Harmonia Macrocosmica: leyendo la Tierra en el Cielo

«Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba como lo que está abajo, para la realización de las maravillas de lo Uno.»

Tabla Esmeralda de Hermes Trimegisto

En 1660 el misterioso Andreas Cellarius, del que poco se sabe, publicó una obra sobresaliente, Harmonia Macrocosmica. Es un atlas celeste que se distingue de todos los demás por las láminas en las que superpone las constelaciones a un mapa de la Tierra, encajando a la perfección los hemisferios celestes con los terrestres; debajo de cada constelación se ve la parte correspondiente de nuestro planeta con sus continentes y océanos. Como dice la historiadora Elena Percivaldi, «se trata de un prodigioso trabajo de síntesis que aspira a reproducir la Tierra y el Cielo del modo más completo posible». Es decir, se esfuerza en representar la Tierra y el Cielo como una sola entidad. Contemplando fascinado esas asombrosas láminas, maravillosamente ilustradas (con una precisión increíble para ser del siglo XVII: ¡no falta ni la Antártida!), tuve la sensación de que las imágenes me hablaban. Me hablaban del mundo a su manera, me indicaban las claves para descifrar el mapa. Yo me he limitado a transcribir lo que me decían. Pero tal vez si dejamos el lenguaje cotidiano y hablamos un poco como Nostradamus todo resultará más claro, paradójicamente…

Empecemos por lo más remoto, por los orígenes de la historia y del mito, pero también por casa. Y el mito que preside el hemisferio septentrional es el ciclo de Andrómeda. Primero los orígenes, los padres de la criatura: Cefeo está sobre Groenlandia (¿No se suponía que era rey de Etiopía? ¿O en realidad era Utopía? «Lugar que no existe», como no existen las verdes praderas en la «Tierra Verde»), y Casiopea está cayéndose en el Atlántico con trono y todo. En el mito son personajes planos, figuras mudas, sin historia, porque el suyo es un reino hundido en el olvido. Esta tierra mítica, bien sea Hiperbórea (Groenlandia) o la Atlántida (Atlántico), está amenazada por un monstruo marino, Cetus, símbolo de cataclismo (también situado en el Atlántico). Pero hay esperanza, hay afortunados que sobreviven al hundimiento de su reino: su hija Andrómeda, que, liberada de sus cadenas, se extiende entre las Azores y las Canarias y posa sus pies sobre la península ibérica y la Bretaña francesa. Los hijos de la Atlántida escapan de su condena, asentándose precisamente ahí donde se desarrollará la cultura megalítica en tiempos remotos. Las mujeres más cautivadoras, con su belleza heredera de este reino perdido, siempre estarán en las tierras celtas bañadas por el Atlántico, desde Portugal y Galicia hasta las Islas Británicas, pasando por Bretaña (no en vano, Casiopea presumía de que su hija era más hermosa que las Nereidas). Pero hay que recordar que Andrómeda, en griego, es la «gobernadora de hombres». España es un matriarcado, en realidad. Pregúntale a cualquier vasco (los vascos, antiguos adoradores de la diosa Mari, serían en realidad los descendientes de los últimos atlantes, por eso su lengua, única en el mundo, solo se encuentra a orillas del Atlántico).

Pero volvamos a su madre Casiopea, que amenaza con aplastar las Islas Británicas con su trono (ya está rozando las costas de Irlanda y Escocia…). Los irlandeses tienen una tradición muy reveladora, según la cual sus dioses, los Tuatha de Danann, procedían de la estrella Danan, en la constelación de Casiopea. Los galeses, por su parte, todavía dan a Casiopea el nombre de Llys Don, en alusión a la diosa Don (equivalente galés de Dana, la diosa madre de los Tuatha de Danann). Casiopea, la reina vanidosa a la que siempre se representa admirándose en un espejo, la misma que proclamaba que su hija era más hermosa que las Nereidas, las ninfas del mar (lo que provocó la cólera de su padre Poseidón, que envió al monstruo Cetus para devastar su reino), es Gran Bretaña, ese país que parece que siempre ha estado gobernado por reinas y se cree superior al resto del mundo. Y como Casiopea, Albión ha pagado por su soberbia un precio muy alto, sacrificando su futuro. Su imperio, que en su día quiso ser atlante y abarcar todos los mares, se hundió hace tiempo. Fruto de esa añoranza por un pasado mitificado nació el Brexit, con nefastas consecuencias para sus habitantes.

Perseo, «el Destructor», el hijo de Dánae (¿Dana?), el héroe que acude al rescate de Andrómeda, se extiende sobre Europa, como Occidente rescató los vestigios de la civilización atlante. Abarca Grecia, por supuesto, pero también Italia, Francia y Alemania. Sí, Perseo es Occidente: heroico, guerrero, capaz de las mayores proezas, pero también destructor. Es el héroe llamado a un destino grandioso, protagonista de hazañas increíbles, el que vence siempre a sus enemigos. Un poco pagado de sí mismo (¡es el hijo de Zeus!), siempre se sale con la suya. Domina el mundo, acaba con los monstruos del oscuro pasado (encarnados por Cetus y la Gorgona). Pero también él tiene su lado oscuro, como todo héroe. Perseo está blandiendo su espada sobre Francia, víctima de romanos y nazis, pero también agresora con Napoleón (otro Destructor). La Cabeza de Medusa que sostiene en la otra mano (una constelación por derecho propio, siempre tiene nombre aunque se le niegue esa condición) anda por Sicilia, una tierra con mala fama, ya desde la antigüedad, cuando se consideraba habitada por salvajes antropófagos. Ojo por ojo y rodarán cabezas, al más puro estilo de la mafia. Pero las serpientes del cabello de Medusa llegan también hasta Córcega, la cuna de Napoleón. El corso siempre presumió de tener «buena estrella», pero a lo mejor esa estrella no era tan buena, sino Algol, «el Gul», situada en la Cabeza de Medusa y estrella de mal agüero por excelencia, por asemejarse a un ojo demoníaco parpadeando en el cielo (sería nada menos que el ojo de la gorgona, de funesta mirada).

Pegaso, la montura alada de Perseo, vuela de Europa a América, cruzando el Atlántico. Tiene prisa por llevar el caballo al Nuevo Mundo y hacer brotar la fuente de las Musas de una poderosa coz. Parece que vaya a caer directamente sobre las Grandes Llanuras de Norteamérica, para maravilla de los indios. La bestia a abatir por Pegaso, Cetus, el monstruo marino, también acecha en aguas del Atlántico, extendiéndose entre Brasil y África Occidental, tierras en las que han sobrevivido los cultos más oscuros. El vudú nació entre los yoruba de Nigeria, que lo exportaron a América, transformándose en candomblé en tierras brasileñas. ¿Es casualidad que Lovecraft ambiente en los pantanos de Luisiana un aquelarre de los seguidores de Cthulhu? No me engañas, Howie, aunque le cambiaras ligeramente el nombre a la criatura para hacerlo irreconocible. Cetus no es una ballena, como nos han querido hacer creer los astrónomos modernos, sino el nombre de un dios marino adorado en la antigüedad, al que probablemente se ofrecían sacrificios humanos, como sugiere el mito de Andrómeda.

Pero Perseo tiene otro rival insospechado, situado a su derecha: es el Auriga, misteriosa figura representada con unas bridas en la mano, que algunos han identificado con Belerofonte, el propietario original de Pegaso (bueno, en realidad lo robó). El Auriga está situado en Oriente Medio, precisamente la tierra que dio los primeros aurigas. Puede que esta oscura figura maltratada por el paso del tiempo se remonte a la época de los asirios, cuyos carros de guerra ayudaron a levantar un imperio, infundiendo terror en sus vecinos. Por el camino ha perdido el carro, nunca representado, de la misma forma que Oriente Medio parece haberse quedado atrás en la carrera del progreso, adelantado por Occidente (Perseo). Los celtas, antepasados de los británicos que llevaron a cabo la Revolución Industrial, adoptaron con entusiasmo el carro de guerra, como el mundo moderno ha adoptado con igual entusiasmo su sustituto, el automóvil que tantas vidas se cobra, que irónicamente no funcionaría sin el petróleo de Oriente.

Los gemelos de Géminis se extienden sobre Arabia e Irán, disputándose también esta región. Oriente Medio, siempre envuelto en guerras fratricidas, es tierra de hermanos mal avenidos: Abel y Caín, pero también Isaac e Ismael, hebreos y árabes, semitas contra semitas. La guerra entre la Luz y las Tinieblas se originó en Persia, con el mazdeísmo, y luego se transmitió a maniqueos, judíos, cristianos y musulmanes, con los resultados que todos conocemos: el dualismo que enfrenta al hombre contra el hombre, al cristiano con el musulmán, al musulmán con el judío, etc. La trampa dualista: ellos o nosotros (cuando en realidad todos hemos nacido del mismo huevo, como los Gemelos).

Sobre la India está Cáncer, el cangrejo reacio a los cambios, protegido por su caparazón del mundo exterior, como el subcontinente indio. Sus pinzas se niegan a soltar su presa, y por eso esta tierra ha permanecido inmutable a lo largo de los siglos, como un vestigio del mundo pasado. El mito nos dice que el Cangrejo es un viejo aliado de la Hidra, la cual se extiende sobre la vecina Indonesia. Realmente, el extenso archipiélago indonesio parece el reflejo terrestre de la Hidra, la más grande de las constelaciones. Se alarga y enrosca como una serpiente marina, abarcando decenas de islas… ¿y no anda por ahí el dragón de Komodo, devorando hombres?

Pero sigamos con el Zodíaco. Tauro domina Egipto, donde nació el culto al buey Apis. ¿Y no dice el mito que el Toro sedujo a Europa, como ha seducido Egipto a los europeos? El culto al toro llegó hasta Creta, y de Grecia saltó al resto del continente. Este Toro es enemigo de Orión, pues en él se encuentran las Pléyades, acosadas por el fogoso cazador (que no parecía tener mucha suerte con el género femenino). Orión se encuentra en Etiopía, pero mirando hacia el norte, a Egipto, dispuesto a enfrentarse al Toro. Los egipcios decían que Orión era Osiris, y también afirmaban que sus dioses procedían de una tierra legendaria situada al sur, que algunos han querido identificar con el país de Ofir, es decir, Etiopía. Las pirámides de Egipto están alineadas con las estrellas del Cinturón de Orión, como muchos han señalado.

Aries también se halla en el norte de África, sobre Marruecos y Argelia. Esta constelación representa el carnero volador cuyo vellón se convirtió en el Vellocino de Oro, y su nombre está relacionado con Ares, el dios de la guerra, por situarse sus estrellas cerca del planeta Marte. La leyenda del Vellocino de Oro parece hundir sus raíces en un arcaico mito indoeuropeo relacionado con la soberanía, por lo que cabe preguntarse si el nombre de Aries no tendrá algo que ver con los arios, los cuales le deberían su nombre a su rey-dios de la guerra. Se me ocurre una posibilidad: ¿y si el hogar del Carnero, antes de que emprendiera el vuelo que le llevaría hasta el Cáucaso, hubiera sido la cordillera del Atlas? Es decir: ¿y si la cuna de los indoeuropeos se halla en realidad en el Atlas, y no en el Cáucaso? En apoyo de esta tesis que parece tan descabellada diré que las principales estrellas de Aries tienen nombres sánscritos, lo que indica que esta constelación era importante para los invasores indoeuropeos de la India (que tal vez invadían otras tierras guiados por su rey-dios Ares). Y además están los bereberes, un pueblo mal conocido y de orígenes remotos, que siempre parece haber vivido en el Atlas. Ahora bien, algunas tribus bereberes están formadas por individuos rubios, de aspecto inconfundiblemente caucásico, los cuales no desentonarían en las calles de una ciudad como Estocolmo. Y en las montañas del Atlas los pastores todavía emplean los cuernos de carnero como trompas.

Uno de los héroes que participó en la búsqueda del Vellocino de Oro fue Hércules, que en el atlas de Cellarius está arrodillado sobre California (representada como una gran isla en este viejo mapa del siglo XVII, como si ya hubiera ocurrido el Big One, no en vano es una tierra con nombre de isla legendaria salida de las novelas de caballerías), viviendo aventuras en el remoto Occidente, como siempre ha hecho. California, Jardín de las Hespérides, es una tierra de pioneros que tiene algo de heroica, ciertamente, y en ella se están llevando a cabo trabajos titánicos dignos de Hércules (la revolución de las nuevas tecnologías, el desarrollo de la fusión nuclear…). Pero al Arrodillado, como también se le llama, siempre se le representa así y cabeza abajo, como vuelto del revés por los terremotos. Se suele olvidar que Hércules fue héroe a su pesar, obligado a realizar trabajos para otros. Pero también fue amo antes que siervo, por eso siempre acaba rebelándose, demostrando su fuerza. Y en California el siervo siempre es mexicano, que también fue amo de esa tierra antes que los gringos, y algún día se sacudirá su yugo igualmente. Ya hay más hispanos que anglosajones en California.

Hércules amenaza con su garrote a los Estinfálidas, los pájaros legendarios que devoraban carne humana. La astronomía dulcificó su naturaleza original, convirtiéndolos en el Cisne, el Águila y la Lira (originalmente el Buitre, como nos recuerdan los atlas celestes árabes), que forman el Triángulo del Verano. En el mapa de Cellarius, el Cisne y la Lira se encuentran en lo que ahora es Estados Unidos, un país que también tiene la mala costumbre de devorar a sus ciudadanos. Pero según la versión más conocida del mito, el Cisne representa la ascensión de Orfeo a los cielos tras su muerte, y la Lira es su instrumento, que le regaló su padre Apolo para encantar a toda la creación con su música. Todo esto apunta al renacer de Occidente en el Nuevo Mundo. Estados Unidos también aspira a cambiar la Creación, a encantar al resto del mundo con sus mitos. Ha seducido al planeta entero, como Orfeo en su día.

Pero curiosamente, el Águila símbolo de Estados Unidos (el Ave Trueno de los indios) se halla más abajo, abarcando el este de México, Guatemala y Honduras. No es tan raro, pues también sale un águila en la bandera de México, por la leyenda según la cual el dios Huitzilopochtli indicó a los mexicas que establecieran su capital, Tenochtitlán, donde encontraran a un águila posada sobre un nopal. El Águila de los cielos se supone que es Zeus, que adoptó esa forma para raptar al joven Ganímedes y llevárselo al Olimpo, donde el muchacho se dedicó a servir a los dioses como copero (y de otras formas, supongo). Volvemos otra vez al drama moderno de los hispanos, atraídos por los cantos de sirena de Occidente, que acaban sirviendo en Norteamérica a falsos seres superiores, destinados a ser abatidos por Hércules…

Acuario, el Aguador de cuyo cántaro brota el río Erídano, se encuentra apropiadamente en la cuenca del Amazonas, inocente y desnudo (es Ganímedes, la víctima del Águila), como los indios que todavía viven ahí al margen de la civilización occidental, aunque cada vez son más los seducidos por el Zeus indoeuropeo, que los cristianos transformaron en Dios de forma poco convincente. Pero conviene recordar que Ganímedes no fue el único raptado por el Águila. Antínoo, una constelación que ya no existe, inventada para honrar la memoria de un amante del emperador Adriano que murió ahogado (¿los astrónomos que la borraron de los cielos eran homófobos?), es llevado en volandas por su raptor (el Águila fue símbolo de Roma antes que de América), aunque esta vez parece su salvador, ya que sobrevuela las aguas del Pacífico como si le sacara de ellas. Está justo sobre las Galápagos, restos también de un pasado olvidado. Las tortugas no se han enterado de que su tiempo ya pasó. Podría decirse lo mismo de la Roma de América.

Seguimos con los indígenas de América: la constelación del Indio, relativamente moderna, se encuentra en el extremo sur de la Patagonia, donde ya no hay indios, irónicamente (fueron exterminados por los blancos). Los europeos los pusieron en el cielo, los europeos los quitaron de la tierra. Aunque parece que nada muere definitivamente, porque el Fénix está justo sobre la Tierra del Fuego, nada más apropiado. Pero el Fénix llega también hasta la Antártida en su vuelo… ¿acaso renacerá de sus cenizas el continente helado? En todo caso será cuando el Sol, del que el Fénix es símbolo, haya completado unos cuantos ciclos. El Tucán y el Pavo también se congelan en tierras antárticas, erraron el vuelo. La pequeña constelación del Delfín, en cambio, está en su hábitat natural: el Mar Caribe. Pero el Argo, el navío de los argonautas (los primeros piratas), no se encuentra ahí, sino también en las costas de la Antártida, tal vez hablándonos de viajes olvidados en tiempos pretéritos… o de futuros proyectos de los navegantes holandeses, decididos a explorar mejor ese continente (Cellarius era holandés).

Virgo sobrevuela con sus alas de ángel las islas del Océano Pacífico, esos paraísos vírgenes que solo dejaron de serlo cuando llegaron los primeros misioneros. Para Gauguin, las mujeres polinesias eran ángeles. R.L. Stevenson encontró en esas islas la paz de espíritu que no hallaba en la vieja Europa, antes de morir. Virgo es la diosa de la justicia, Astrea (suya es la balanza de Libra, también en el Pacífico), y parece impartir justicia desde los cielos como un ángel vengador sobre las bestias que no tienen cabida en el mundo de los hombres, arrojadas sin miramientos a las aguas del Pacífico: el Escorpión, los dos centauros (Sagitario y Quirón), el Lobo (en realidad licántropo maldecido por los dioses por violar el tabú por antonomasia, comer carne humana, algo de lo que saben bastante en la aislada Isla de Pascua, sobre la que también parece haber caído una maldición), la Serpiente sujetada por Ofiuco, revolviéndose en sus manos…

Una suerte similar ha corrido el Unicornio, que se encuentra en aguas del Índico, tan desaparecido como el dodo o el continente sumergido de Lemuria, del que sin duda era natural. Algo debían saber los persas al respecto, ya que, aunque se supone que esta constelación se le ocurrió a otro holandés del siglo XVII, Petrus Plancius, se ha encontrado una esfera celeste de la antigua Persia en la que ya aparece un unicornio por esas latitudes… De todas formas, siempre nos quedará la isla de Madagascar, último vestigio de la perdida Lemuria y hogar de especies únicas en el mundo.

¿Y qué pasa con Rusia? En Rusia está la Osa Mayor, por si había alguna duda. El oso siempre ha sido el símbolo por excelencia de la Madre Rusia, y ciertamente la Osa Mayor es la madre de los cielos del norte. Su corpachón abarca toda Siberia, por la que se pasea tranquilamente, sin rival alguno. En algunos atlas celestes, como el de Hevelius, la Osa Mayor es representada con aspecto amenazador, como si se dispusiera a arrojarse sobre Europa (Hevelius era polaco, curiosamente). La Osa Mayor no tiene ningún misterio, es la constelación más reconocible del firmamento. Se la ve venir de lejos, como a los rusos.

Bootes, el Boyero, siempre asociado con la Osa Mayor (se le supone hijo de Calisto, la mujer que se transformó en osa según los griegos), está sobre Alaska, cruzando el estrecho de Bering, y curiosamente viste como un ruso, bien abrigado. Hay que recordar que los estadounidenses compraron Alaska a los rusos, que llegaron antes que ellos a esas latitudes. La estrella principal del Boyero lleva el sugestivo nombre de Arturo, «el Guardián de la Osa», así que tal vez no me equivoqué al situar a una reencarnación del rey Arturo en el Yukón en una de mis novelas… Al lado del Boyero está la Corona Boreal, que siempre he sospechado que es suya, solo que se le ha caído. Los rusos también perdieron su soberanía sobre el Ártico al perder Alaska.

El Dragón está en el Norte, como siempre, como en las sagas nórdicas y en los libros de Tolkien. Se enrosca alrededor del Polo Norte, protegiendo con su cuerpo escamoso su tesoro: el Eje del Mundo (el Jardín de las Hespérides, según el mito). Este eje coincide con el eje de los cielos: Polaris, la Estrella Polar, en la Osa Menor (¿amenazada o protegida por el Dragón? Hércules le vencerá, o eso dicen los griegos).

En Japón no hay dragones, como cabría pensar, pero sí está la Cabellera de Berenice, la más extravagante de las constelaciones. Con sus mechones extrañamente tentaculares, parece una criatura de otro planeta que se haya posado sobre Japón, salida de un manga. Y la leyenda de la reina Berenice (esposa desconsolada que jura a Afrodita cortarse el cabello y ofrecérselo en sacrificio si su marido, largo tiempo ausente por culpa de la guerra, regresa a casa vivo y victorioso, como así sucede) tiene un sabor que siempre me ha parecido genuinamente japonés, aunque la historia se le ocurriera a un cortesano adulador menos oriental, del Egipto de los Ptolomeos.

Hay misterios en este mapa que se resisten a ser resueltos: ¿qué pinta una Jirafa en Finlandia? ¿Qué hace una Cabra en Perú, donde sería más apropiada una llama (aunque tal vez tenga algo que ver con los sacrificios de los incas)? ¿Y un León en Indochina? Todavía hay leones en la vecina India, pero dudo que los haya habido alguna vez en Vietnam. ¿Entonces por qué siempre se llama al león el rey de la selva? El león es el símbolo de la realeza por excelencia en todas las culturas, incluso en tierras sin leones. ¿Podría tener algo que ver con los reyes de Angkor, que levantaron un imperio del que poco sabemos en Occidente, el cual acabó engullido por la jungla? Eso me lleva a plantearme otra pregunta: ¿qué tiene más hambre, la naturaleza o el poder? ¿Cuál es el verdadero rey del mundo?

Curiosamente, sobre China no hay nada, aunque Leo parece estar pensando en comérsela, asomando el hocico. Será porque los chinos tienen sus propias constelaciones, muy aburridas (el Tercer Funcionario a la Derecha del Emperador y otras por el estilo). China siempre ha sido un mundo aparte, cerrado a cualquier influencia exterior. Los chinos consideraban que los cielos eran un reflejo celestial de su imperio, y viceversa: del emperador dependía que reinara la armonía en el universo, nada menos. Pero en esos cielos no había cabida para lo que se hallaba más allá de sus fronteras. El resto del mundo no existía, porque le tenían miedo (el mismo miedo que actualmente les ha llevado a un confinamiento extremo y a ponerse mascarillas como medida más psicológica que efectiva, y lo que es peor, a imponer esto al resto del planeta). Pero están equivocados: hay todo un mundo ahí fuera, y sorprendentemente coincide con el cielo. En eso sí acertaron.

Breve historia del Astronomicón

Con mi poema me propongo hacer descender del cielo conocimientos divinos y los astros, confidentes del destino, que cambian las diversas vicisitudes de los hombres, y que son obra de una razón celestial; me propongo, el primero, hacer vibrar con cantos no escuchados al Helicón y a los bosques que balancean sus verdes copas, pues traigo ciencia sagrada de otras tierras no mencionadas antes por nadie.

MANILIUS, Astronomicón

En el siglo I d.C. el poeta y astrólogo romano Manilius, una figura oscura de la que no se sabe prácticamente nada (aunque se especula con un probable origen asiático), escribió una obra con el llamativo título de Astronomicón. Es un libro sobre astronomía y astrología, que formaban una sola ciencia en esa época, tal vez más sabia que la nuestra en ese aspecto. En él se expone por primera vez el sistema astrológico de las doce casas y se analiza el influjo de los signos del Zodíaco en los seres humanos, sin descuidar tampoco las constelaciones extrazodiacales. Pero en realidad, la obra que conoce la mayoría (y no es que sea una obra muy conocida) es únicamente un fragmento del original, como reconocen los estudiosos; el texto se interrumpe de forma brusca al final, lo que indica que falta una buena parte. Se calcula que solo se conserva un tercio de la obra original, aproximadamente. Hay que recordar que esta obra no se redescubrió oficialmente hasta el siglo XV, y que el responsable de la editio princeps del Renacimiento, el astrónomo Regiomontanus, empleó manuscritos muy corruptos, por lo que no es precisamente una edición fiable.

Lo que ignoran casi todos es que, originalmente, el Astronomicón hablaba también de otras materias más asombrosas relacionadas con las estrellas, siendo además un tratado sobre las razas extraterrestres que pueblan nuestra galaxia y los métodos para abrir portales que comuniquen con sus mundos (que Manilius fuera conocedor de estos temas tan arcanos no es tan sorprendente, pues probablemente estaba iniciado en los antiguos misterios de Isis y Mitra, de los que tan poco saben los hombres modernos). Esa parte del Astronomicón se perdió en la destrucción de la biblioteca de Alejandría en el año 391, ordenada por el emperador cristiano Teodosio, que desaprobaba muchos de los textos paganos y heréticos que había en ésta. Pero un sabio alejandrino fiel al viejo paganismo, Agatocles, logró salvar un ejemplar con el texto íntegro y huyó con él de la ciudad, poniéndolo a buen recaudo en la ciudad siria de Harrán, conocida por aquel entonces como Helenópolis, no tanto porque en ella hubiera muchos griegos como porque seguía siendo mayoritariamente pagana.

Este ejemplar, único en el mundo, es el que tres siglos más tarde, alrededor del año 700 d.C., fue a parar a las manos del poeta árabe Abdalá Zahr-ad-Din, más conocido como Abdul Alhazred (aunque ésta es una corrupción de su nombre original, debida probablemente a la afición por los juegos de palabras de Lovecraft). Alhazred lo tradujo fielmente al árabe, aunque para los nombres de las estrellas empleó los nombres árabes tradicionales por los que muchas de ellas siguen siendo conocidas en la actualidad. Como muchos copistas de la época, también añadió comentarios de su cosecha en los márgenes, lo que llamaríamos glosas, pero siempre respetando escrupulosamente el texto original. En cuanto al famoso nombre de Cthulhu, no es más que la traducción al dialecto de Harrán (donde se hablaba una lengua propia emparentada con el antiguo caldeo) del nombre romano de la constelación de Cetus, la cual no representaba a una vulgar ballena, como piensan los astrónomos modernos, sino a un dios marino de aspecto monstruoso, adorado antiguamente en la cuenca mediterránea. Alhazred dio a su traducción el título de Almagesto, nombre común a muchos tratados árabes de astronomía, aunque posteriormente sus discípulos se referirían a él con el nombre coloquial de Al-Azif, para diferenciarlo de otros libros con el mismo título, y este es el nombre que terminó imponiéndose en el mundo musulmán, si bien nunca fue una obra muy difundida.

Cómo se convirtió el Astronomicón en el Necronomicón es un misterio, aunque probablemente la corrupción del título se deba a Theodorus Philetas, quien tradujo el libro al griego en el siglo X (hay que recordar que el texto del original, a pesar de su título griego, estaba en latín, siendo el título una concesión de Manilius a la moda helenófila vigente en la época en que fue escrito). Como muchos eruditos bizantinos de la decadencia del imperio, Philetas se caracterizaba por manejar fuentes dudosas y mezclarlas sin escrúpulos. También fue el culpable de confundir a Alhazred, mero copista y glosador, con el autor del libro. Esta es la deficiente versión que más tarde se tradujo al latín medieval en época incierta (Lovecraft se equivoca al decir que Olaus Wormius lo vertió al latín en el siglo XIII, ya que este sabio danés vivió en el siglo XVI). Posteriormente, el célebre John Dee tradujo la versión latina al inglés, pero esta versión es bastante fantasiosa y la menos fiable de todas, ya que el inventivo mago isabelino aportó bastantes cosas de su propia cosecha. Probablemente fue esta la versión a la que tuvo acceso Lovecraft, gracias a la biblioteca de su abuelo, si bien el prudente autor de Providence tuvo buen cuidado de transcribir solo un par de fragmentos del libro en sus historias (aparte de que los empleó libremente, cambiando el texto a su gusto). Hay que aclarar que los otros fragmentos del Necronomicón mencionados por August Derleth, Clark Ashton Smith y otros en sus historias son completamente espurios, salidos de la imaginación de estos autores, como puede observarse claramente al comparar su estilo con el de los fragmentos aportados por Lovecraft.

Pero, dejando a un lado las distintas versiones corruptas del texto de Manilius que llevaron el nombre de Necronomicón, siguieron circulando unos pocos ejemplares árabes del Astronomicón, más fieles al texto original. Circularon siempre en círculos clandestinos de Oriente Medio, especialmente en las comunidades sufíes apartadas de la ortodoxia islámica, que los guardaron como verdaderos tesoros del saber antiguo. Los caballeros templarios que entablaron amistad con los sufíes durante las Cruzadas tuvieron acceso a la versión de Alhazred y volvieron a Europa con varios ejemplares, que tradujeron al latín con mayor fortuna que Olaus Wormius, para su exclusivo uso interno. La Orden del Temple se sirvió del Astronomicón para abrir portales dimensionales y entablar contacto con seres de las estrellas, y esta valiosa herencia (el verdadero tesoro de la orden) fue transmitida posteriormente a los francmasones, cuando los templarios se refugiaron en Escocia tras la caída de su orden. La Orden Teutónica también se hizo con un ejemplar del Astronomicón, robado a sus rivales templarios, y lo introdujo en Transilvania cuando colonizó esta región en el siglo XIII. Este sería el germen de la futura Orden del Dragón, de la que su miembro más célebre fue el infame Vlad Tepes, corrompido por algunos de los pasajes menos recomendables del libro.

Posteriormente, en el siglo XVIII, cuando la masonería perdió de vista su propósito original, volviéndose una especie de club social para la pequeña burguesía, el barón Robert Sinclair, fiel a las viejas tradiciones templarias, se separó de la francmasonería oficial y fundó su propia logia basándose en los preceptos del Astronomicón, la Orden del Saber Estelar. Esta orden, desconocida por la mayoría, operó siempre en la sombra, al margen de los masones oficiales, y continuó sirviéndose del Astronomicón para abrir portales a otros mundos. Al principio solo un círculo restringido formó parte de esta élite, pero la orden creció con el paso del tiempo y no tardaron en surgir disensiones entre sus filas. Víctima de estas rencillas internas, la orden original terminó dividiéndose en multitud de logias más pequeñas, muchas veces enfrentadas entre ellas por el poder. Pero antes de que esto ocurriera, previendo el desastre, el último Gran Maestre de la logia madre tuvo cuidado de esconder el único ejemplar íntegro del Astronomicón que quedaba, y las nuevas logias tuvieron que conformarse con fragmentos del texto original, con lo que ninguna volvió a tener el mismo poder que la logia original. Ahora las logias estelares compiten despiadadamente entre ellas, dedicando todos sus esfuerzos a buscar el último Astronomicón completo. Mientras tanto, el resto del mundo permanece en la ignorancia, sin saber que la Tierra es visitada desde hace tiempo por otros seres procedentes de las estrellas…

Julio Cortázar y Cris

El mismo día en que compro un libro de Cristina Peri Rossi titulado Julio Cortázar y Cris me entero de que la escritora uruguaya ha recibido el Premio Cervantes y veo en la televisión a su editor, residente en la misma ciudad que yo, hablando precisamente de ese libro, a pesar de que se publicó hace ya unos cuantos años. Como dice Peri Rossi en su libro: «yo pensaba que el azar era una de las maneras que tenía el destino de manifestarse.» O como le dice Cortázar en el mismo párrafo, de forma más sencilla: «el azar no existe.»

El libro de Cristina Peri Rossi, en el que recuerda de forma conmovedora su especial relación con Cortázar, me ha impactado profundamente. Su amistad con el escritor argentino me ha recordado en muchos aspectos a mi amistad con una chica que también era una joven y prometedora escritora, y que además era fan de Rayuela (creo que se sentía identificada con la Maga, entre otras cosas). Como ellos, nosotros también vivimos «una relación intensa, llena de complicidades, de humor y de amor, de literatura y de seducción entre dos ciudades» (esto lo estoy copiando de la contraportada, y en nuestro caso las dos ciudades eran Palencia y Valladolid). De hecho, el interés de Cortázar por Cristina Peri Rossi empezó cuando llegó a sus manos un libro de esta autora y vio en su contraportada «tu carita dulce y un poco tristona, tu carita hermosa y tu mirada profunda.» Una descripción que cuadra a la perfección con el rostro de mi amiga, que me atrajo nada más verlo tanto como sus escritos.

Esta similitud entre nuestras relaciones aparece incluso en detalles aparentemente irrelevantes, como cuando Peri Rossi, en un momento dado, le recomienda a Cortázar la película de los Monty Python El sentido de la vida… ¡la misma película que en su día le presté a mi amiga! En el mismo párrafo de esa carta, la uruguaya le dice a Cortázar que cuando vio la película en el cine, sola, no encontró entre los espectadores a nadie con quien identificarse. Frase que repite con insistencia a lo largo de la carta, a modo de revelador estribillo: «Nadie con quien identificarme, he ahí la clave.» Yo tampoco tenía a nadie con quien identificarme, hasta que mi amiga vino a mí preguntándome por El sentido de la vida, que buscaba desesperadamente por todas partes sin dar con él, y yo le dije que lo tenía y se lo podía dar, pero claro, me refería a la película. Los dos, jóvenes inconscientes, ignorábamos que teníamos el sentido de la vida delante de nuestras narices, literalmente. No solo era una cinta de los Monty Python.

Pero sobre todo, Peri Rossi dedica parte de su libro a hablar de los poemas de amor que le escribió Cortázar, descubriéndonos una faceta del autor argentino poco conocida, la de poeta enamorado. Ella no le correspondió (no coincidían en su orientación sexual, bueno, miento, sí coincidían: a los dos les gustaban las mujeres), pero eso no le impidió apreciar los poemas. Y lo que es más importante, siguieron siendo buenos amigos. Estos poemas aparecieron de forma póstuma en el libro de Cortázar Salvo el crepúsculo, que pasó bastante desapercibido en su día, pues como indica la autora en su libro, para los críticos Cortázar es un narrador, no tienen ganas de revisar la clasificación. De la misma forma, yo también le dediqué unos cuantos poemas de amor a mi amiga, y aunque los apreció igualmente (como la uruguaya, se sintió tan emocionada como incómoda en su involuntario papel de musa), tampoco me correspondió, continuando así con una venerable tradición literaria. Intentamos seguir siendo amigos, pero reconozco que no llevé nada bien el rechazo y la fastidié, y nuestra amistad se fue a pique (entonces era un joven impulsivo y descerebrado, como todos los jóvenes; si esto me hubiera pillado con sesenta años, como le pasó a Cortázar, seguramente habría obrado de forma más madura). Intentando salvar algo del naufragio, reuní todos los poemas en un libro, y ese fue el primer libro que publiqué, hace justo diez años, Geografía del corazón, otro poemario que también pasó bastante desapercibido en su momento. En el libro de Peri Rossi, Cortázar, al referirse a sus poemas, habla de pameos y prosemas; en mi libro yo también me inventaba palabros para describir los extraños artefactos que surgían de mi pluma, hablando de geomas (poemas de inspiración geográfica en los que practicaba la rabdomancia ambulatoria, como dicen en Rayuela) y onirogramas (telegramas que se me ocurrían en sueños). «Los mejores poemas nacen de los deseos —amores— insatisfechos», le escribió Peri Rossi a Cortázar en una de sus cartas de respuesta.

Podría seguir con las coincidencias: leyendo este libro, he descubierto que Cortázar era adicto a la literatura de vampiros y alérgico al ajo, lo que le valía las bromas de sus amigos, debido a su juvenil aspecto y a que el argentino solía decir con una enigmática sonrisa: «Soy inmortal» (cuando yo publiqué mi primera novela, El Grial de los Vampiros, también los hubo que me tomaron por un chupasangre, leyenda que fomenté, por supuesto; mi editor incluso llegó a decir en una entrevista que yo era de Transilvania). Peri Rossi relata que un día se llevó un buen susto al entrar en su piso y oír la voz de Cortázar, ya fallecido… pero no era que el conde se hubiera levantado de su tumba, sino un anuncio en el que empleaban su voz (la señora de la limpieza se había dejado la tele puesta). Así mismo, yo también me llevé una buena sorpresa un día al ver a mi amiga en la tele, cuando nuestra relación ya estaba prácticamente muerta y enterrada. Era un reportaje en el que hablaban de las cenas de empresa navideñas al que ni siquiera estaba prestando mucha atención, y de repente ahí estaba ella, comiendo vete tú a saber qué, con cara de no estar disfrutando demasiado de la cena. Los no muertos me parecían más vivos que los comensales que la rodeaban.

En su libro, Cristina Peri Rossi nos proporciona otra revelación muy interesante acerca de Cortázar. El escritor argentino no murió de cáncer, como cree la mayoría, sino por culpa de una transfusión de sangre contaminada con el virus del sida (curiosamente lo mismo de lo que murió otro de nuestros autores favoritos, Isaac Asimov, algo silenciado por los familiares del insigne divulgador científico durante muchos años; me pregunto cuánto tendremos que esperar, en el caso de Cortázar, a que cambie la versión oficial, que por cierto siempre me pareció sospechosa, y cuántos más casos habrá por ahí de los que no se sabe nada). Para rematar, el mismo día que compré el libro de Peri Rossi, también vi en la televisión que en Alemania están peor que nunca desde que empezó la pandemia. Los casos de coronavirus se han disparado. En concreto, los hospitales de la ciudad en la que vive actualmente mi antigua amiga están saturados, al límite de su capacidad. Estoy preocupado por ella, diez años después. Los mismos diez años que ella lleva exiliada fuera de España (otro rasgo que comparte con la uruguaya: el exilio vital).

Cristina Peri Rossi también cuenta los años sin Cortázar, como indican los títulos de los apartados de su libro: «Julio Cortázar, veinte años después», «Veinte años sin Julio», «Carta a Julio, treinta años después»… Como le dice en una carta la uruguaya al argentino (casi iba a escribir «la Maga a Oliveira»): «Cuando dos se separan, uno ya se separó primero, otro no consigue separarse por mucho tiempo y es como si el cuerpo anduviera por un lado y los sentimientos por otro, cosa obvia, por lo demás, a partir de Bergson y de Einstein: ya no podemos creer ni en el espacio ni en el tiempo.»

Pero Cortázar le contesta en una carta posterior: «Pero volverás, de alguna manera, volveremos a vernos. Hay tantas provincias que todavía no hemos explorado en nuestro país conjunto. […] algo me dice que vos y yo venimos ya de una especie de relación anterior, avatares de otra remota amistad que no hará más que continuar, como si siempre nos hubiéramos encontrado en París o en cualquier rincón del mundo.»

Cristina Peri Rossi termina su libro con estas palabras: «Por eso, cualquier día, en cualquier momento, nos volvemos a encontrar, porque yo me sé la fórmula de Einstein y vos sos inmortal, como siempre dijiste.»

El misterio del Tarot Sola-Busca

El Tarot Sola-Busca, también conocido como Tarot Alquimístico o Tarot Iluminado (no tanto por sus ilustraciones como porque su contenido es iluminador), es una de las barajas de tarot más singulares y enigmáticas de todos los tiempos. También es una de las más antiguas, ya que está datada alrededor del año 1500; probablemente fue obra de un grabador veneciano anónimo del Renacimiento. Hasta la fecha, se han encontrado cinco ejemplares de este tarot, pero sólo uno está completo, propiedad de la familia Sola-Busca de Milán.

Son muchos los expertos que han señalado las referencias alquimísticas en este tarot, especialmente evidentes en los arcanos menores de sus palos (oros, copas, bastos, espadas), que parecen representar procesos ligados a la alquimia; pero considero que, debido a esta fascinación por el simbolismo alquímico de los palos, se ha descuidado un tanto el significado que encierran sus Arcanos Mayores, que son los que realmente importan en una baraja de tarot. Estos tienen la singularidad de representar personajes de la Antigüedad, generalmente reyes y guerreros (de ahí que también se lo conozca como Tarot de los Antiguos Condotieros), lo que apoyaría la idea de que fue una baraja concebida con fines didácticos, pero los expertos parece que no han sabido ver más allá de las apariencias… Comparando esta baraja con la clásica del tarot (el Tarot de Marsella), he podido comprobar que cada uno de los Antiguos Condotieros se corresponde con un Arcano Mayor, algo en lo que nadie parece haberse fijado antes, al menos que yo sepa. Es más, la numeración de este tarot no coincide con la numeración clásica del Tarot de Marsella, y a veces varía de una baraja a otra, lo que origina muchas confusiones. Por ello, algunas correspondencias no están tan claras como otras, pero en este artículo me dispongo a arrojar algo de luz sobre este misterio, que parece que nadie se ha atrevido a elucidar con anterioridad. Seguiré el orden del Tarot clásico, para que resulte más claro a aquellos familiarizados con sus arcanos.

El Mago: en el Tarot Sola-Busca, el arcano número I, el del Mago, corresponde a un tal Panfilio. Es interesante el nombre de este personaje, que podría traducirse libremente del griego como Amante de todo. Me parece un nombre simbólico de lo más evidente, ya que el Mago es realmente el amante de todo, y como primer arcano de la baraja, es aquel que inicia la búsqueda del conocimiento, de ahí que la carta represente a Panfilio andando. Además, el curioso tocado de Panfilio recuerda hasta cierto punto al del Mago. Este es uno de los pocos arcanos del Tarot Sola-Busca cuya numeración coincide con la del Tarot de Marsella, por lo que no representa ningún problema para aquel que, como el Mago, quiere iniciar la senda del conocimiento… Pero luego la cosa se complica.

La Sacerdotisa: el Tarot Sola-Busca tiene otra singularidad, y es que en sus Arcanos Mayores no hay figuras femeninas (aunque sí las hay en los palos, como las Reinas), por lo que en un principio resulta complicado identificar a la Sacerdotisa con alguno de los Antiguos Condotieros. Pero complicado no significa imposible, y cuando se trata con la alquimia las apariencias siempre engañan y lo masculino fácilmente deviene femenino… En mi opinión, en el Tarot Sola-Busca la Sacerdotisa es el arcano XV, Metelo. ¿En qué me baso para esta identificación? Básicamente, en dos cosas: a la Sacerdotisa siempre se la representa sentada y flanqueada por columnas. Las dos características encajan con Metelo, y no con ningún otro de los Antiguos Condotieros.

La Emperatriz: otra figura femenina que resulta problemática de identificar en el Tarot Sola-Busca. Mi opinión es que se trata del arcano número XI, Tulio. A la Emperatriz siempre se la representa con un escudo de gran tamaño, como el de Tulio; y el cetro que suele portar la Emperatriz, en el caso de Tulio se transforma en antorcha gigante, como si quisiera iluminarnos. Pero la pista más importante es el casco verde que cubre su cabeza, parecido a la hoja de un árbol, ya que la Emperatriz es una figura asociada a la naturaleza y la fertilidad, a la que se suele representar embarazada. Es llamativo que en esta baraja, Tulio aparezca de espaldas, ocultando su barriga…

El Emperador: el Tarot Sola-Busca está lleno de reyes y emperadores, pero hay uno con aspecto más regio que los demás, el arcano XIX, Sabino. Su iconografía es la clásica del Emperador: una gran barba patriarcal, una corona, un cetro… Además, detalle importante: aparece en primer plano, rebasando el marco, destacando sobre los demás reyes de la baraja. Su solidez se agradece, después de la incertidumbre que envuelve a la Sacerdotisa y a la Emperatriz en esta baraja.

El Hierofante: este arcano, también conocido como el Papa o el Sumo Sacerdote, en el Tarot Sola-Busca sería el arcano IX, Falco. Las similitudes con el Hierofante son evidentes, empezando por la gran barba patriarcal. Si el Hierofante lleva mitra y báculo, Falco lleva corona y cetro, pero vienen a ser lo mismo. Además, en esta carta Falco aparece de rodillas y mirando al cielo, como si rezara…

El Enamorado: en el Tarot Sola-Busca este arcano tiene el mismo número que en el Tarot clásico, ya que es el VI, apropiadamente llamado Sesto. Es el único condotiero de la baraja representado como un joven imberbe, como el Enamorado, y por la expresión de su rostro y su cabeza inclinada se le supone que es precisamente víctima de una gran pasión. Otro detalle interesante de la iconografía de este personaje son sus pies alados, como los de Eros…

El Carro: otro arcano cuyo número coincide con el del Tarot clásico, ya que es el VII, Deotauro. En ambos aparece un rey montado en un carro y portando un cetro, por lo que no necesita más explicaciones. Es interesante el nombre que se le da a este personaje, Deotauro (dios toro), ya que el Carro representa el control de la mente humana sobre las pasiones animales y el instinto.

La Justicia: en el Tarot Sola-Busca este arcano es el número V, Catulo. Si el nombre hace referencia al famoso poeta romano, ignoro qué tiene que ver con la justicia (¿justicia poética, tal vez?), pero su iconografía es la misma, ya que el personaje porta una especie de balanza.

El Ermitaño: al principio pensé que en el Tarot Sola-Busca este arcano se correspondía con el número XII, Carbone, cuya iconografía es prácticamente la misma, pero luego lo descarté en favor de otro condotiero de esta baraja que también parece un ermitaño, el número XVIII, Lentulo. Como el Ermitaño, este personaje es un anciano barbudo que porta una linterna en busca del conocimiento, y tiene el mismo aire ensimismado y solitario.

La Rueda de la Fortuna: otro arcano cuyo número (X) es el mismo en el Tarot Sola-Busca, donde es representado por un tal Venturio. Es significativo el nombre de este personaje, que hace referencia precisamente a la ventura o fortuna. Además, el escudo que lleva a la espalda podría considerarse una representación de la Rueda, pues uno carga con su propio destino…

La Fuerza: este arcano sería en el Tarot Sola-Busca el número VIII, Nerón, al que se muestra arrojando un bebé a las llamas, en referencia a su supuesta responsabilidad en el incendio de Roma. La postura del personaje es muy parecida a la que suele mostrar la Fuerza, a la que se representa en muchos tarots abriendo las fauces de un león con las dos manos. Curiosamente, en el Tarot de Marsella el arcano número VIII es la Justicia, exactamente lo opuesto a la Fuerza de Nerón.

El Colgado: este enigmático arcano suele representar a un hombre colgado cabeza abajo de un árbol, por lo que su equivalente más probable en el Tarot Sola-Busca sería el condotiero número IV, Mario (Cayo Mario, el tío de Julio César), representado como un gigante apoyado en un árbol. Este gigante sería el hombre que se ha transformado en un hombre nuevo al entrar en contacto con las raíces de la tierra.

La Muerte: este arcano es fácil de identificar en el Tarot Sola-Busca. Sería el condotiero número II, apropiadamente llamado Postumio, en referencia a lo póstumo, lo que viene después de la muerte. Si nos fijamos bien en la carta, veremos que este personaje no tiene rostro (lo oculta, como Hades, el Invisible, de la misma forma que la Muerte es el único arcano del tarot cuyo nombre no se muestra en su carta correspondiente), y aparece al fondo una calavera, pista importante. Además, de la punta de su temible espada brotan hojas nuevas, pues la muerte implica siempre renovación, el fin de un ciclo y el resurgimiento de otro…

La Templanza: este arcano suele mostrar a una doncella o un ángel que vierte agua de un recipiente a otro (bien una jarra o bien un cáliz), por lo que en el Tarot Sola-Busca sería el condotiero número III, Lenpio (¿limpio?), a cuyos pies se muestra un recipiente semejante a una pila bautismal conteniendo un líquido rojo, que bien podría ser la sangre del Santo Grial.

El Diablo: este arcano también es fácil de identificar en el Tarot Sola-Busca. Al Diablo siempre le delatan sus cartilaginosas alas de murciélago, en todos los tarots. Lo curioso del personaje es que en esta baraja lleva hábito de monje y aparentemente está rezándole a un ídolo alado (¿señal de que quiere recuperar la gracia divina?), una imagen de lo más herética. Además, el nombre que se le da en este tarot, Ipeo, es parecido al de Ipes, uno de los demonios de la Clavícula de Salomón, príncipe del infierno.

La Torre: este arcano sería en el Tarot Sola-Busca el número XX, Nenbroto (el nombre latino de Nemrod, el constructor de la Torre de Babel). Como en el arcano clásico, muestra una torre siendo destruida por un rayo divino. Lo curioso es que en este tarot tenga el número XX, que en el Tarot de Marsella corresponde al Juicio Final…

La Estrella: la única carta del Tarot Sola-Busca que muestra una estrella en el cielo es la número XIII, Catone. Supongo que este Catone es Catón de Útica, el biznieto de Catón el Viejo, héroe romano con fama de incorruptible, quien mantuvo una defensa imposible de la ciudad de Útica (la Estrella siempre simboliza la Esperanza).

La Luna: la única carta del Tarot Sola-Busca que muestra una luna en el cielo es la número XII, Carbone. Además, este personaje también porta un carcaj y un arco, atributos clásicos de la diosa lunar Artemisa/Diana. Aunque, por otra parte, el viejo Carbone también tiene mucho del Ermitaño, con su lámpara, su cayado y su larga barba. ¿Nos querrá indicar el autor del grabado que la luna también es guía de la sabiduría?

El Sol: la única carta del Tarot Sola-Busca que muestra un sol en el cielo es la número XVI, Olivo. Es un sol triunfante, el sol de los alquimistas, que indica iluminación y transformación espiritual. El olivo, además, es símbolo de inmortalidad, por ser un árbol especialmente longevo. El águila a los pies del personaje es un animal solar, trasunto del ave fénix que renace de sus cenizas.

El Juicio: este arcano sería en el Tarot Sola-Busca el número XIV, Bocho (o bien Bacho, el dios, pues si nos fijamos atentamente, la O rodea una A en el rótulo con su nombre). Este personaje comparte postura con las personas que se levantan de sus tumbas en la carta del Juicio: está mirando hacia arriba, al Cielo; de hecho, está incorporándose de la tierra, apoyándose en su escudo. Simboliza transformación y liberación de lo material, un cambio total en la vida de una persona.

El Mundo: este arcano tiene el mismo número tanto en el Tarot de Marsella como en el Tarot Sola-Busca, el XXI. Aquí es Nabucodonosor, el soberano del orbe. El dragón que aparece sobre el globo es un símbolo alquímico, guardián del tesoro. El Mundo lo engloba todo: es el Cosmos dentro de uno mismo.

El Loco: y por último, el arcano sin número. Es de los pocos que se muestra tal cual es en el Tarot Sola-Busca, ya que el Loco es símbolo de inocencia, es incapaz de adoptar otro papel. En las barajas vulgares de naipes su equivalente es el comodín, el Joker. Es un reflejo del que todavía no está familiarizado con los secretos del Tarot y no sabe de qué va el juego (los demás arcanos serían las distintas etapas por las que pasa este personaje a lo largo de su camino iniciático).

El Decamerón Negro

La primera vez que oí hablar de El Decamerón Negro de Leo Frobenius, siendo un adolescente, creí que se trataba de un grimorio maldito. Con ese título y ese nombre de autor, me imaginaba una especie de Necronomicón, sólo que de verdad. Luego vino la decepción, al descubrir que en realidad era una simple recopilación de cuentos tradicionales africanos (Leo Frobenius era etnólogo, no un misterioso ocultista del siglo XV). No es que menosprecie el folklore africano, pero claro, yo me había esperado algo completamente distinto.

En cuanto a El Decamerón original, también tiene algo de decepcionante, digan lo que digan algunos de este clásico de la literatura. Cuando supe que Boccaccio escribió y ambientó su obra en tiempos de la peste negra, pensé que sería un libro profundo y metafísico que abordaría el tema de la muerte sin tapujos, un poco al estilo de la Divina Comedia de Dante, pero nada más lejos de la realidad. Descubrí que era exactamente todo lo contrario, un libro frívolo cuyos personajes se esfuerzan todo lo posible por evadirse de la terrible realidad que les rodea contándose historias en general bastante intrascendentes (se supone que cómicas), como supuesta reafirmación de la vida. En ese sentido, Dante es más valiente en su Divina Comedia, y por ello superior a Boccaccio. No duda en bajar a los infiernos cuando la ocasión lo requiere.

Ahora bien, predigo que a raíz de la pandemia que estamos sufriendo actualmente (llámesela coronavirus, Covid-19 o como demonios se quiera) se escribirán muchos Decamerones, bestsellers inanes concebidos como celebración de la vida, igualmente decepcionantes, porque ninguno se atreverá a afrontar el misterio supremo. Serán en cierto modo como La cara del miedo, otro título prometedor de otro Frobenius engañoso, Nikolaj Frobenius, que se limitó a escribir una novelucha de dudoso gusto sobre la muerte de Edgar Allan Poe, convirtiéndola en un morboso crimen de la calle Morgue. Nadie se atreve a encararse de verdad con el miedo, sólo se escriben pastiches para distraernos y que no pensemos demasiado en la muerte, la de verdad. Pero claro que el miedo tiene cara: es la nuestra cuando nos miramos al espejo por las mañanas.

Estas decepciones me vienen de lejos. Cuando en el instituto me dijeron que una compañera de clase con fama de ser un bicho raro escribía textos sombríos en los que reflexionaba acerca de nuestra condición mortal, me enamoré platónicamente (casi diría que inevitablemente) de esta Dama Oscura, en la que veía encarnada la solución a mi angustia adolescente. Pero cuando leí sus relatos en la revista del instituto resultaron decepcionantes, torpes, de moraleja fácil y con tendencia al sermón. Ella misma también resultó decepcionante como persona, cuando intenté ser su amigo. Observé esa misma tendencia a pontificar y soltar rollos espantosos que había visto en sus cuentos, aunque lo compensaba con cierto sentido del humor. Fue tan sólo el primero de una serie de desengaños.

El libro de la muerte (aquel libro misterioso que buscaba en sueños, que explicaba el sentido de la muerte y de la vida, según relato en mi artículo anterior en este blog) está por escribirse, como El Decamerón Negro concebido por mi imaginación. En última instancia, cualquier escrito sobre la muerte es decepcionante, porque lo ha escrito un ser vivo, es decir, alguien que no tiene ni idea del asunto. Lo ideal sería un libro escrito por un vampiro, pero dicen que no existen… O mejor aún, un libro escrito por la propia Muerte (aunque probablemente ese libro sólo podrá leerse en el más allá). Sólo la muerte no decepciona: siempre cumple con lo que promete.

El libro de la muerte

El mismo día que recibí por correo unos ejemplares de mi novela La Torre de Papel, soñé con un libro. Nunca me había pasado antes, eso de soñar con un libro. He soñado historias enteras que luego he trasladado al papel (así me ocurrió con La Torre de Papel, por ejemplo), pero creo que esa fue la primera vez que soñé con un libro como tal, por lo menos que yo recuerde. El sueño empezaba conmigo en la biblioteca pública, en bata y zapatillas, como si me hubiera quedado a vivir ahí. Me tiraba todo el día allí dentro, buscando la VERDAD entre los libros, sin encontrarla (algo bastante similar a la realidad). Cuando llegaba la hora de cierre y me negaba a salir, los vigilantes se veían obligados a echarme como a un vagabundo cualquiera, pero siempre volvía al día siguiente y seguía buscando como un pirado obsesivo. La gente empezaba a hablar de mí, claro. Muchos creían que había perdido definitivamente el norte, pero también se rumoreaba que tal vez había dado con algo importante que nadie más sabía y que era eso lo que me había trastornado la cabeza. Un día, al volver desalentado a casa, me encontré a unos adolescentes acampados delante de mi puerta. Estaban esperándome porque querían que compartiera con ellos mi supuesta sabiduría, dispuestos a seguirme hasta el fin del mundo como si yo fuera un profeta o algo así. Yo me veía obligado a decepcionarlos confesándoles que estaba tan perdido como ellos y les echaba de ahí, aunque algunos incluso se ofrecieran a hacerme la cena (los sueños siempre tienen detalles graciosos como estos).

Finalmente, un día descubrí lo que estaba buscando, al dar en mis vagabundeos con una pequeña biblioteca municipal que parecía olvidada por todos. Dentro tenían libros muy raros y más parecía una librería de viejo que una biblioteca. Me llamó la atención uno en especial, un libro negro de gran tamaño en la estantería más alta, que parecía colocado de tal forma que nadie pudiera llegar hasta él. La cubierta mostraba una versión particular del cuadro La muerte besando a la doncella, de Hans Baldung (nunca deja de maravillarme lo detallistas que pueden llegar a ser mis sueños). El título resplandecía con grandes letras góticas: El libro de la muerte. Sin abrirlo siquiera, supe al instante que era lo que estaba buscando, con esa certeza que sólo se da en los sueños. Y también supe de qué trataba: era el único libro en el mundo que de verdad explicaba con conocimiento de causa lo que ocurría después de la muerte, en vez de limitarse a hacer suposiciones o fabricar falsas esperanzas, y al explicar la muerte, también explicaba la vida, desvelando su secreto. Por supuesto intenté llevármelo, pero las bibliotecarias, que parecían las tres Parcas, me dijeron que no se podía ceder en préstamo y que además no era un libro para todo el mundo, como si sólo un iniciado tuviera derecho a conocer ciertos secretos. Irritado por su actitud de urracas francmasónicas, no di mi brazo a torcer y me mostré tozudo como una mula, hasta que, para mi propia sorpresa, conseguí que cedieran y me dejaran el libro. ¡Por fin estaba en posesión de la VERDAD!

Pero fue justo entonces cuando me desperté de mi sueño con las manos vacías. El libro, por supuesto, no estaba por ninguna parte, únicamente en mi cabeza. Pensé que siempre podría imaginarme su contenido y escribirlo yo, o mejor aún, escribir el libro sobre la búsqueda de ese libro, porque el viaje siempre es más interesante que la meta. Las Parcas tal vez me hicieron un favor al despertarme, mostrándome que el misterio de la vida se revela viviéndola y no con la nariz enterrada en libros polvorientos. Pero El libro de la muerte no es un libro cerrado y cualquiera puede atisbar su contenido en sus sueños, aunque sea por unos breves instantes, pues estoy convencido de que los sueños también son una forma de acceder al más allá y prepararnos para lo que nos espera en la otra vida…

Weird Tales, única en su género

Hacía tiempo que no escribía una reseña literaria, pero creo que esta ocasión lo merece. Por fin he conseguido hacerme con dos antologías de la mítica revista Weird Tales, editadas por la Biblioteca del Laberinto. Sí, señores, Weird Tales, la que se anunciaba modestamente como The Unique Magazine. ¡El Santo Grial del Pulp! En estas páginas están los sospechosos habituales del Círculo de Lovecraft (Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, Robert Bloch, Henry Kuttner, E. Hoffman Price y August Derleth), y también el mismísimo maestro de Providence, con su famoso relato Dagón, que fue el primero que apareció en la revista firmado con su nombre. El lector también podrá encontrar aquí a otros maestros del pulp, como el prolífico Seabury Quinn, el verdadero buque insignia de la revista, o el visionario Edmond Hamilton, pionero de la ciencia ficción. Pero también hay espacio para autores prácticamente desconocidos por estos lares, como H.F. Arnold, John Martin Leahy, G.G. Pendarves o Nictzin Dyalhis. Voy a detenerme primero en estos últimos, porque es con ellos con los que me he llevado las sorpresas más gratificantes. Leyéndolos, uno tiene la sensación de que Lovecraft no era precisamente un rara avis en Weird Tales

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De todos los relatos que aparecieron en Weird Tales, Despacho nocturno, de H.F. Arnold, era uno de los favoritos de Lovecraft, y al leerlo uno entiende por qué, con esa misteriosa ciudad de Xebico que una noche se ve envuelta por una niebla maligna procedente de no sé sabe dónde… Un relato impactante, de los que ponen los pelos de punta, con una atmósfera muy conseguida y un desarrollo brillante que atrapa al lector por completo. Puedo asegurar que su final, y todo el cuento en general, se quedará grabado en el cerebro de cualquiera que lo lea.

Bajo la tienda de Amundsen, de John Martin Leahy, fue una clara inspiración para Lovecraft, pues trata sobre una expedición a la Antártida que acaba de forma desastrosa… ¿os suena de algo? Creo que la palabra que más se repite en el relato es locura, por si necesitáis más pistas. Para mí está claro que esta escalofriante y sugestiva historia, más que la siempre citada La narración de Arthur Gordon Pym de Poe, fue la inspiración directa de En las montañas de la locura, publicada ocho años después y en otra revista. El mismo Lovecraft confesaba su admiración por este relato, aunque en algunos momentos da la impresión de que podría estar mejor escrito (a no ser que Leahy lo escribiera de forma embrollada deliberadamente, como un reflejo del precario equilibrio mental del narrador…).

Las mujeres también escribían en Weird Tales, en una época en que no había muchas mujeres escritoras. Llama la atención la ausencia en estas antologías de Catherine L. Moore, una de las grandes damas del pulp, que publicó muchas de sus historias en Weird Tales, aunque esta inexplicable ausencia la suplen con creces dos autoras que en nuestro país son prácticamente unas desconocidas: G.G. Pendarves y Mary Elizabeth Counselman. El octavo hombre verde de Pendarves es una pieza brillante del horror rural, con esa posada infernal a la que van a parar unos incautos excursionistas. ¿Dónde se encuentra ese lugar maldito? En Nueva Inglaterra, por supuesto. Counselman, por su parte, nos ofrece un cuento de fantasmas más que aceptable, titulado Mami (con ese título, supongo que ya os imagináis por dónde van los tiros).

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En el campo de la más pura fantasía destaca La diosa de zafiro de Nictzin Dyalhis, una historia de espada y brujería ambientada en un universo alternativo, llena de magos, demonios y princesas seductoras, con un desarrollo trepidante. Nictzin Dyalhis es un pequeño misterio en sí mismo, ya que no se sabe prácticamente nada de este autor, que no se prodigó demasiado (sólo publicó ocho cuentos en Weird Tales antes de desaparecer de la escena). Muchos pensaron en su día que su extraño nombre era un pseudónimo, pero L. Sprague de Camp afirmó en una ocasión que le había conocido y que realmente se llamaba así. Según él, era un arqueólogo que escribía en sus ratos libres, y Dyalhis sería un apellido de origen galés (aunque tengo comprobado que las afirmaciones de De Camp, un tipo con un curioso sentido del humor, siempre hay que cogerlas con pinzas).

Entre las abundantes contribuciones del Círculo de Lovecraft, destacaría El horror de las colinas de Frank Belknap Long, una novela corta dedicada al horripilante Chaugnar Faugn, repleta de ideas geniales, curiosas teorías científicas y giros sorprendentes. El bueno de Belknapius puso toda la carne en el asador en esta extensa historia, que se publicó por partes en dos números consecutivos, a principios de 1931. Además, uno de sus capítulos, ambientado en la Hispania romana, está basado en una carta de Lovecraft, en la que el de Providence relataba una pesadilla que había tenido. Lovecraft le dio su permiso a Belknapius para incluir su sueño en la historia y el resultado es un horror cósmico de alcance global.

También es destacable el relato Hydra, de Henry Kuttner, con su concepción de un monstruo procedente de otra dimensión que vampiriza cerebros humanos. En este extraordinario relato, además de un monstruo memorable, Kuttner aporta sus propios grimorios malditos, mucho menos conocidos que el infame Necronomicón, pero con títulos igualmente intrigantes: el Ritual Chhaya, el Libro de Karnak, el monstruoso Syxtistone o el blasfemo Llaves Antiguas (aunque el desencadenante de todo el horror es un panfleto clandestino cuya existencia desconoce la mayoría de la gente, titulado De la proyección del alma). Moraleja de esta historia: no es buena idea hacer un viaje astral si uno no sabe dónde se mete…

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Los relatos de R.E. Howard y Clark Ashton Smith tienen en común su ambientación en el África misteriosa. Es interesante comparar las distintas actitudes de los narradores de estos dos relatos, pues creo que son sumamente representativas de las personalidades de sus autores, diametralmente opuestas. Mientras que el protagonista de La hiena, el relato de Howard, se muestra claramente racista (su actitud frente a los nativos y algunas de sus afirmaciones provocan vergüenza ajena, la verdad), el narrador de La Venus de Azombeii no podría ser más distinto, pues se enamora perdidamente de una nativa y vive una tórrida historia de amor con ella. Aunque curiosamente, los dos relatos muestran el mismo tipo de villano: brujos movidos por los celos, dispuestos a cualquier cosa para quitar a sus rivales sentimentales de en medio.

El siempre eficaz Robert Bloch, otro integrante del Círculo de Lovecraft, es representado por uno de sus relatos más conocidos, Esclavo de las llamas. La historia de Bloch, especialista en trastornados de todo tipo (no en vano estamos hablando del autor de Psicosis), está protagonizada por pirómanos que prenden fuego a las ciudades como sacrificio a Melek Taus, para así obtener la juventud eterna. Sí, tan demencial como suena. Por cierto, esta joya también la podéis encontrar en una antología de relatos de Bloch publicada por Valdemar, El que abre el camino (algunos consideran que es el mejor relato de toda la antología).

Por su parte, Edmond Hamilton, el legendario pionero de la ciencia ficción, aporta nada menos que tres historias (aunque creo que con una habría sido suficiente, sinceramente). Parece ser que este hombre fue el primer autor al que se le ocurrió escribir sobre naves interestelares y patrullas espaciales, cuando todavía no había ni siquiera revistas especializadas de ciencia ficción (de ahí que empezara en Weird Tales), y sólo por eso ya se merece un puesto de honor en la historia de la literatura. Sus historias son puro space opera, y los nombres de sus personajes, de hecho, tienen una sonoridad muy característica y parecen sacados de alguna película de Star Wars (Jan Tor, Hal Kur, Sarto Sen, Mur Dak… vamos, sólo falta Han Solo). De las tres historias recogidas aquí destacaría, por lo original de su planteamiento, El vengador de la Atlántida, una curiosa fantasía histórica sobre el último de los atlantes, que se reencarna a través de los siglos para vengar el terrible destino de sus compatriotas…

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También era inevitable encontrar en estas páginas un caso de Jules de Grandin, el legendario investigador de lo sobrenatural creado por Seabury Quinn, el escritor más publicado en Weird Tales. Se trata de La maldición de los Phipps, un relato sobre maldiciones familiares y mujeres enterradas vivas, vamos, la clase de historia morbosa y demencial que sólo habría podido aparecer en una revista como Weird Tales. Me pregunto si Quinn se inspiró en su oficio para este relato, pues por lo visto ejerció la abogacía forense y llegó a ser editor de una revista del gremio de enterradores. Algunos incluso aseguran que fue embalsamador de cadáveres (¡!). Para los que quieran saber qué aspecto tenía Jules de Grandin, diré que este relato es el único que cuenta con ilustraciones interiores, cortesía del gran Virgil Finlay. Además, La maldición de los Phipps se ganó la portada del número de enero de 1930, pues Seabury Quinn siempre fue una de las grandes bazas de Weird Tales.

Pero no hay que olvidar que en el pulp también ha habido siempre mucha morralla, incluso en sus años dorados. Entre los relatos más olvidables recogidos en estas antologías (que los hay), podemos citar El regreso de Sarah de August Derleth (un cuento de fantasmas muy en su línea, o sea, completamente anodino), El regalo del rajá de E. Hoffman Price (una historia de ambientación oriental en la que el elemento fantástico brilla por su ausencia), La casa del éxtasis de Ralph Milne Farley (relato intrascendente y lleno de tópicos en el que el villano de opereta es un enano jorobado y lascivo con poderes hipnóticos), El juez supremo de J. Paul Suter (una sátira de ambientación inglesa que no pega con el resto, más propia de Dickens) y El cerebro en el frasco, una colaboración de Richard F. Searight y Norman Elwood Hammerstrom (una tópica historia de científicos locos nazis, ¡con la absurda particularidad de estar ambientada en la Primera Guerra Mundial!). Tal vez habría sido mejor, en vez de meter este material de relleno, incluir relatos de escritores mucho mejores que también publicaron en Weird Tales, como C.L. Moore, Fredric Brown, Manly Wade Wellman o Ray Bradbury (sí, también él empezó en la mítica revista), pero a lo mejor había problemas de derechos de autor, no lo sé. Y ya se sabe, nunca llueve a gusto de todos…

La Tigresa, de David H. Keller, es uno de esos relatos que algunos podrían considerar una obra maestra de la fantasía más oscura, y otros simplemente un bodrio de muy mal gusto, dependiendo de cada cual (en mi caso, lo primero). Keller fue un autor que publicó bastante en Weird Tales, y también tuvo una carrera paralela en Europa, curiosamente. La Tigresa está ambientada en el viejo continente, precisamente, y el título hace referencia a la femme fatale que aparece en ella, quien podría figurar por méritos propios en un ranking de las diez mujeres más malvadas del pulp. Si os contara el argumento, no os lo creeríais, de lo demencial que es. Hoy probablemente serían muchos los mojigatos que se sentirían ofendidos por su premisa y dirían que es políticamente incorrecto, como poco. Os dejo la portada, con la que creo que os podéis hacer una idea… Creo que es representativa de la clase de delirios y oscuras fantasías que uno podía encontrarse únicamente en Weird Tales, con razón llamada The Unique Magazine.

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Cuentos

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Acabo de caer en la cuenta de que la mayoría de mis escritores favoritos son, básicamente, autores de relatos: Lovecraft, Borges, Poe, Dunsany, Clark Ashton Smith… Aunque también me gustan las novelas, en general disfruto más leyendo historias cortas. Últimamente me cuesta encontrar, no ya novelas que me gusten (de esas tan absorbentes que no puedes dejarlas hasta llegar a la última página), sino novelas mínimamente interesantes (de esas que consigues terminar). Ahora todo son sagas interminables, best-sellers de tropecientas páginas, historias inanes alargadas hasta el infinito que no llevan a ninguna parte… La verdad es que nunca he soportado los novelones, y cuando son novelones con pretensiones, menos todavía. Guerra y paz, La montaña mágica, Ulises, Rayuela, todos esos ladrillos que se supone que son clásicos sólo porque alguien lo ha decidido así… Con toda tu buena voluntad, te chupas cientos de páginas aburridas preguntándote cuándo va a venir lo bueno, y la mayoría de las veces, cuando llegas a la última descubres que el autor ni siquiera sabe escribir un final en condiciones (cuántos finales decepcionantes, apresurados y chapuceros he tenido que leer en mi vida, como si el propio autor, harto de su penosa historia, no supiera cómo terminarla de una vez).

A todos ellos se les olvida una regla muy sencilla: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Por eso siempre he preferido El hobbit a El señor de los ladrillos, los cuentos de Asimov a su enésima secuela insulsa de la Fundación, las Novelas ejemplares de Cervantes al Quijote (el cual habría quedado mejor si su autor no se hubiera visto forzado a escribir el segundo volumen, francamente). Yo mismo me olvidé de esa regla tan básica al escribir una secuela totalmente innecesaria y alargada hasta lo absurdo de mi novela El Grial de los Vampiros, pero cuando se me pasó la tontería me di cuenta de que era un folletín rocambolesco al que le sobraba casi todo, y por eso continúa inédito y permanecerá así por siempre jamás.

Desde entonces he aprendido la lección. En la última antología de relatos en la que he participado, Libros malditos, mi cuento es el más corto de todos, apenas cuatro páginas, y rizando el rizo, en él doy un montón de títulos de libros que ni siquiera me he molestado en escribir, prefiriendo que la imaginación del lector haga el resto. Más minimalista imposible, diréis. Pero todavía se puede ir más lejos. Un día, simplemente, dejaré de escribir. Sólo publicaré microrrelatos sin palabras. Los reuniré todos en un libro de tropecientas páginas (todas en blanco) y lo llamaré La esencia del ser. Será mi mayor obra de arte.

La Torre de Papel

La Torre de Papel es una biblioteca de bolsillo. Un libro que contiene todos los libros. Una confusión de lenguas, una mezcla disparatada de frases de mi propia cosecha y frases de otros autores. Pongo voz a los muertos, dejando que revivan con sus propias palabras. Se supone que es una novela —o algo así— pero está plagada de poemas, caligramas, boletines de noticias absurdas y definiciones sacadas de diccionarios malditos. Trasciende todos los géneros literarios, porque los abarca todos. Es la pesadilla de un crítico —tal vez por eso ninguno se ha animado a reseñarla todavía— y el sueño húmedo de un bibliófilo. Es el libro que nunca se atrevió a escribir Borges, la anti-Rayuela que se ríe de Cortázar. Es la novela hipertextual llevada al paroxismo, la metaliteratura como metralleta. Es un acto de sabotaje cultural, un atentado contra los clásicos de la literatura universal. Un suicidio comercial, la antítesis de un best-seller. Ninguna editorial decente se atrevería a publicarlo, así que lo publico yo. Por ahora sólo está disponible en español, pero sus páginas contienen obras de escritores franceses, italianos, alemanes, rusos, ingleses, irlandeses, estadounidenses, judíos, polacos, japoneses… Lo podéis comprar desde cualquier parte del mundo —bueno, a lo mejor desde Corea del Norte no— y por supuesto está disponible en papel, que por algo se llama así. Si fueras un mensajero de Amazon y naufragaras en una isla desierta con un cargamento de ejemplares de La Torre de Papel, no necesitarías más libros. Pronto sustituirá a los libros de texto en las clases de literatura, ¡y los chavales se lo pasarán mejor que con el Quijote!

Podéis haceros con el libro en Amazon, en papel o en versión kindle, pinchando aquí: https://www.amazon.es/dp/1792954328

Viaje al corazón de la narrativa

Los libros de viajes son un género en sí mismo, ya desde los tiempos de Estrabón, gran viajero de la antigüedad que se dedicó a escribir sobre los distintos países que visitaba. Los suele escribir el autor de marras basándose en algún viaje personal que ha realizado, para plasmar sus experiencias y describir los lugares que ha visitado. Un ejemplo excelente sería El Danubio de Claudio Magris, por citar sólo uno de los títulos más conocidos y recomendables de este género. En muchas bibliotecas públicas los libros de viajes tienen su propia sección, y en mi ciudad incluso hubo una librería dedicada exclusivamente a esta clase de libros (sólo duró un par de años, lo cual me pareció muy significativo). También es cierto que más de uno los confunde con las guías turísticas en estos tiempos en los que viajar está de moda y que el género se ha devaluado un tanto. Pero aquí voy a tratar solamente de los viajes en la literatura de ficción. Como veremos, su suerte ha sido muy distinta.

Durante gran parte de la historia de la literatura, ésta ha consistido básicamente en narraciones de viajes. Si nos fijamos, muchas de las grandes obras de la literatura universal hablan de viajes: La Odisea de Homero, Las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, La Eneida de Virgilio, La Divina Comedia de Dante, Don Quijote de la Mancha de Cervantes, Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift o Moby Dick de Herman Melville… Todas son obras en las que el protagonista emprende un viaje, que en el fondo siempre es un viaje en busca de sí mismo, un viaje iniciático que le transforma.

Hay casos extremos, en los que el autor es igual de aventurero que el personaje de su obra. Es, por ejemplo, el caso del polaco Jan Potocki, que se recorrió medio mundo. A pesar de ser polaco, escribió en francés su genial Manuscrito encontrado en Zaragoza, hizo al viajero protagonista de origen flamenco, ambientó el libro en una España fantástica que parece sacada de Las mil y una noches (aunque también hay partes ambientadas en Italia, pues la obra contiene historias dentro de otras historias) y lo publicó en Rusia. ¡Casi nada!

Pero todo eso cambia radicalmente con la llegada de la Revolución Industrial, lo cual no deja de resultar llamativo. De repente, dejan de escribirse grandes obras de ficción sobre viajes, casi por completo. Como si el hombre fuera incapaz, no ya de encontrarse a sí mismo, sino tan siquiera de buscarse. Es cierto que para entonces ya se han cartografiado todos los continentes del mundo y que parece que ya no quedan tierras por descubrir… ¿pero es ésa la razón de ese extraño parón literario? ¿O habría que buscar la verdadera razón en el cambio sufrido por el hombre mismo?

En la Inglaterra victoriana, la literatura considerada seria, cuyo máximo exponente sería la obra del popular Charles Dickens, critica la vida en las grandes urbes industriales en novelas crudamente realistas como Oliver Twist. Los viajes quedan circunscritos a la literatura infantil (Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll) o a las novelas de aventuras (Las minas del rey Salomón de Henry Rider Haggard, que aprovecha para ensalzar las bondades del Imperio Británico en sus colonias de África). El escocés R.L. Stevenson, todo un aventurero, dio con la fórmula perfecta: novelas de aventuras que también serían devoradas por los niños, como La isla del tesoro. Pero se trata de una novela ambientada en un pasado idealizado, pues Stevenson era muy consciente de que en su época ya empezaba a ser complicado correr aventuras de verdad, aunque él murió intentándolo, allá en las islas Samoa.

En Francia, tres cuartos de lo mismo. Un país que dio narraciones de viajes tan increíbles como El otro mundo o los estados e imperios de la Luna de Cyrano de Bergerac, una genial obra satírica, en el siglo XIX no se sale de las calles de París, literariamente hablando. Émile Zola inventa la novela naturalista, que también critica duramente la sociedad industrial (aunque me temo que su obra no ha envejecido muy bien), y Huysmans escribe la primera novela moderna protagonizada por un urbanita alienado, la notable A contrapelo. Los viajes prácticamente quedan reducidos a la obra de Julio Verne, el padre de la ciencia ficción. Todas sus novelas son libros de viajes: La vuelta al mundo en ochenta días, Viaje al centro de la tierra, De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, etc. Todo lo que no exploraron sus coetáneos literarios, lo exploró él, anticipando en muchos aspectos cómo sería el mundo del futuro, y aún así se sigue considerando que su obra visionaria es poco más que simple literatura de entretenimiento, más apta para niños que para adultos hechos y derechos.

En cambio, la narrativa norteamericana del siglo XIX y principios del XX sí abunda en historias de viajes, tal vez por ser la de un país joven todavía en expansión. Hay varios ejemplos, siendo algunos de ellos viajes puramente fantásticos: el Moby Dick de Melville, La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain o gran parte de la obra de Jack London. Muchos de estos autores fueron ellos mismos aventureros, especialmente Melville y London. Es destacable el caso de London, uno de los últimos escritores realmente aventureros, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX, corriendo todo tipo de peripecias en la frontera americana. Estas aventuras le sirvieron de inspiración para obras como Colmillo Blanco o La llamada de lo salvaje. Por desgracia, con el paso del tiempo la obra de London correría la misma suerte que Moby Dick, Los viajes de Gulliver, La isla del tesoro o las obras de Julio Verne y H.G. Wells: ser clasificada como literatura juvenil (lo cual es en realidad una forma sutil de menoscabar la obra de un escritor). La verdad es que estas obras no fueron concebidas como libros para niños, siendo mucho más profundas de lo que nos han querido hacer creer en la escuela. Colmillo Blanco, por ejemplo, es un libro pesimista sobre la crueldad del hombre, la ley del más fuerte y la lucha por la libertad. Pero la sociedad se ha encargado de banalizar el contenido de estas historias para que resulte inofensivo (una obra tan ácida y crítica como Los viajes de Gulliver, por ejemplo, resulta muy peligrosa para las mentes bien pensantes si no se la expurga de sus partes más vitriólicas). Jack London, socialista militante como H.G. Wells, era muy crítico con el mundo industrializado y deshumanizado en el que le había tocado vivir y predicó con su obra una vuelta a la naturaleza. Desilusionado con el ser humano y sintiéndose incomprendido, acabó suicidándose. Así por lo menos se ahorró tener que ver lo que hicieron las generaciones posteriores con su obra.

Ya entrado el siglo XX, lo que impera es la literatura llamada realista. Las obras de narrativa que son tomadas más en serio por la crítica literaria son aquellas de ambientación urbana, con protagonistas alienados por un entorno asfixiante, tales como El lobo estepario de Hermann Hesse, La náusea de Jean-Paul Sartre, El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, Rayuela de Julio Cortázar, o prácticamente toda la obra de Paul Auster, por poner sólo algunos de los ejemplos más conocidos. Los personajes de estos libros son siempre urbanitas que viven en un estado de angustia permanente (angustia fruto de su desconexión con la naturaleza y su situación existencial, pues parece que la mayoría se ven incapaces de escapar de su entorno). Sus autores critican con ellos los valores del mundo moderno, caracterizado en el fondo por su inmovilismo social y el aislamiento del individuo. En estos libros, las grandes ciudades son siempre grandes prisiones. El nihilista Samuel Beckett llevaría hasta sus últimas consecuencias la inacción del antihéroe moderno en sus novelas desesperanzadas, y especialmente en su famosa obra de teatro Esperando a Godot. Cuando no hay nada que esperar… ¿realmente merece la pena moverse?

¿Y qué pasa entonces con las historias de viajes? En el siglo XX, los viajes son confinados a la mal llamada literatura de género, especialmente a la literatura fantástica y la ciencia ficción, auténticas válvulas de escape. Estos géneros, que curiosamente muchos siguen considerando infantiles, exploran con frecuencia lo que la literatura realista no se atreve a explorar, abriendo nuestras mentes a otros horizontes. La ciencia ficción no es realista, pero porque va siempre un paso más allá de la realidad: sirve para advertirnos sobre el negro futuro que nos espera si seguimos por el mal camino. Los buenos autores de ciencia ficción nunca describen un futuro en el que a uno le gustaría vivir, sino un futuro terrible que es consecuencia de la locura presente. La literatura fantástica, por su parte, se ocupa de todo aquello que se ha visto relegado al reino de la imaginación por el racionalismo moderno, es decir, de todo lo que hemos desterrado del mundo exterior (que, por desgracia, es mucho más que lo que hemos dejado fuera). Ambos géneros están ahí para mostrarnos que hay otros caminos posibles, y nos invitan a recorrerlos en sus narraciones de viajes…

Julio Verne abrió la veda y H.G. Wells tomó el relevo, poniéndolo todo patas arriba con un nuevo tipo de viaje, el viaje en el tiempo. Al viaje temporal se sumaron rápidamente los viajes a otros planetas, en realidad una puesta al día de un viejo tema literario (Luciano de Samosata ya se imaginó un vuelo a la Luna en el siglo II). El viaje espacial alcanzó su apogeo con los autores norteamericanos de ciencia ficción de los años 40 y 50, de los que el máximo exponente, o al menos el más conocido, sería Isaac Asimov. Otro subgénero de la ciencia ficción que ofrece infinitas posibilidades es el viaje a universos paralelos, siendo la obra más notable en este campo Universo de locos de Fredric Brown. Pero en mi opinión la mejor obra de viajes que ha dado la ciencia ficción es Las estrellas mi destino de Alfred Bester, protagonizada por Gully Foyle, un cruce de Gulliver desquiciado y conde de Montecristo que tiene el poder de teletransportarse por todo el Sistema Solar, poder que emplea para vengarse de sus enemigos. Aunque al final entiende que la venganza no es lo más importante y decide emplearlo para algo mucho más grande que decidirá el futuro de toda la raza humana… En clave de parodia, también habría que destacar la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams, obra descacharrante que se cachondea de los tópicos más sobados de la ciencia ficción, con su desfile de mundos y civilizaciones a cada cual más absurdo. Para cuando se publicó esta obra, la ciencia ficción ya había ofrecido lo mejor de sí, entrando en franca decadencia, y desde entonces sólo ha ofrecido refritos de los viejos temas, cada vez más estereotipada y light, superada por la realidad que ayudó a predecir (aunque todavía hoy en día muchos forofos del género no estén dispuestos a admitirlo).

Pero fue Tolkien quien realmente volvió a poner de moda los viajes iniciáticos disfrazados de novelas de aventuras, con El hobbit y El señor de los anillos, obras protagonizadas por viajeros con misiones de vital importancia, de las que depende el futuro de la civilización. Sus hobbits, hombrecillos pacíficos y sedentarios, aficionados como mucho al senderismo (es fácil ver en ellos una caricatura del hombre moderno, sencillo y conformista, que no quiere problemas con sus vecinos), se vuelven héroes aunque no quieran serlo, recorriéndose toda la Tierra Media con sus velludos pies descalzos y viviendo todo tipo de aventuras que les transforman profundamente. Cuando llegan al final del viaje, ya no son los mismos que cuando lo empezaron. La obra de Tolkien es mucho más que literatura de evasión, aunque la gente suela quedarse sólo con lo superficial (y entre esa gente incluiría a muchos de sus fans).

A Tolkien le seguirían multitud de imitadores, con desigual fortuna, aunque las narraciones de viajes más interesantes de la literatura fantástica habría que buscarlas, a mi modo de ver, en las obras ajenas a los típicos libros de espada y brujería (por muy atractivos que sean todos esos mapas de tierras imaginarias, al final todas parecen la misma Tierra Media con distintos nombres). Yo destacaría Un mago de Terramar de Ursula K. LeGuin, que narra el viaje iniciático de un joven hechicero a los confines de un mundo formado por un gran archipiélago; la alegórica El perro de la guerra y el dolor del mundo de Michael Moorcock, protagonizada por un mercenario que busca el Santo Grial para redimirse en una Europa devastada por la Guerra de los Treinta Años; o las obras góticas de Angela Carter, como La pasión de la nueva Eva, ambientada en unos Estados Unidos sumidos en la anarquía, o El Dr. Hoffmann y las infernales máquinas del deseo, un viaje delirante a través de un mundo dominado por las emanaciones de erotomanía de unas máquinas que han transformado las ciudades en nidos ingobernables de fantasías sexuales. Todos estos libros describen viajes que transforman profundamente a sus protagonistas.

Incluso un escritor tan sedentario como H.P. Lovecraft, que en toda su vida apenas se movió de su amada Providence, escribió dos memorables narraciones de viajes, la famosa En las montañas de la locura, sobre una expedición a la Antártida que acaba de forma desastrosa, y la mucho menos conocida La búsqueda onírica de la desconocida Kadath. Esta última es una obra tremendamente infravalorada a la que dedicó muchos años, y que sólo vio la luz tras su muerte. Es un viaje iniciático en toda regla por las Tierras del Sueño, con pasajes realmente mágicos. En mi opinión, de lo mejor que escribió Lovecraft, aunque muchos de sus fans prefieran quedarse con los cuentos de terror, Cthulhu, el Necronomicón y todo eso, y sus continuadores se hayan dedicado en general a perpetuar los clichés más habituales del género, haciendo de su inigualable legado un objeto de consumo y de parodia hasta convertirlo en algo irreconocible.

En el siglo XX, las narraciones de viajes ajenas a la literatura de género son comparativamente escasas. Podríamos citar El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, cuyo viaje al corazón del continente negro es en realidad un viaje al lado más oscuro del ser humano; Las ciudades invisibles de Italo Calvino, obra inspirada en los viajes de Marco Polo que, en el fondo, no deja de tener mucho de literatura fantástica, disimulada bajo un ligero barniz intelectual (que siempre queda mejor); El mundo es un pañuelo de David Lodge, en la que un joven académico se enamora perdidamente de una misteriosa chica, persiguiéndola por medio mundo en una especie de hilarante búsqueda del Grial; o las novelas iniciáticas de Jack Kerouac, como En el camino o Los Vagabundos del Dharma, protagonizadas por inadaptados sociales que huyen sensatamente de la alienación imperante en las grandes ciudades, eligiendo el nomadismo existencial como forma de entender la vida. Las novelas de Kerouac, en especial, se caracterizan por esta necesidad imperiosa de sus personajes de escapar de su entorno, abordando así un tema a mi modo de ver crucial, que muchas otras novelas pretendidamente realistas parecen tener reparos en tratar.

Sólo en el siglo XX empezó a hablarse de literatura de evasión, siempre de forma despectiva, cuando en realidad es un término perverso que implícitamente admite que hay una prisión de la que evadirse (no soy el único que ha reparado en ello, ni mucho menos: T.A. Shippey también habla de ello en su recomendable ensayo El camino a la Tierra Media). Muchas de las novelas realistas modernas, con sus protagonistas habitantes de urbes demasiado parecidas a infiernos, se encargan de recordarnos que no vivimos precisamente en el mejor de los mundos posibles. Pero tanto éstas como las otras, las novelas de viajes fantásticos, son en realidad dos caras de la misma moneda, algo que los críticos literarios más miopes todavía no quieren ver.

Los híbridos de ambos tipos de novelas son muy raros, pero existen. Uno de los ejemplos más notables es Lanark, la obra de Alasdair Gray que revolucionó la narrativa escocesa a principios de los años 80. Este novelón de dimensiones monumentales, dividido en cuatro libros, es mitad novela realista urbana (la parte ambientada en una urbe tan poco atractiva como Glasgow) y mitad viaje iniciático de carácter fantástico (las partes en las que el protagonista viaja a la ciudad-purgatorio de Unthank, al Instituto subterráneo y a las Zonas Intercalendáricas, en lo que tiene todo el aspecto de ser en realidad un viaje al Más Allá). Gray describió esta obra maestra que roza la esquizofrenia narrativa, que tardó la friolera de treinta años en escribir, como una Divina Comedia enloquecida, una descripción bastante acertada.

En realidad, Lanark es un ejemplo moderno de catábasis o descenso a los infiernos, un género tan antiguo como la propia literatura (la primera obra literaria que se conserva, la Epopeya de Gilgamesh, es una catábasis). La Divina Comedia de Dante y parte de la Odisea, entre otras obras, también son catábasis, lo que demuestra la importancia que ha tenido este género a lo largo de la historia de la humanidad, pues el viaje al Más Allá es sin duda el Viaje definitivo. Siguiendo la estela de Gray, otro escocés, Iain Banks, también escribió una catábasis unos años después, El puente, otro extraño híbrido de realismo y fantasía. Y mucho antes que Gray y que Banks, George MacDonald, amigo de Lewis Carroll y descendiente del gaitero que animó al clan MacDonald en la batalla de Culloden (¡!), escribió la obra maestra de la época victoriana en lo que a catábasis se refiere: Lilith. En esta onírica obra, el protagonista viaja a Otro Mundo paralelo al nuestro empleando un espejo mágico (sí, como la Alicia de Carroll) y llega a una misteriosa ciudad gobernada por la vampira Lilith, desterrada a ese extraño lugar desde que se rebeló contra Dios. El resto del libro es tan sugestivo como lo que acabo de contar, y es que Lilith es una joya de la literatura que merece ser más conocida, sencillamente inclasificable (por cierto, Gray menciona a MacDonald en Lanark entre sus influencias). MacDonald escribió otra novela sobre un viaje al Otro Mundo, la igualmente recomendable Fantastes, elogiada por C.S. Lewis, el autor de los libros de Narnia (al que sin duda también influyó), que le dedicó una introducción. Todas estas obras vienen a demostrar que la fascinación celta por el Otro Mundo sigue latente en las tierras de Escocia, pese a los siglos de educación presbiteriana.

Otro híbrido destacable de novela realista y fantástica sería La historia interminable del alemán Michael Ende, en la que el niño protagonista, Bastián Baltasar Bux, viaja al reino mágico de Fantasia leyendo un libro. Para enfatizar la división entre los dos mundos, el real y el fantástico, Ende escribió las partes ambientadas en nuestro mundo con tinta roja y las ambientadas en Fantasia con tinta verde, aunque el libro demuestre que ambos se necesitan el uno al otro y forman parte de la misma historia interminable. Claramente influida por Ende, al que llega a citar en su obra, a principios de este siglo la también alemana Cornelia Funke escribió su trilogía de Corazón de tinta, al principio dándole la vuelta al concepto (eran los personajes literarios los que invadían la realidad), aunque en las secuelas seguía el modelo de La historia interminable, siendo los lectores protagonistas los que viajaban al interior del libro que leían. Por supuesto, tanto el libro de Ende como los de Funke fueron catalogados como literatura juvenil, como suele pasar con esta clase de narraciones que atentan contra el sentido común de la mayoría de los adultos, cuando la verdad es que rebasan con mucho esa categoría y consiguen hacernos reflexionar sobre el carácter básicamente ficticio de los límites entre fantasía y eso que llamamos, de forma un tanto arbitraria, realidad. ¿Acaso no entramos en los libros cuando leemos, de la misma forma que ellos entran en nosotros?

El Ulises de James Joyce, ese libro incomprendido e incomprensible que en realidad casi nadie ha leído, podría considerarse otro híbrido genial, pues el protagonista, sin salir de Dublín, emprende un largo periplo interior (¿la última vía de escape del hombre moderno?) que sustituye a la odisea exterior de Homero, aunque tan sólo dure 24 horas. Emulando al protagonista de la novela, todos los años los fans de Ulises (especímenes casi tan raros de encontrar como los perros verdes) se reúnen en el aniversario del día en el que transcurre la historia, el llamado Bloomsday, y se recorren como devotos peregrinos literarios los lugares de Dublín mencionados en ella. El Bloomsday revela que los urbanitas todavía necesitan correr aventuras para escapar de su rutina diaria, aunque hacer todos los años el mismo circuito turístico (porque en eso se ha convertido), se me antoja algo aburrido.

También cabe destacar a Henry Miller, contemporáneo de Joyce, y sus Trópicos de Cáncer y Capricornio, tan malinterpretados. Miller se retrata en ellos como un rebelde de ideas anarquistas asqueado con el capitalismo imperante en los Estados Unidos que viaja a Francia en busca de la libertad que no encuentra en su país, solamente para descubrir que París apesta tanto como Nueva York (en palabras suyas), aunque por razones distintas. Se siente igual de alienado en ambas ciudades, sólo que en París la ilusión de la libertad es más persistente. En su desesperación, busca el sentido de la vida en el sexo, pero comprensiblemente sólo sufre desengaños. Su obra es la prueba de que, para que el viaje llegue a buen término, no sólo ha de ser físico, sino también metafísico. Pero Miller, al fin y al cabo miembro de la que se ha dado en llamar acertadamente la Generación Perdida, también estaba muy perdido en ese sentido.

Por desgracia, el caso de Miller es bastante común. El problema de la globalización es que no hay ningún sitio al que ir realmente, porque todos los sitios se han convertido en el mismo. El capitalismo lo ha fagocitado todo, y aunque haya diferencias superficiales entre un país y otro, en lo esencial no se diferencian tanto, por la sencilla razón de que en todas partes se da prioridad a las mismas cosas, como si otros estilos de vida fueran inconcebibles. Por mucho que viajes, no encontrarás nada realmente distinto a tu lugar de origen, a no ser que decidas perderte en el África más profunda o entre los aborígenes australianos, como hizo el escritor y viajero Bruce Chatwin, nómada infatigable. Pero la mayoría de la gente no es tan aventurera. En nuestra época la gente viaja más que nunca, pero en su mayor parte en calidad de turistas o para buscar un trabajo que no encuentran en su país (movilidad laboral, lo llaman ahora). Eso no es viajar. Es moverte sin moverte realmente. Como una serpiente que se muerde la cola, al final acabas donde empezaste. No hay progreso espiritual. Pero no hay que olvidar que éste es posible. Como dice Gully Foyle en Las estrellas mi destino: No es necesario el tener algo en qué creer. ¡Es necesario tan sólo el creer que en algún sitio hay algo digno de creer! Quitadle al mundo eso y le quitaréis toda su magia.

La literatura se hizo para viajar con el espíritu (ahí tenéis la Epopeya de Gilgamesh para corroborar mis palabras), pero la novela moderna, al menos la seria y respetable aprobada por los académicos, se empeña en constreñir al hombre al reducido espacio de un piso de alquiler, cuando la verdad es que ese tipo de literatura de ambientación urbana hace tiempo que ya no tiene nada que ofrecer, tan estancada como los protagonistas de sus historias. El extremadamente lúcido Samuel Beckett, discípulo aventajado de Joyce, llevó las cosas tan lejos como se podían llevar y ya no se puede ir más allá en esa dirección (aunque Paul Auster lo haya intentado en sus libros ambientados en Nueva York, con resultados desiguales). Insistir en ello es como revolcarse en el barro de la pocilga porque se le ha acabado cogiendo gusto. Y eso es realmente lo que les ha ocurrido a muchos escritores actuales, tan inocuos y conformistas como si fueran propagandistas del régimen. Por eso el realismo imperante hoy en día tiene forma de best-seller, siendo con frecuencia un thriller efectista o una novela de costumbres completamente inofensiva; o lo que es peor, una obra que traslada la mentalidad burguesa al pasado, para así ofrecernos la ilusión reconfortante de que nuestros antepasados tenían las mismas preocupaciones que nosotros, por lo que, en el fondo, el mundo siempre ha sido como es actualmente (es el caso aberrante de la mayoría de las novelas que se hacen llamar históricas). Eso es lo que se supone que gusta a la gente, así que eso es lo que se publica.

¿Por qué casi ningún autor moderno se atreve a escribir un verdadero viaje literario protagonizado por un personaje que, desencantado con su entorno, decide cambiar de aires? ¿O un libro sobre alguien que viaja en sueños o de cualquier otra forma a lugares desconocidos por el hombre, de esos que no figuran en los mapas? Ya va siendo hora de cambiar el discurso, la novela moderna necesita respirar aire puro lejos de la contaminación que sufre el mundillo literario, apoltronado en el conformismo. ¡Está pidiendo a gritos nuevos horizontes! Sólo entonces el lector, que es ante todo un viajero de la imaginación, compartirá tal vez la epifanía experimentada por el protagonista al llegar a la meta anhelada…