquí que las Palantiri sirven para ver lugares distantes) forman un enigmático conjunto, cuyo estilo arquitectónico parece una mezcla de influencias egipcias y griegas, como si de una Alejandría Polar se tratase. Porque sin duda estamos ante la representación de una ciudad, y esta ciudad polar sería con toda probabilidad la séptima Pallantion. Se trataría de un Axis Mundi en toda regla, pues el polo ha sido siempre el Eje alrededor del cual gira el mundo, y su reflejo celestial, la Estrella Polar, el Eje alrededor del cual giran los cielos, simbólicamente hablando. Además, el edificio central de este conjunto arquitectónico, con aspecto de templo, está rematado por un frontón piramidal que parece coronar algo que solo se me ocurre calificar de portal. Este portal, además, parece estar guardado por la criatura recostada sobre el edificio o monumento de la derecha, que tiene todo el aspecto de ser una esfinge y da la impresión de estar vigilándolo, porque su cabeza está vuelta hacia él. Y por si esto fuera poco, en el interior de esta segunda esfera parece abrirse una puerta (una puerta a una realidad superior, como dirían los místicos). Nos encontramos, pues, ante un portal al Jardín de las Hespérides, nombre sinónimo de paraíso, como el de la Arcadia. Et in Arcadia ego, como dirían los iniciados en la Tradición.

Pero aún hay más. Por si todavía teníamos alguna duda de que esta obra encierra un mensaje oculto, el ombligo del Cristo de Berruguete se asemeja a un ojo, y ese ojo está dentro de una pirámide, formada por su abdomen. El propio Orbe sostenido por Cristo también da la impresión de ser un ojo, con esa sucesión de esferas concéntricas, equivalentes al globo ocular, el iris y la pupila (pues todavía hay una tercera esfera interior dentro de la segunda). Pedro Berruguete ya nos está indicando con esto que abramos bien los ojos ante su cuadro, porque nos quiere iluminar con su mensaje. También nos está indicando dónde se encuentra, o dónde se encontraba, esa Palantir («la que mira a lo lejos»): en el extraño cerro del Otero, una singular elevación que algunos han comparado con una pirámide por su forma, cuyo nombre ya nos advierte de que este lugar era una atalaya que servía precisamente para ese propósito… Así que abramos los ojos de una vez.

No es sorprendente que esta obra sea tan poco conocida, lo cual seguramente se debe a que está celosamente custodiada por la Iglesia. El Museo Diocesano, llamado así por pertenecer a la diócesis de Palencia, no es que sea un lugar muy frecuentado precisamente. La Iglesia no lo pone fácil a aquellos que quieran acceder a sus tesoros (y secretos): las salas de este museo habitualmente están cerradas con llave, lo cual no es lo normal en un museo, y el portero que tiene esas llaves está ausente la mayor parte del tiempo y atiende a los visitantes de mala gana. Al parecer hay cosas que es mejor mantener apartadas de la vista de la gente, para que los pobres de entendimiento no se hagan preguntas que resultarían demasiado incómodas para los que detentan la autoridad espiritual en este mundo… Y esto me lleva a hacerme la siguiente pregunta: ¿qué habrá sido de estos Orbes, misteriosamente perdidos como los de Tolkien? ¿No estarán acaso guardados en los sótanos del Vaticano? Puede que ese sea el caso de la Palantir del Lacio, que en su día debía de estar custodiada en el monte Palatino, en pleno corazón de Roma, y posiblemente jugó un papel crucial en la formación del imperio más poderoso que haya conocido Europa… ¿Pero qué pasa con la Palantir de Palencia?

Alguien decidió colocar el Cristo en el cerro sagrado del Otero, a modo de gigantesco guardián, para proteger a la ciudad de Palencia con su égida y preservar su «castidad». De la misma forma que alguien hizo desaparecer la universidad de Palencia en el siglo XIII, en plenas Cruzadas Cátaras, para que la ciudad no recibiera forasteros. Y esta ciudad estuvo amurallada hasta el siglo XIX, a pesar de que no le hacía ninguna falta dicha muralla, y la gente que quería entrar en ella tenía que pagar un peaje. ¿Por qué todas estas medidas? Porque aquí se guarda algo a buen recaudo, algo muy valioso. ¿El qué? Probablemente una de las últimas Palantiri, la misma que aparece en el cuadro de Berruguete. Tengo la corazonada de que la Palantir de Palencia sigue aquí, tal vez en una sala oculta del propio Museo Diocesano (que también es el centro administrativo y pastoral de la diócesis, no olvidemos, y cuenta con buenos sótanos, cerrados al público). Si habéis leído a Tolkien (escritor que se convirtió al catolicismo), ya sabréis que las últimas Palantiri estaban controladas por Sauron, cuyo símbolo era precisamente un Ojo, porque lo veía todo desde su atalaya. Alguien mantiene bien cerrada esa puerta para que los titanes no ejerzan su maléfica influencia sobre la Tierra y la humanidad no se rebele contra sus señores actuales (como intentaron hacer los priscilianistas o los cátaros). Porque en esta historia que nos llevan contando desde hace tantos siglos se supone que la Iglesia es el Bien y la Herejía es el Mal.

«En Palencia se han cometido muchas herejías», me dijo un hombre que me guio amablemente hasta el Museo Diocesano, al que pregunté cómo llegar hasta ahí (pues muchos de los habitantes de Palencia ni siquiera saben que este edificio existe, como era mi caso hasta hace poco). Sus palabras me impactaron y le interrogué discretamente, pero se mostró vago: «Se han tirado abajo muchos edificios antiguos, muchas puertas…». La extraña mención a las puertas me llamó poderosamente la atención, pero no entendí a qué podía estar refiriéndose exactamente. «Las autoridades municipales han llevado a cabo verdaderas barbaridades. ¡Es como si en Madrid echaran abajo la Puerta de Alcalá!», fue lo único que añadió, antes de despedirse y seguir su camino. No es el primer palentino del que oigo cosas semejantes, por cierto… En Palencia, cuando se descubren restos romanos o prerromanos, tienden a desaparecer en misteriosas circunstancias para ser reemplazados por garajes subterráneos o centros comerciales, sin que la gente haga demasiadas preguntas. En la calle más antigua de Palencia, cerca del museo, hay una pintada en una pared que reza: «Palencia es una secta» (antes de secta viene una palabra malsonante, pero prefiero omitirla). En esta vieja ciudad castellana, la Iglesia todavía tiene mucha influencia y poder.

Terminaré como empecé, con el titán que dio nombre a esta tierra. A Héspero también se le llama Heosphoros. Es un nombre fruto de la confusión con su hermano gemelo Eósforo, el lucero del alba, también conocido como Fósforo, «el Portador de Luz». Ese último nombre se empleó en la Septuaginta (versión de la Biblia en griego), y se tradujo en la Vulgata como Lucifer, que significa lo mismo pero en latín. Y la figura de Lucifer, el ángel rebelde, se parece sospechosamente a la de otro famoso titán, Prometeo, que se rebeló contra Zeus y fue castigado por ello, siendo encadenado a una montaña del Cáucaso (región en la que casualmente había antaño una tierra llamada Iberia, la actual Georgia). El Dios cristiano no es más que una versión mal disimulada de Zeus vestida con ropajes orientales, y la Iglesia sigue siendo enemiga de los titanes: Saturno se convirtió en Satán, Eósforo en Lucifer, etc…

Puede que los dioses cambien de una época a otra, pero la tierra siempre es la misma. España sigue siendo Hesperia. Esta tierra debería recordar sus raíces para que sus habitantes puedan cobrar conciencia de cuál es su verdadera herencia, y la única forma es recuperando la Tradición sacándola del olvido al que fue desterrada por los fanáticos estrechos de miras. Solo así los habitantes de esta tierra privilegiada alcanzarían su liberación definitiva del poder terrenal, que siempre busca la dominación del mundo inferior (como dirían los gnósticos). Pero los poderosos de este mundo no tienen nada que ver con las verdaderas fuerzas que gobiernan el universo. Los dioses están donde han estado siempre, en los Cielos. No se han ido a ninguna parte. Las estrellas y las constelaciones siguen ahí, inmutables, incluidas las olvidadas Hespérides. Solo están esperando. Esperando a que levantemos la vista del suelo y abramos los ojos, como Héspero.

Roma y esos bárbaros llamados griegos

Acabo de leer un libro muy interesante, Roma y los bárbaros, escrito por Terry Jones, ex miembro de los Monty Python y director de La vida de Brian, en colaboración con un tal Alan Ereira. Los autores no se limitan a examinar la relación entre Roma y los distintos pueblos a los que denominaban «bárbaros», sino que se cuestionan la visión que los romanos nos han dejado de estos pueblos (celtas, germanos, dacios, persas, etc.), una visión llena de prejuicios y tópicos que hemos adoptado de forma acrítica, bastante alejada de la realidad.

Tal vez el caso más singular que examinan en el libro sea el de los griegos, que sorprendentemente, para los romanos también eran bárbaros, a pesar de que cogieron muchas cosas de ellos (incluida la palabra «bárbaros» para designar a los que no formaban parte de su grupo). En la actualidad tendemos a pensar, por la influencia de los estudios clásicos, que griegos y romanos eran algo así como pueblos hermanos, con culturas muy parecidas, cuando en realidad eran muy distintos. Esto se nota sobre todo en un aspecto: los romanos se caracterizaban por su «sentido práctico», mientras que a los griegos les encantaba la especulación, no solo la filosófica, sino también la científica. Es más, los autores sostienen en su libro una tesis sorprendente: que los griegos se hallaban a las puertas de una revolución industrial cuando fueron sometidos por los romanos. No es una afirmación gratuita, sino que aportan sólidas pruebas, como el famoso mecanismo de Antiquitera (un artefacto tan complejo que ni siquiera en la actualidad tenemos muy claro para qué se usaba), los ingenios de Arquímedes o las máquinas de guerra de época helenística. Incluso en época romana, hubo ingenieros griegos como Herón de Alejandría, que inventó una máquina de vapor y toda clase de autómatas, pero los romanos no le dejaron poner en práctica muchos de sus inventos, por no considerarlos «prácticos», o porque pensaban que los esclavos se quedarían sin trabajo. Parece que la incorporación del mundo griego a los dominios romanos frenó en seco todo desarrollo científico en el Mediterráneo, y que la famosa Pax Romana fue en realidad un largo periodo de estancamiento intelectual y científico que retrasó el desarrollo tecnológico de Occidente unos cuantos siglos. Esto tiene su explicación, y es que a los romanos, dueños de un extenso imperio difícil de mantener, les convenía que la sociedad cambiara lo menos posible en sus dominios. La verdad es que los romanos no salen muy bien parados en esta obra, donde quedan retratados como estrechos de miras, provincianos con ínfulas, opresores de otros pueblos más civilizados y genocidas, entre otras cosas (vamos, no muy distintos a como ya los retrataba Terry Jones en La vida de Brian).

Con la destrucción de la biblioteca de Alejandría, en la que se conservaban muchos de los textos científicos griegos, desapareció incluso el recuerdo de los logros alcanzados en la época helenística, y solo recientemente, con hallazgos fortuitos como el del mecanismo de Antiquitera, se han empezado a revisar las ideas que teníamos acerca del grado de desarrollo tecnológico al que se llegó en el Mediterráneo en la época inmediatamente anterior al imperio romano. Una frase del libro me ha impactado especialmente: «Hemos perdido tantas cosas que resulta difícil hacerse una idea de lo que falta». Después de leer este libro, uno tiene la sensación de que la historia de la Antigüedad debería reescribirse por completo. También le da a uno por pensar que si ha ocurrido una vez, podría volver a pasar, porque la Historia tiende a repetirse. A lo mejor en un futuro lejano nadie recordará ya el grado de desarrollo que se alcanzó en nuestra época, y los pocos vestigios que sobrevivan se tomarán por simples leyendas sin fundamento, como se ha hecho durante siglos con los prodigiosos inventos de Arquímedes y Herón…

«Un viajero de Nueva Zelanda contemplando las ruinas de Londres», Gustave Doré.

Conviene recordar que el mundo romano tuvo un final tan poco feliz como el helenístico. Otro historiador británico, Bryan Ward-Perkins, dice al final de su obra La caída de Roma y el fin de la civilización: «El final del Occidente romano presenció un horror y un desbarajuste tales que, sinceramente, espero nunca tener que vivir algo semejante; destruyó, además, una compleja civilización, arrojando a los habitantes de Occidente a niveles de vida prehistóricos. Los romanos de antes de la caída estaban igual de seguros que nosotros de que su mundo permanecería para siempre esencialmente inalterado. Se equivocaban. Haríamos bien no repitiendo su autocomplacencia.»

«La vida del imperio: destrucción», Thomas Cole.

Crónicas de un Lector Incrédulo

Estoy leyendo las Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo, aunque opino que más bien habría que llamarlo Thomas Covenant el Capullo Integral. Tenía entendido que la trilogía de Stephen R. Donaldson era una de las grandes sagas de la literatura fantástica, una de esas obras cruciales que ayudaron a que el género madurara, pero me está decepcionando bastante y no sé si la voy a terminar. Encima es un tocho de mucho cuidado, al lado del cual «El señor de los anillos» parece una obra ligera (y a la primera trilogía le siguió una segunda, por si los sufridos lectores de Donaldson no habían tenido bastante).

Donaldson intenta dar profundidad psicológica a sus personajes, sobre todo al protagonista, un antihéroe desesperado que se pasa toda la trilogía comiéndose la cabeza de mala manera y dudando de su misión, pero carga demasiado las tintas. Thomas Covenant, como protagonista, es bastante insufrible. Se supone que es un alma torturada y que el pobre lo pasa muy mal (es un leproso, su mujer le ha dejado y ha ido a parar a otro mundo que no tiene nada que ver con el nuestro, eso para empezar), pero no consigues empatizar con él en ningún momento, porque resulta de lo más cargante, por no decir odioso. Además, es difícil empatizar con un personaje que viola a una menor en uno de los primeros capítulos. A partir de ahí el libro se te hace cuesta arriba. Covenant no solo es un personaje antipático con el que el lector es incapaz de identificarse, sino que se hace llamar el Incrédulo porque se niega a creer en el mundo al que ha ido a parar, tomándolo por una especie de mal sueño del que se despertará algún día. Pero lo único que consigue Donaldson con esta premisa es que el lector también dude de la realidad de su mundo, y la suspensión de la incredulidad es básica en la fantasía. Ya van dos fallos gordos: un protagonista con el que el lector no puede empatizar y un universo fantástico en el que ni siquiera el protagonista parece creer. Pero me temo que hay más.

Donaldson es un escritor convencido de que escribe bien («Deseo ser el mejor escritor en lengua inglesa», soltó en una entrevista en una ocasión, quedándose tan ancho), pero sus metáforas, de las que le encanta abusar, a menudo resultan rebuscadas y risibles. El misticismo New Age de baratillo del que hacen gala los personajes de su mundo (muy de moda en la época en la que se escribió el libro) también es de lo más irritante, y lo único que consigue el autor con las solemnes y/o ñoñas sentencias que sueltan es que parezcan idiotas. A ninguno de ellos le cae bien Covenant, pero se lo perdonan todo porque se supone que es el Elegido que les ayudará a vencer a las fuerzas del mal (¡pues cómo serán los malos!). Incluso la sufrida madre de la muchacha violada le ayuda en su misión, por el bien común (esto es lo menos creíble de todo, que ya es decir). Por si esto fuera poco, en el segundo libro, la hija fruto de esa violación también le ayuda, sin rencores. Además, Donaldson copia a Tolkien descaradamente: Covenant es el portador de un anillo mágico, hay una montaña maldita, unos seres despreciables que no son Uruk-hai pero son ur-viles (tócate las narices), unos tipos que no son elfos pero son altos y rubios, tienen nombres que suenan élficos y viven en los árboles, un villano al que nunca se le ve el pelo que se parece sospechosamente a Sauron, conocido por el irrisorio nombre del Amo Execrable (se ve que la imaginación del autor no daba para más), etc…

Luego empiezas a entender ciertas cosas cuando te informas un poco sobre el autor y descubres que Stephen Donaldson es hijo de un misionero presbiteriano que dirigió una leprosería en la India. Con razón el nombre de Thomas Covenant es como de puritano del siglo XVII, aunque venga del siglo XX; con razón el personaje se pasa toda la trilogía despreciándose y torturándose innecesariamente al más puro estilo calvinista (y torturando a los sufridos lectores, de paso); con razón es un leproso como los de la India, aunque viva en la Norteamérica moderna, en la que prácticamente no hay leprosos; con razón ejerce el oficio de escritor (aunque luego lo deja, como tal vez debería haber hecho Donaldson por el bien del género); con razón ese maniqueo trasfondo teológico, con su lucha entre el Bien y el Mal, así, con mayúsculas… ¿Exorcizando tus demonios interiores, Donaldson? Creo que el autor habría hecho mejor en escribir sus memorias directamente, y que el género fantástico habría madurado igualmente sin sus crónicas. Un par de años después de que Donaldson sacara el primer volumen de su saga, Michael Ende publicó «La historia interminable», una historia basada en una premisa parecida (un niño de nuestro mundo se introduce en otro), pero que funciona infinitamente mejor, porque Bastián Baltasar Bux sí cree en el mundo de Fantasia.

Replicantes: ¿robots o humanos?

Inicialmente este blog iba a ser solo de literatura, pero con el tiempo he ido escribiendo también sobre otros temas que me interesan. He escrito artículos sobre el tarot y los viejos atlas de astronomía, y ahora he decidido hablar de una de mis películas favoritas: Blade Runner. Mi primera obra publicada fue precisamente un ensayo sobre Blade Runner (no os molestéis en buscarlo, salió en una revista digital que desapareció hace años), así que no hago más que reincidir en un viejo tema. Lo he hecho motivado por la siguiente cuestión: ¿por qué después de tantos años la gente sigue creyendo que Blade Runner es una película sobre robots? He intentado aclarar ese misterio.

Los replicantes de Blade Runner NO son robots, aunque se afirme esto en el texto introductorio de la película. Este texto, ajeno a la película en sí misma, en realidad se trata de una adición posterior que los productores de Hollywood obligaron a Ridley Scott a incluir para hacer al espectador la digestión más fácil, imitando el ejemplo de la taquillera Star Wars, que también empieza así. Pero es muy llamativo que en la película propiamente dicha no se emplee ni una sola vez la palabra «robot». En ningún momento se dice que los replicantes estén hechos de metal. Siempre se habla de su ADN, de sus diseños genéticos, e incluso de «sistemas orgánicos de vida». El concepto clásico de androide metálico brilla en la película por su ausencia.

Esto es así porque los replicantes son en realidad humanoides fruto de la bioingeniería creados en laboratorios, con una fuerza y resistencia sobrehumanas, sí, pero tan humanos como tú y como yo, porque son de carne y hueso. Por eso Ridley Scott tuvo que inventarse la palabra «replicante» (ausente del libro de Philip K. Dick en el que se basa libremente la película, donde los replicantes sí son androides y son llamados andys) para designar a estos humanoides, porque no son robots; el término hace referencia a la replicación, un proceso en el que el ADN hace una copia de sí mismo. Este es el principal motivo por el que discutieron Ridley Scott y el primer guionista, el cual quería que los replicantes fueran androides mecánicos. Cuando Scott se sumó al proyecto le dijo que ni hablar, y se buscó otro guionista.

El resultado es que el guion de Blade Runner es un monstruo de Frankenstein hecho a base de retales: generalmente sigue las ideas de Scott, pero aquí y allá hay deslices, restos del guion original (más fiel al libro de Dick), como cuando el comisario que le encarga el caso a Deckard se refiere a los replicantes como máquinas (es el único que lo hace en toda la película, y cabe preguntarse si los actores tampoco lo tenían muy claro a lo largo del rodaje, con tanto cambio de guion). Todo esto solo ha contribuido a agravar la confusión sobre el tema. Pero Scott dijo en una ocasión algo muy revelador: «Yo no quería que Blade Runner fuese en absoluto premonitoria de los androides. Porque entonces la gente pensaría que esta película va sobre robots, cuando de hecho no es así». Y en un momento dado de la película, el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) le dice al personaje de Sebastian una frase significativa: «No somos computadoras. Somos seres físicos». Más claro, agua.

Los replicantes, en realidad, son seres humanos que luchan por su humanidad, en una sociedad en la que se les niega su condición humana. Blade Runner es precisamente una película sobre la deshumanización de la humanidad, por eso es tan triste y oscura. La película nos advierte de que las personas pueden ser tratadas como cosas en una sociedad deshumanizada por la influencia de las máquinas (la presencia de extraños aparatos en toda la película es omnipresente y causa un efecto verdaderamente agobiante, que es lo que busca; se nos muestra una sociedad en la que las personas se han convertido en algo secundario, figuras de atrezo que forman parte del decorado, cediendo el protagonismo a los coches voladores, los videófonos y otros juguetitos del futuro).

De hecho, Blade Runner juega todo el rato a la ambigüedad con un claro objetivo: hacer dudar al espectador de la supuesta no-humanidad de los replicantes. Pero esta ambigüedad se ha vuelto en su contra, y la mayoría del público se ha quedado con la idea de que los replicantes no son humanos, lo que no deja de ser una gran ironía. Por eso Ridley Scott sacó años después su propia versión de la película (es decir, tal y como él quiso rodarla desde un principio, antes de que los productores interfirieran en su trabajo), en parte para corregir esta percepción errónea de su obra, pero no le sirvió de nada, porque el mito ya había arraigado en el inconsciente colectivo. Vivimos en una época obsesionada con las máquinas, y el espíritu de la época se ha apropiado de esta película, con independencia de cuál sea su verdadero contenido.

Conviene recordar que la película está ambientada en el año 2019. 2019 ya pasó y no hubo replicantes (que yo sepa), pero vivimos en una sociedad cada vez más deshumanizada, en la que las personas también parecen haberse convertido en algo secundario, simples apéndices de los aparatos que usamos. Entre tanto, ¿dónde ha quedado nuestra humanidad? Pues a lo mejor hay que buscarla más allá de la Puerta de Tannhäuser, es decir, en momentos trascendentales de nuestra existencia, como el que protagoniza Rutger Hauer al final de la película cuando ve que está a punto de morirse… MORIRSE, sí, porque no es una máquina, sino un ser de carne y hueso que sangra y siente dolor, pero que por eso mismo es capaz de sentir empatía y salvar a su enemigo de una muerte segura en el último momento. Esa es una de las cosas que nos diferencian de las máquinas, que somos mortales y además tenemos la conciencia de serlo. Eso último es probablemente lo que nos hace humanos.

Remake

He visto el futuro y será como «Remake» de Connie Willis, la profética novela de ciencia ficción escrita en 1994, ambientada en Hollywood. Nuestros actores favoritos, inmunes a la vejez y la muerte, volverán a rodar secuelas y más secuelas de las películas de nuestra infancia y juventud, como antídoto contra nuestra propia vejez y muerte, por obra y gracia de la inteligencia artificial. Forzado por su enfermedad, Bruce Willis (qué irónico, otro Willis) ha abierto la veda con ese acuerdo al que ha llegado para que un doble digital suyo ruede sus próximas películas. Después le tocará el turno a los actores simplemente viejos y gastados, como Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone, los colegas de Willis desde los tiempos de Planet Hollywood, que harán más secuelas de Terminator y Rambo, en las que estarán tan lozanos como en sus años mozos (porque en realidad las harán sus dobles creados con inteligencia artificial, ironías de Skynet). Total, nunca se caracterizaron por tener demasiados registros dramáticos. Pero también acabarán subiéndose al carro los actores que siguen el método Stanislavski, no lo dudéis (De Niro siempre pensando en su pensión, ya sabéis).

¿Y después de los actores qué será lo próximo? Os lo diré: lo próximo serán más libros escritos por nuestros autores favoritos, aunque lleven décadas o siglos enterrados. La inteligencia artificial se encargará de escribir más historias de Lovecraft, Howard, Tolkien o cualquier gran nombre de las letras universales que se os ocurra, por muy trabajado que sea el estilo del escritor elegido. El traductor de WordPress ya hace traducciones perfectas de obras literarias. Sí, habéis leído bien, cuando digo perfectas es perfectas, pese a todas las pegas que se les han puesto a los traductores en línea. He cogido un relato de Clark Ashton Smith publicado en su día en Weird Tales (un relato de apenas un par de páginas que no he visto en ninguna antología y que es probable que no se publique en español ni en un millón de años), un cuento con su característico estilo poético, barroco y rebuscado, con palabras bien raras, de esas que solo encuentras en la Enciclopedia Británica, y lo he traducido con el traductor de WordPress. Pues bien, he comparado el resultado con el original… ¡y la traducción es perfecta!

Es fácil adivinar el siguiente paso, si te has criado leyendo libros de especulación científica (nunca me gustó demasiado el término, pero es más apropiado que nunca). Igual que ya no hacen falta traductores humanos, pronto tampoco harán falta escritores humanos, ni creadores humanos en general. Las máquinas lo harán todo por nosotros, como en esas novelas de ciencia ficción que tanto os gustan (aunque parece que a los chicos de Silicon Valley les gustan por las razones equivocadas, no como advertencia sobre el mal uso que se le puede dar a la tecnología). La creatividad humana, que ya lleva un tiempo agonizando a base de una estricta dieta de remakes, secuelas y pastiches, morirá del todo. Entonces ya habremos conseguido lo que llevamos tantos años intentando: suicidarnos como especie. Porque el ser humano es ante todo un ser creador… aunque sus creaciones se le estén yendo de las manos. Por cierto, todo esto ya lo predijo a su manera la primera obra del género, Frankenstein… o el moderno Prometeo.

NOTA: esto se me ocurrió tras un sueño muy chungo que tuve en el que Kurt Russell se enfrentaba a Charles Dance (Tywin Lannister en «Juego de Tronos») en la escuela de Hogwarts. Todos ardían al final, prendiendo fuego de paso al puto Hogwarts. ¡Mis sueños también se han convertido en remakes sin pies ni cabeza!

Lovecraft en el umbral

El ser en el umbral, uno de los últimos relatos escritos por H.P. Lovecraft, apareció por primera vez en el número de Weird Tales de enero de 1937. Es decir, fue el último relato que publicó en vida en su amada revista, y también el último de todos que publicó antes de morir, pues falleció en marzo de ese mismo año. (Es cierto que el último relato que escribió fue El morador de las tinieblas, pero salió en las páginas de Weird Tales un mes antes, en el número de diciembre de 1936). Así que El ser en el umbral, en cierto modo, fue su testamento literario, aunque salieran a la luz otras historias suyas de forma póstuma.

Algunos sostienen que las historias más autobiográficas de Lovecraft son los cuentos que componen el ciclo de Randolph Carter (un claro alter ego del autor), especialmente La llave de plata, pero yo siempre he pensado que el más autobiográfico de todos sus relatos es El ser en el umbral. Sus protagonistas, Edward Pickman Derby y Asenath Waite, son retratos apenas disimulados de Howard Phillips Lovecraft y su mujer Sonia Greene. Incluso en los nombres de sus personajes ya da pistas: Edward se parece a Howard, y Asenath es un oscuro nombre bíblico que alude a la hija de Potifera, sacerdote de On, quien fue ofrecida en matrimonio a José por Faraón. Ahora bien, da la casualidad de que Sonia Greene era judía, y el personaje de Asenath Waite también es hija de un sacerdote (de un brujo líder de una secta, para ser más exactos). Derby, por su parte, aparece en el relato como un erudito y un diletante, autor de un poemario titulado Azathoth y otros horrores (y los fans de Lovecraft ya sabrán que este escribió un poema titulado precisamente Azathoth). El matrimonio de Lovecraft y Greene fue un completo fracaso: solo convivieron diez meses, y después ella se mudó a Ohio… aunque nunca llegaron a divorciarse oficialmente. Esto quiere decir que cuando Lovecraft murió, todavía era un hombre casado, aunque no conviviera con su mujer desde hacía años. También cabe preguntarse cuándo fue la última vez que se vieron, algo que nadie sabe decir, curiosamente.

Sonia Greene, que en los inicios de Weird Tales también publicó un relato firmado con su nombre (aunque fue escrito por Lovecraft, basándose en un borrador de Greene), sin duda siguió atentamente el trabajo de su marido tras su separación, desde la distancia. Es más que probable que leyera El ser en el umbral. Y si a mí no me ha costado reconocerla en el personaje de Asenath Waite, a ella menos todavía. Me preguntó cuál fue su reacción, pues el retrato que Lovecraft hace de Asenath no es precisamente halagador. En la historia, Asenath es una bruja con poderes hipnóticos que se sirve de la magia negra para dominar por completo a su débil marido, hasta el punto de poseerle. No estoy diciendo que sea una mujer posesiva, no, es algo mucho peor que eso: hablo de una posesión física en toda regla, una transferencia mental. Asenath se apodera por completo del cuerpo de Derby, residiendo en él. El desgraciado Derby pasa a ser una marioneta en sus manos, y acaba convertido en el «ser en el umbral» al que hace referencia el título, es decir, un muerto viviente. Los críticos y biógrafos de Lovecraft que también han reparado en el carácter autobiográfico de esta historia han dicho un montón de sandeces al respecto, psicoanalizado al de Providence como si fueran discípulos aficionados de Freud y asegurando que todo esto no hace más que reflejar los miedos e inseguridades del autor en sus relaciones con el género opuesto, rayanos en lo patológico. No digo que no haya algo de cierto en ello (aunque siempre me ha dado la impresión de que exageran y proyectan sus propias frustraciones sexuales), pero eso no excluye otras posibilidades más inquietantes. Parece que a estos sesudos críticos nunca se les ha pasado por la cabeza que a lo mejor Lovecraft tenía buenas razones para separarse de su mujer, y lo que es más, para retratarla de una forma tan poco favorecedora en su historia, por no decir demoníaca. Lovecraft, en general, era un escritor que inventaba poco, aunque a algunos les pueda sorprender esta afirmación. Sus historias, aunque en principio sean ficción, siempre están llenas de información real, escritas con un estilo periodístico y ambientadas en un entorno geográfico concreto, que él conocía muy bien. Sí, solía basarse en la realidad… pero también en lo que yace oculto bajo su superficie. Es decir, lo que se esconde tras las apariencias.

Digámoslo claramente: como Asenath Waite, Sonia Greene estaba metida en cosas raras. Cuando conoció a Lovecraft, en 1921 (pocas semanas después de la muerte de la madre del autor, es decir, cuando éste se encontraba en un estado especialmente vulnerable y frágil), era una mujer con un oscuro pasado, siete años mayor que el de Providence. Hay una foto de Sonia Greene de 1921 en la que aparece con un aspecto decididamente siniestro, aunque otros tal vez emplearían la palabra misterioso. Ciertamente hay algo en esa foto que hace pensar en una bruja o un fantasma, aunque suene exagerado. Con su palidez espectral y su rostro extrañamente medio tapado por un sombrero desproporcionado, parece salida de un cuento de terror gótico. De hecho, tras su primer encuentro, Lovecraft parece que la estuvo evitando largo tiempo, y solo se casó con Sonia tras un obstinado requerimiento por parte de ella. El matrimonio generó sorpresa, conmoción e incluso alarma entre sus amigos, reacciones como mínimo llamativas. Aunque en ninguna de las fuentes que he consultado se dice por qué sus amistades respondieron así, es fácil deducir los motivos cuando nos enteramos de un dato revelador: antes de conocer a Lovecraft, Sonia Greene había sido amante de Aleister Crowley. Sí, el hombre que se llamaba a sí mismo la Gran Bestia, el brujo más infame de todos los tiempos. Nada menos. Crowley vivió una temporada en Nueva York, entre 1914 y 1919, y Sonia residía en Brooklyn. Se conocieron en un club que organizaba cenas y conferencias llamado Walker’s Sunrise Club, al que Crowley había sido invitado para dar una charla. Recordemos que Aleister Crowley no era un hombre con buena fama, precisamente. Líder de distintas sectas ocultistas, allá donde iba causaba escándalo y fue expulsado de varios países por sus prácticas. Destacó sobre todo por su poder de seducción y la larga serie de amantes-sacerdotisas que tuvo, con las que practicó toda clase de ritos impíos, como habría dicho el bueno de Lovecraft (irónicamente, la portada del número de Weird Tales en el que apareció El ser en el umbral retrata sin demasiadas exageraciones la clase de cosas a las que se dedicaba Crowley con sus acólitas, aunque ilustre un relato de Seabury Quinn).

Lovecraft era un hombre bastante ingenuo, inexperto en su trato con el género femenino, y es probable que al principio no estuviera al tanto de este turbio pasado de la que sería su mujer. Si no, no se entiende que se casara con alguien como ella. Él, el puritano de Providence, que supuestamente aborrecía el sexo, y antisemita por añadidura. Inexplicable, como poco. ¿Acaso Sonia Greene practicó con él los poderes hipnóticos aprendidos de su maestro…? Hay que señalar que, en El ser en el umbral, Asenath en realidad está poseída a su vez por el espíritu de su maestro, es decir, su padre brujo, Ephraim, que busca la inmortalidad, y para ello no duda en perpetuarse en el tiempo a través de otros cuerpos… En la historia, Lovecraft habla en un momento dado de un viaje que realiza Derby (en realidad, poseído por Ephraim) para reunirse «con el conocido líder de una secta que había establecido su nueva sede en Nueva York». Creo que resulta bastante evidente en quién se inspiró para este personaje cuyo nombre no llega a mencionar. Lovecraft se trasladó a Nueva York tras su boda, aunque siempre detestó la ciudad, como queda patente en El horror de Red Hook, ambientada en el barrio que residía, donde habla de cultos secretos en el corazón de la Gran Manzana (muchos han querido ver en esta historia una prueba evidente del racismo de Lovecraft, sin querer ir más allá, cuando el autor a lo mejor sabía de lo que hablaba). Está claro que al final descubrió el secreto de su mujer, y que esa fue la causa directa de su ruptura. Ni él ni Sonia dijeron mucho acerca del fracaso de su matrimonio, aunque Lovecraft habló acerca de la necesidad de «mantener inviolada» su integridad, algo que bien podría haber dicho Derby. ¿Estaba hablando de forma literal, refiriéndose a su integridad física y mental? ¿Con qué oscuras realidades estableció contacto mientras duró su relación con Sonia Greene?

Hay que destacar que Lovecraft solo empezó a escribir relatos de terror cósmico después de conocer a Sonia Greene. Antes de conocerla, solo escribía imitaciones de Poe y Dunsany, con mayor o menor fortuna, pero curiosamente, después de su encuentro con Greene, su terrorífica cosmogonía (los mal llamados Mitos de Cthulhu) empezó a tomar forma rápidamente, como si Lovecraft hubiera tenido acceso a ciertos conocimientos prohibidos. El sabueso, el primer cuento en el que menciona el Necronomicón, lo escribió en 1922; y La ceremonia, en el que precisamente describe la sacrílega ceremonia llevada a cabo por una secta adoradora de los Primigenios, es de 1923… Como ha señalado acertadamente Robert M. Price en su ensayo Un comentario crítico sobre el Necronomicón, Lovecraft se inspiró básicamente en los mitos gnósticos para sus historias, empezando por el uso ambiguo de la palabra eones (que en el gnosticismo designa también a unos dioses procedentes de otros planos, equivalentes a los Primigenios). Como estos mitos eran y siguen siendo poco conocidos por la mayoría de la gente, sus lectores tomaron la versión adulterada que da Lovecraft de ellos por simples ficciones, algo a lo que contribuyó el propio autor, deformando los nombres que componen su panteón para volverlos irreconocibles (aunque no es difícil ver en el Azathoth lovecraftiano, líder de los Primigenios, una mezcla del Ialdabaoth gnóstico, señor del universo también descrito como ciego e idiota, y el Azazel hebreo, líder de los ángeles caídos conocidos como los Vigilantes). Hay que señalar que las ideas de Aleister Crowley también eran de inspiración gnóstica, solo que a diferencia de Lovecraft, hijo del Siglo de las Luces, él no veía el gnosticismo como algo sacrílego y abominable, sino todo lo contrario, como corresponde a un brujo empeñado en seguir la vía de la Mano Izquierda. Lo que uno aborrecía y denunciaba en sus escritos, el otro lo ensalzaba. ¿Quién de los dos tenía razón? ¿O es una simple cuestión de enfoque?

Insisto en la fecha de publicación de El ser en el umbral: enero de 1937. Lovecraft empezó a sentir fuertes dolores de estómago precisamente a principios de ese año… Curiosamente, Sonia Greene también se pasó hospitalizada parte de 1924 (el año en que se casaron) por dolencias gástricas. ¿Coincidencia? En sus últimos meses, Lovecraft llevó un «diario de muerte», que desapareció misteriosamente tras esta. Aunque se supone que su contenido se publicó íntegramente de forma posterior, ¿quién nos asegura que fue así realmente, si el diario original se perdió…? A lo mejor Lovecraft dejó constancia en él de ciertas cosas, secretos innombrables como los salidos de sus historias, pero esta vez expuestos sin disimulos, que alguien no quería que se difundieran… Extrañamente, antes de empezar a sentir siquiera las primeras molestias, a finales de 1936, redactó unas «Instrucciones en caso de fallecimiento». ¿Quién hace algo así, a no ser que intuya que su final está próximo? Hay que señalar que Lovecraft escribió El ser en el umbral en 1933, pero necesitó cuatro años para reunir el valor suficiente para publicarlo, como si fuera consciente de que en esa historia revelaba demasiadas cosas que no debían salir a la luz. En este relato no solo habla de transferencias mentales y misteriosas sectas neoyorquinas, sino también de aquelarres celebrados en lo más profundo de los bosques de Maine, en una región muy concreta, el apenas poblado condado de Piscataquis (es, por cierto, el mismo condado en el que se halla el monte Katahdin o Kataadn, la cumbre más elevada de Maine, inspiración más que probable para su Kadath, situada en lo alto de un pico inaccesible; los indios pennacook tienen una leyenda que habla de una criatura voladora llamada Bmola, que toma prisioneros que lleva al monte Katahdin…). Y aun así Lovecraft terminó publicando la historia, quizás porque necesitaba quitarse ese peso de encima, aunque fuera bajo la engañosa forma de un relato de terror, o acaso empujado por la creciente penuria económica que padeció en sus últimos años, simplemente. Solo que tal vez, para su desgracia, la leyó quien no debía, y ese lector se inquietó al ver que Lovecraft revelaba verdades apenas veladas por la ficción, y decidió tomar medidas al respecto… A Aleister Crowley le gustaba alardear de los «ataques mágicos» que lanzaba contra sus rivales ocultistas, e incluso presumió de haber provocado la muerte de un par de ellos empleando estos oscuros métodos. Los otros ocultistas tenían sus propias defensas mágicas para protegerse de estos ataques (como las empleadas por Derby en El ser en el umbral, aunque de nada le sirvieron), pero el racionalista Lovecraft seguramente carecía de ellas, puesto que no creía en su eficacia, lo que quiere decir que estaba desprotegido frente a un ataque de estas características…

¿Fue la publicación de El ser en el umbral la perdición de Lovecraft? Oficialmente, el escritor de Providence fue víctima de un cáncer intestinal complicado con lo que entonces se denominaba «enfermedad de Bright», un término que ha caído en desuso, más que nada porque en la época se empleaba de forma ambigua para designar toda clase de dolencias misteriosas relacionadas con los riñones. Es decir, cuando los médicos no sabían exactamente lo que padecía el enfermo, recurrían a ese término, que podía significar cualquier cosa. Por lo que en realidad desconocemos la verdadera causa de la prematura y repentina muerte de Lovecraft, quien falleció tan solo un mes después del diagnóstico. El día de su muerte se encontró una larga carta a medio escribir en su escritorio, empezada justo antes de su hospitalización, algo que parece sacado de una de sus historias. No sabemos qué se dejó en el tintero. ¿Tal vez se disponía a denunciar al verdadero responsable de su muerte, como hace Derby al final de El ser en el umbral? ¿O soy yo, que tengo demasiada imaginación? Recordemos que hay muchas cartas de Lovecraft de las que sigue sin saberse su contenido, en manos de particulares. Lovecraft escribió unas 100.000 cartas (su obra más voluminosa, con diferencia), de las que solo se ha dado a conocer al público una mínima parte. Y de las publicadas, hay muchas en las que habla de los Primigenios y de los cultos secretos que se les profesan como si fueran reales. ¿Hasta qué punto era un juego literario? Si has tenido la paciencia de seguirme hasta aquí, querido lector, puedes hacerte la misma pregunta con respecto a este artículo.

El caso es que Sonia Greene, su viuda, sobrevivió unas cuantas décadas al maestro de Providence y volvió a casarse (aunque recordemos que nunca llegó a firmar los papeles del divorcio con Lovecraft, por lo que en realidad fue bigamia). En otra foto, tomada hacia 1949, ofrece a primera vista el aspecto de una madura ama de casa o una maestra de escuela… si no fuera por ciertos detalles que no terminan de encajar con la imagen que se nos quiere dar. Las gafas no consiguen disimular una mirada que no me gusta nada. Su boca sonríe, pero sus ojos no, y esa leve y enigmática sonrisa, digna de la Mona Lisa, es la de quien guarda un secreto. Si yo fuera un niño y llamara a su puerta una noche de Halloween, no aceptaría los dulces que tuviera a bien ofrecerme esta amable señora y me alejaría de ese umbral…