
Acabo de caer en la cuenta de que la mayoría de mis escritores favoritos son, básicamente, autores de relatos: Lovecraft, Borges, Poe, Dunsany, Clark Ashton Smith… Aunque también me gustan las novelas, en general disfruto más leyendo historias cortas. Últimamente me cuesta encontrar, no ya novelas que me gusten (de esas tan absorbentes que no puedes dejarlas hasta llegar a la última página), sino novelas mínimamente interesantes (de esas que consigues terminar). Ahora todo son sagas interminables, best-sellers de tropecientas páginas, historias inanes alargadas hasta el infinito que no llevan a ninguna parte… La verdad es que nunca he soportado los novelones, y cuando son novelones con pretensiones, menos todavía. Guerra y paz, La montaña mágica, Ulises, Rayuela, todos esos ladrillos que se supone que son clásicos sólo porque alguien lo ha decidido así… Con toda tu buena voluntad, te chupas cientos de páginas aburridas preguntándote cuándo va a venir lo bueno, y la mayoría de las veces, cuando llegas a la última descubres que el autor ni siquiera sabe escribir un final en condiciones (cuántos finales decepcionantes, apresurados y chapuceros he tenido que leer en mi vida, como si el propio autor, harto de su penosa historia, no supiera cómo terminarla de una vez).
A todos ellos se les olvida una regla muy sencilla: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Por eso siempre he preferido El hobbit a El señor de los ladrillos, los cuentos de Asimov a su enésima secuela insulsa de la Fundación, las Novelas ejemplares de Cervantes al Quijote (el cual habría quedado mejor si su autor no se hubiera visto forzado a escribir el segundo volumen, francamente). Yo mismo me olvidé de esa regla tan básica al escribir una secuela totalmente innecesaria y alargada hasta lo absurdo de mi novela El Grial de los Vampiros, pero cuando se me pasó la tontería me di cuenta de que era un folletín rocambolesco al que le sobraba casi todo, y por eso continúa inédito y permanecerá así por siempre jamás.
Desde entonces he aprendido la lección. En la última antología de relatos en la que he participado, Libros malditos, mi cuento es el más corto de todos, apenas cuatro páginas, y rizando el rizo, en él doy un montón de títulos de libros que ni siquiera me he molestado en escribir, prefiriendo que la imaginación del lector haga el resto. Más minimalista imposible, diréis. Pero todavía se puede ir más lejos. Un día, simplemente, dejaré de escribir. Sólo publicaré microrrelatos sin palabras. Los reuniré todos en un libro de tropecientas páginas (todas en blanco) y lo llamaré La esencia del ser. Será mi mayor obra de arte.