«Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba como lo que está abajo, para la realización de las maravillas de lo Uno.»
Tabla Esmeralda de Hermes Trimegisto
En 1660 el misterioso Andreas Cellarius, del que poco se sabe, publicó una obra sobresaliente, Harmonia Macrocosmica. Es un atlas celeste que se distingue de todos los demás por las láminas en las que superpone las constelaciones a un mapa de la Tierra, encajando a la perfección los hemisferios celestes con los terrestres; debajo de cada constelación se ve la parte correspondiente de nuestro planeta con sus continentes y océanos. Como dice la historiadora Elena Percivaldi, «se trata de un prodigioso trabajo de síntesis que aspira a reproducir la Tierra y el Cielo del modo más completo posible». Es decir, se esfuerza en representar la Tierra y el Cielo como una sola entidad. Contemplando fascinado esas asombrosas láminas, maravillosamente ilustradas (con una precisión increíble para ser del siglo XVII: ¡no falta ni la Antártida!), tuve la sensación de que las imágenes me hablaban. Me hablaban del mundo a su manera, me indicaban las claves para descifrar el mapa. Yo me he limitado a transcribir lo que me decían. Pero tal vez si dejamos el lenguaje cotidiano y hablamos un poco como Nostradamus todo resultará más claro, paradójicamente…

Empecemos por lo más remoto, por los orígenes de la historia y del mito, pero también por casa. Y el mito que preside el hemisferio septentrional es el ciclo de Andrómeda. Primero los orígenes, los padres de la criatura: Cefeo está sobre Groenlandia (¿No se suponía que era rey de Etiopía? ¿O en realidad era Utopía? «Lugar que no existe», como no existen las verdes praderas en la «Tierra Verde»), y Casiopea está cayéndose en el Atlántico con trono y todo. En el mito son personajes planos, figuras mudas, sin historia, porque el suyo es un reino hundido en el olvido. Esta tierra mítica, bien sea Hiperbórea (Groenlandia) o la Atlántida (Atlántico), está amenazada por un monstruo marino, Cetus, símbolo de cataclismo (también situado en el Atlántico). Pero hay esperanza, hay afortunados que sobreviven al hundimiento de su reino: su hija Andrómeda, que, liberada de sus cadenas, se extiende entre las Azores y las Canarias y posa sus pies sobre la península ibérica y la Bretaña francesa. Los hijos de la Atlántida escapan de su condena, asentándose precisamente ahí donde se desarrollará la cultura megalítica en tiempos remotos. Las mujeres más cautivadoras, con su belleza heredera de este reino perdido, siempre estarán en las tierras celtas bañadas por el Atlántico, desde Portugal y Galicia hasta las Islas Británicas, pasando por Bretaña (no en vano, Casiopea presumía de que su hija era más hermosa que las Nereidas). Pero hay que recordar que Andrómeda, en griego, es la «gobernadora de hombres». España es un matriarcado, en realidad. Pregúntale a cualquier vasco (los vascos, antiguos adoradores de la diosa Mari, serían en realidad los descendientes de los últimos atlantes, por eso su lengua, única en el mundo, solo se encuentra a orillas del Atlántico).
Pero volvamos a su madre Casiopea, que amenaza con aplastar las Islas Británicas con su trono (ya está rozando las costas de Irlanda y Escocia…). Los irlandeses tienen una tradición muy reveladora, según la cual sus dioses, los Tuatha de Danann, procedían de la estrella Danan, en la constelación de Casiopea. Los galeses, por su parte, todavía dan a Casiopea el nombre de Llys Don, en alusión a la diosa Don (equivalente galés de Dana, la diosa madre de los Tuatha de Danann). Casiopea, la reina vanidosa a la que siempre se representa admirándose en un espejo, la misma que proclamaba que su hija era más hermosa que las Nereidas, las ninfas del mar (lo que provocó la cólera de su padre Poseidón, que envió al monstruo Cetus para devastar su reino), es Gran Bretaña, ese país que parece que siempre ha estado gobernado por reinas y se cree superior al resto del mundo. Y como Casiopea, Albión ha pagado por su soberbia un precio muy alto, sacrificando su futuro. Su imperio, que en su día quiso ser atlante y abarcar todos los mares, se hundió hace tiempo. Fruto de esa añoranza por un pasado mitificado nació el Brexit, con nefastas consecuencias para sus habitantes.
Perseo, «el Destructor», el hijo de Dánae (¿Dana?), el héroe que acude al rescate de Andrómeda, se extiende sobre Europa, como Occidente rescató los vestigios de la civilización atlante. Abarca Grecia, por supuesto, pero también Italia, Francia y Alemania. Sí, Perseo es Occidente: heroico, guerrero, capaz de las mayores proezas, pero también destructor. Es el héroe llamado a un destino grandioso, protagonista de hazañas increíbles, el que vence siempre a sus enemigos. Un poco pagado de sí mismo (¡es el hijo de Zeus!), siempre se sale con la suya. Domina el mundo, acaba con los monstruos del oscuro pasado (encarnados por Cetus y la Gorgona). Pero también él tiene su lado oscuro, como todo héroe. Perseo está blandiendo su espada sobre Francia, víctima de romanos y nazis, pero también agresora con Napoleón (otro Destructor). La Cabeza de Medusa que sostiene en la otra mano (una constelación por derecho propio, siempre tiene nombre aunque se le niegue esa condición) anda por Sicilia, una tierra con mala fama, ya desde la antigüedad, cuando se consideraba habitada por salvajes antropófagos. Ojo por ojo y rodarán cabezas, al más puro estilo de la mafia. Pero las serpientes del cabello de Medusa llegan también hasta Córcega, la cuna de Napoleón. El corso siempre presumió de tener «buena estrella», pero a lo mejor esa estrella no era tan buena, sino Algol, «el Gul», situada en la Cabeza de Medusa y estrella de mal agüero por excelencia, por asemejarse a un ojo demoníaco parpadeando en el cielo (sería nada menos que el ojo de la gorgona, de funesta mirada).
Pegaso, la montura alada de Perseo, vuela de Europa a América, cruzando el Atlántico. Tiene prisa por llevar el caballo al Nuevo Mundo y hacer brotar la fuente de las Musas de una poderosa coz. Parece que vaya a caer directamente sobre las Grandes Llanuras de Norteamérica, para maravilla de los indios. La bestia a abatir por Pegaso, Cetus, el monstruo marino, también acecha en aguas del Atlántico, extendiéndose entre Brasil y África Occidental, tierras en las que han sobrevivido los cultos más oscuros. El vudú nació entre los yoruba de Nigeria, que lo exportaron a América, transformándose en candomblé en tierras brasileñas. ¿Es casualidad que Lovecraft ambiente en los pantanos de Luisiana un aquelarre de los seguidores de Cthulhu? No me engañas, Howie, aunque le cambiaras ligeramente el nombre a la criatura para hacerlo irreconocible. Cetus no es una ballena, como nos han querido hacer creer los astrónomos modernos, sino el nombre de un dios marino adorado en la antigüedad, al que probablemente se ofrecían sacrificios humanos, como sugiere el mito de Andrómeda.

Pero Perseo tiene otro rival insospechado, situado a su derecha: es el Auriga, misteriosa figura representada con unas bridas en la mano, que algunos han identificado con Belerofonte, el propietario original de Pegaso (bueno, en realidad lo robó). El Auriga está situado en Oriente Medio, precisamente la tierra que dio los primeros aurigas. Puede que esta oscura figura maltratada por el paso del tiempo se remonte a la época de los asirios, cuyos carros de guerra ayudaron a levantar un imperio, infundiendo terror en sus vecinos. Por el camino ha perdido el carro, nunca representado, de la misma forma que Oriente Medio parece haberse quedado atrás en la carrera del progreso, adelantado por Occidente (Perseo). Los celtas, antepasados de los británicos que llevaron a cabo la Revolución Industrial, adoptaron con entusiasmo el carro de guerra, como el mundo moderno ha adoptado con igual entusiasmo su sustituto, el automóvil que tantas vidas se cobra, que irónicamente no funcionaría sin el petróleo de Oriente.
Los gemelos de Géminis se extienden sobre Arabia e Irán, disputándose también esta región. Oriente Medio, siempre envuelto en guerras fratricidas, es tierra de hermanos mal avenidos: Abel y Caín, pero también Isaac e Ismael, hebreos y árabes, semitas contra semitas. La guerra entre la Luz y las Tinieblas se originó en Persia, con el mazdeísmo, y luego se transmitió a maniqueos, judíos, cristianos y musulmanes, con los resultados que todos conocemos: el dualismo que enfrenta al hombre contra el hombre, al cristiano con el musulmán, al musulmán con el judío, etc. La trampa dualista: ellos o nosotros (cuando en realidad todos hemos nacido del mismo huevo, como los Gemelos).
Sobre la India está Cáncer, el cangrejo reacio a los cambios, protegido por su caparazón del mundo exterior, como el subcontinente indio. Sus pinzas se niegan a soltar su presa, y por eso esta tierra ha permanecido inmutable a lo largo de los siglos, como un vestigio del mundo pasado. El mito nos dice que el Cangrejo es un viejo aliado de la Hidra, la cual se extiende sobre la vecina Indonesia. Realmente, el extenso archipiélago indonesio parece el reflejo terrestre de la Hidra, la más grande de las constelaciones. Se alarga y enrosca como una serpiente marina, abarcando decenas de islas… ¿y no anda por ahí el dragón de Komodo, devorando hombres?
Pero sigamos con el Zodíaco. Tauro domina Egipto, donde nació el culto al buey Apis. ¿Y no dice el mito que el Toro sedujo a Europa, como ha seducido Egipto a los europeos? El culto al toro llegó hasta Creta, y de Grecia saltó al resto del continente. Este Toro es enemigo de Orión, pues en él se encuentran las Pléyades, acosadas por el fogoso cazador (que no parecía tener mucha suerte con el género femenino). Orión se encuentra en Etiopía, pero mirando hacia el norte, a Egipto, dispuesto a enfrentarse al Toro. Los egipcios decían que Orión era Osiris, y también afirmaban que sus dioses procedían de una tierra legendaria situada al sur, que algunos han querido identificar con el país de Ofir, es decir, Etiopía. Las pirámides de Egipto están alineadas con las estrellas del Cinturón de Orión, como muchos han señalado.
Aries también se halla en el norte de África, sobre Marruecos y Argelia. Esta constelación representa el carnero volador cuyo vellón se convirtió en el Vellocino de Oro, y su nombre está relacionado con Ares, el dios de la guerra, por situarse sus estrellas cerca del planeta Marte. La leyenda del Vellocino de Oro parece hundir sus raíces en un arcaico mito indoeuropeo relacionado con la soberanía, por lo que cabe preguntarse si el nombre de Aries no tendrá algo que ver con los arios, los cuales le deberían su nombre a su rey-dios de la guerra. Se me ocurre una posibilidad: ¿y si el hogar del Carnero, antes de que emprendiera el vuelo que le llevaría hasta el Cáucaso, hubiera sido la cordillera del Atlas? Es decir: ¿y si la cuna de los indoeuropeos se halla en realidad en el Atlas, y no en el Cáucaso? En apoyo de esta tesis que parece tan descabellada diré que las principales estrellas de Aries tienen nombres sánscritos, lo que indica que esta constelación era importante para los invasores indoeuropeos de la India (que tal vez invadían otras tierras guiados por su rey-dios Ares). Y además están los bereberes, un pueblo mal conocido y de orígenes remotos, que siempre parece haber vivido en el Atlas. Ahora bien, algunas tribus bereberes están formadas por individuos rubios, de aspecto inconfundiblemente caucásico, los cuales no desentonarían en las calles de una ciudad como Estocolmo. Y en las montañas del Atlas los pastores todavía emplean los cuernos de carnero como trompas.
Uno de los héroes que participó en la búsqueda del Vellocino de Oro fue Hércules, que en el atlas de Cellarius está arrodillado sobre California (representada como una gran isla en este viejo mapa del siglo XVII, como si ya hubiera ocurrido el Big One, no en vano es una tierra con nombre de isla legendaria salida de las novelas de caballerías), viviendo aventuras en el remoto Occidente, como siempre ha hecho. California, Jardín de las Hespérides, es una tierra de pioneros que tiene algo de heroica, ciertamente, y en ella se están llevando a cabo trabajos titánicos dignos de Hércules (la revolución de las nuevas tecnologías, el desarrollo de la fusión nuclear…). Pero al Arrodillado, como también se le llama, siempre se le representa así y cabeza abajo, como vuelto del revés por los terremotos. Se suele olvidar que Hércules fue héroe a su pesar, obligado a realizar trabajos para otros. Pero también fue amo antes que siervo, por eso siempre acaba rebelándose, demostrando su fuerza. Y en California el siervo siempre es mexicano, que también fue amo de esa tierra antes que los gringos, y algún día se sacudirá su yugo igualmente. Ya hay más hispanos que anglosajones en California.
Hércules amenaza con su garrote a los Estinfálidas, los pájaros legendarios que devoraban carne humana. La astronomía dulcificó su naturaleza original, convirtiéndolos en el Cisne, el Águila y la Lira (originalmente el Buitre, como nos recuerdan los atlas celestes árabes), que forman el Triángulo del Verano. En el mapa de Cellarius, el Cisne y la Lira se encuentran en lo que ahora es Estados Unidos, un país que también tiene la mala costumbre de devorar a sus ciudadanos. Pero según la versión más conocida del mito, el Cisne representa la ascensión de Orfeo a los cielos tras su muerte, y la Lira es su instrumento, que le regaló su padre Apolo para encantar a toda la creación con su música. Todo esto apunta al renacer de Occidente en el Nuevo Mundo. Estados Unidos también aspira a cambiar la Creación, a encantar al resto del mundo con sus mitos. Ha seducido al planeta entero, como Orfeo en su día.
Pero curiosamente, el Águila símbolo de Estados Unidos (el Ave Trueno de los indios) se halla más abajo, abarcando el este de México, Guatemala y Honduras. No es tan raro, pues también sale un águila en la bandera de México, por la leyenda según la cual el dios Huitzilopochtli indicó a los mexicas que establecieran su capital, Tenochtitlán, donde encontraran a un águila posada sobre un nopal. El Águila de los cielos se supone que es Zeus, que adoptó esa forma para raptar al joven Ganímedes y llevárselo al Olimpo, donde el muchacho se dedicó a servir a los dioses como copero (y de otras formas, supongo). Volvemos otra vez al drama moderno de los hispanos, atraídos por los cantos de sirena de Occidente, que acaban sirviendo en Norteamérica a falsos seres superiores, destinados a ser abatidos por Hércules…
Acuario, el Aguador de cuyo cántaro brota el río Erídano, se encuentra apropiadamente en la cuenca del Amazonas, inocente y desnudo (es Ganímedes, la víctima del Águila), como los indios que todavía viven ahí al margen de la civilización occidental, aunque cada vez son más los seducidos por el Zeus indoeuropeo, que los cristianos transformaron en Dios de forma poco convincente. Pero conviene recordar que Ganímedes no fue el único raptado por el Águila. Antínoo, una constelación que ya no existe, inventada para honrar la memoria de un amante del emperador Adriano que murió ahogado (¿los astrónomos que la borraron de los cielos eran homófobos?), es llevado en volandas por su raptor (el Águila fue símbolo de Roma antes que de América), aunque esta vez parece su salvador, ya que sobrevuela las aguas del Pacífico como si le sacara de ellas. Está justo sobre las Galápagos, restos también de un pasado olvidado. Las tortugas no se han enterado de que su tiempo ya pasó. Podría decirse lo mismo de la Roma de América.
Seguimos con los indígenas de América: la constelación del Indio, relativamente moderna, se encuentra en el extremo sur de la Patagonia, donde ya no hay indios, irónicamente (fueron exterminados por los blancos). Los europeos los pusieron en el cielo, los europeos los quitaron de la tierra. Aunque parece que nada muere definitivamente, porque el Fénix está justo sobre la Tierra del Fuego, nada más apropiado. Pero el Fénix llega también hasta la Antártida en su vuelo… ¿acaso renacerá de sus cenizas el continente helado? En todo caso será cuando el Sol, del que el Fénix es símbolo, haya completado unos cuantos ciclos. El Tucán y el Pavo también se congelan en tierras antárticas, erraron el vuelo. La pequeña constelación del Delfín, en cambio, está en su hábitat natural: el Mar Caribe. Pero el Argo, el navío de los argonautas (los primeros piratas), no se encuentra ahí, sino también en las costas de la Antártida, tal vez hablándonos de viajes olvidados en tiempos pretéritos… o de futuros proyectos de los navegantes holandeses, decididos a explorar mejor ese continente (Cellarius era holandés).
Virgo sobrevuela con sus alas de ángel las islas del Océano Pacífico, esos paraísos vírgenes que solo dejaron de serlo cuando llegaron los primeros misioneros. Para Gauguin, las mujeres polinesias eran ángeles. R.L. Stevenson encontró en esas islas la paz de espíritu que no hallaba en la vieja Europa, antes de morir. Virgo es la diosa de la justicia, Astrea (suya es la balanza de Libra, también en el Pacífico), y parece impartir justicia desde los cielos como un ángel vengador sobre las bestias que no tienen cabida en el mundo de los hombres, arrojadas sin miramientos a las aguas del Pacífico: el Escorpión, los dos centauros (Sagitario y Quirón), el Lobo (en realidad licántropo maldecido por los dioses por violar el tabú por antonomasia, comer carne humana, algo de lo que saben bastante en la aislada Isla de Pascua, sobre la que también parece haber caído una maldición), la Serpiente sujetada por Ofiuco, revolviéndose en sus manos…
Una suerte similar ha corrido el Unicornio, que se encuentra en aguas del Índico, tan desaparecido como el dodo o el continente sumergido de Lemuria, del que sin duda era natural. Algo debían saber los persas al respecto, ya que, aunque se supone que esta constelación se le ocurrió a otro holandés del siglo XVII, Petrus Plancius, se ha encontrado una esfera celeste de la antigua Persia en la que ya aparece un unicornio por esas latitudes… De todas formas, siempre nos quedará la isla de Madagascar, último vestigio de la perdida Lemuria y hogar de especies únicas en el mundo.

¿Y qué pasa con Rusia? En Rusia está la Osa Mayor, por si había alguna duda. El oso siempre ha sido el símbolo por excelencia de la Madre Rusia, y ciertamente la Osa Mayor es la madre de los cielos del norte. Su corpachón abarca toda Siberia, por la que se pasea tranquilamente, sin rival alguno. En algunos atlas celestes, como el de Hevelius, la Osa Mayor es representada con aspecto amenazador, como si se dispusiera a arrojarse sobre Europa (Hevelius era polaco, curiosamente). La Osa Mayor no tiene ningún misterio, es la constelación más reconocible del firmamento. Se la ve venir de lejos, como a los rusos.
Bootes, el Boyero, siempre asociado con la Osa Mayor (se le supone hijo de Calisto, la mujer que se transformó en osa según los griegos), está sobre Alaska, cruzando el estrecho de Bering, y curiosamente viste como un ruso, bien abrigado. Hay que recordar que los estadounidenses compraron Alaska a los rusos, que llegaron antes que ellos a esas latitudes. La estrella principal del Boyero lleva el sugestivo nombre de Arturo, «el Guardián de la Osa», así que tal vez no me equivoqué al situar a una reencarnación del rey Arturo en el Yukón en una de mis novelas… Al lado del Boyero está la Corona Boreal, que siempre he sospechado que es suya, solo que se le ha caído. Los rusos también perdieron su soberanía sobre el Ártico al perder Alaska.
El Dragón está en el Norte, como siempre, como en las sagas nórdicas y en los libros de Tolkien. Se enrosca alrededor del Polo Norte, protegiendo con su cuerpo escamoso su tesoro: el Eje del Mundo (el Jardín de las Hespérides, según el mito). Este eje coincide con el eje de los cielos: Polaris, la Estrella Polar, en la Osa Menor (¿amenazada o protegida por el Dragón? Hércules le vencerá, o eso dicen los griegos).
En Japón no hay dragones, como cabría pensar, pero sí está la Cabellera de Berenice, la más extravagante de las constelaciones. Con sus mechones extrañamente tentaculares, parece una criatura de otro planeta que se haya posado sobre Japón, salida de un manga. Y la leyenda de la reina Berenice (esposa desconsolada que jura a Afrodita cortarse el cabello y ofrecérselo en sacrificio si su marido, largo tiempo ausente por culpa de la guerra, regresa a casa vivo y victorioso, como así sucede) tiene un sabor que siempre me ha parecido genuinamente japonés, aunque la historia se le ocurriera a un cortesano adulador menos oriental, del Egipto de los Ptolomeos.
Hay misterios en este mapa que se resisten a ser resueltos: ¿qué pinta una Jirafa en Finlandia? ¿Qué hace una Cabra en Perú, donde sería más apropiada una llama (aunque tal vez tenga algo que ver con los sacrificios de los incas)? ¿Y un León en Indochina? Todavía hay leones en la vecina India, pero dudo que los haya habido alguna vez en Vietnam. ¿Entonces por qué siempre se llama al león el rey de la selva? El león es el símbolo de la realeza por excelencia en todas las culturas, incluso en tierras sin leones. ¿Podría tener algo que ver con los reyes de Angkor, que levantaron un imperio del que poco sabemos en Occidente, el cual acabó engullido por la jungla? Eso me lleva a plantearme otra pregunta: ¿qué tiene más hambre, la naturaleza o el poder? ¿Cuál es el verdadero rey del mundo?
Curiosamente, sobre China no hay nada, aunque Leo parece estar pensando en comérsela, asomando el hocico. Será porque los chinos tienen sus propias constelaciones, muy aburridas (el Tercer Funcionario a la Derecha del Emperador y otras por el estilo). China siempre ha sido un mundo aparte, cerrado a cualquier influencia exterior. Los chinos consideraban que los cielos eran un reflejo celestial de su imperio, y viceversa: del emperador dependía que reinara la armonía en el universo, nada menos. Pero en esos cielos no había cabida para lo que se hallaba más allá de sus fronteras. El resto del mundo no existía, porque le tenían miedo (el mismo miedo que actualmente les ha llevado a un confinamiento extremo y a ponerse mascarillas como medida más psicológica que efectiva, y lo que es peor, a imponer esto al resto del planeta). Pero están equivocados: hay todo un mundo ahí fuera, y sorprendentemente coincide con el cielo. En eso sí acertaron.





































